Cosas, libros, amor

“La vida deviene resistencia al poder cuando el poder toma por objeto la vida”.
Gilles Deleuze.

 

Mi analista me interpreta un sueño: mis dientes eran transparentes. Cuando me iba despidiendo, abre la puerta y me dice, con una casi sonrisa, “Mari, usted cuando lee, muerde”. Mueve la mano como señalando un traslado: dientes transparentes, lentes, dice. Me voy escaleras abajo riéndome, como tantas veces, de mi suerte de tenerlo. Y voy pensando: sí, quizá cuando recién empiezo una lectura que me gusta, la agarre a los mordiscones; pero si me gusta mucho, es probable que termine a los besos y los abrazos, o, eventualmente, en una hermosa amistad. Y estas dos últimas acciones pueden darse al mismo tiempo, como pasa en la vida.

Un escritor de mi adolescencia, totalmente dispuesta yo a conocer al amor de mi vida en cualquier momento, fue Neruda, los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Me los sabía de memoria a casi todos. Especialmente: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Después, Cortázar. Rayuela. Soñaba con ser la Maga y cruzar uno de los puentes sobre el Sena, y en serio que no me enojaba que su bebé hubiera muerto y ella, en otra. La comprendía.

“Si no captas la pequeña raíz o el pequeño grano de locura de alguien, no puedes amarlo”.

Con el tiempo tuve varias de estas amistades llenas de erotismo, como Kafka. Bueno, yo era Kafka. Yo lloraba y me reía al mismo tiempo. Toda esta basura del mundo, a los 20 años, es El castillo y El proceso. 

Tuve un largo romance con Salinger . Un amor eterno con César Vallejos; un amor intenso y breve con Faulkner. Un amor distante con Joyce. Y ahora, pensando con rapidez, veo que en el siglo XX se clavaron en mi corazón dos tipos: Foucault y Bolaño. Foucault me salvó la vida cuando me estaba ahogando, en épocas de dictadura. Bolaño me causa admiración y respeto; es de una sabiduría feroz.

Tuve mi momento Jane Austen, Sylvia Plath, si vamos a nombrar a algunas mujeres; Safo, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Patricia Highsmith, Marguerite Duras, obvio.

Pero, si me apuran y me preguntan cuál es el amor de mi vida, te digo: Sterne. El Tristram Shandy es mi libro. Lo escribí yo cuando vivía en 1750 y era un clérigo inglés, ferviente admirador de Cervantes, inspiración definitiva de nuestro Macedonio.

Como es fácil advertir, hay entre estos amores, un solo filósofo. Alguna vez se dirá que los mejores escritores de mediados del siglo anterior, fueron pensadores franceses. Digo, también Lacan, Barthes, Deleuze. Pero hace un par de años me encontré con lo real, digamos, la roca dura que se resiste a mi simbolización: Spinoza. Habré leído más de dos veces el libro de las clases de Deleuze: En medio de Spinoza. Me resulta difícil. Pero me fascina. Y, en literatura, creeme, Juan, donde pongo el ojo, pongo la bala. Y en este momento como que muerdo el aire. Tengo al alcance de mi furor amoroso unos cuantos libros sobre su obra, que leo desordenadamente, saltando de uno a otro, volviendo sobre el primero. Una frase que admira Deleuze brilla en el horizonte: Nadie sabe lo que puede un cuerpo. Me envía a un verso de Quevedo: Alma, a quien todo un dios prisión ha sido. Un poco anterior Quevedo, no mucho. Y en la mente se cruzan ideas sueltas: el cuerpo transformado en fuerza de trabajo de Foucault, el cuerpo en disputa de la ley del aborto, abrumado por las religiones; pienso que quizá Sterne leyó la excomunión de Spinoza y por eso se ríe con sarcasmo de las maldiciones del cristianismo. 

Uno de los libros con que me cruzo es una especie de biografía filosófica de Deleuze. Y ahí leo sobre la mutua admiración, un poco distante, entre él y Foucault. Pero a mí decime si la descripción de Foucault hecha por Deleuze. no es una declaración de amor, cuando dice que al entrar a una habitación, Foucault cambiaba la atmósfera, cambiaba las cosas. Y sigue “los gestos de Foucault eran asombrosos… muy hermosos” (Volvé a ver la discusión con Chomsky y vas a comprobar esta verdad).

Y ahí ando, queriendo llegar a los conceptos de afecto y afectación de Spinoza, yendo de un lado para otro para encontrarlo y pegarle el primer mordisco.

Cualquier cosa con tal de pensar  menos en Chile, en Ecuador, en Haití, en Brasil, en Bolivia.

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