Cucarachas

Durante más de un día tuve una cucaracha muerta en el baño. Parece paradójico, pero como les tengo fobia, tardé en juntar el cadáver. Estaba con las patitas hacia arriba, petrificada, como una escultura o una mancha negra en el medio de los azulejos blancos. Cada vez que entraba me llevaba la misma sorpresa: esa irrupción de lo siniestro, esa muerta recordándome, como si necesitara recordarlo, que yo también voy a morir. 

Una vez, no sé dónde, escuché algo tan espantoso que quedó grabado en mi memoria: durante la noche, las cucarachas suben a las camas y se toman la saliva de las comisuras de los labios de los durmientes. Es algo demasiado absurdo, pero es una imagen tan revulsiva que apenas puedo tolerarla. Las cucarachas tienen una reputación horrible, y un poder nada despreciable: apenas aparecen, convierten en sospechoso y sórdido cualquier lugar, y son capaces de alterar a los humanos que las descubren. En muchas películas de terror son el mal, el ejército del diablo, el signo de la corrupción, y nunca falta la escena en la que un personaje poseído escupe con dificultad, frente al espejo del baño, una cucaracha o un insecto similar. 

Es raro que un bicho que puede ser tan fácilmente aplastado por un zapato o una ojota provoque tanta aversión. Aunque esa fragilidad es un engaño, porque las cucarachas son casi invencibles: son uno de los seres vivos que más rápido se reproducen en el planeta y se están volviendo inmunes a los insecticidas. Son más resistentes que los humanos a la radiación, pueden soportar hasta 900 veces su peso y son capaces de vivir durante semanas sin cabeza. Son tan resistentes que en la universidad de California fabricaron robots flexibles que imitan el exoesqueleto de las cucarachas. Hace un tiempo vi un documental que decía que si la humanidad se extinguiera las cucarachas sobrevivirían mucho tiempo. 

En uno de sus poemas, Joaquín Giannuzzi se enfrenta a una cucaracha: “Una luz instantánea la paraliza: es pequeña/de un rubio apagado, pero sería una gema dorada/si pudiera escapar de la naturaleza (…) Con un rápido movimiento se oculta/en un hilo de sombra bajo la puerta:/allí espera y vigila los planes que trama/la bestia de mi poder, sabiendo/que puedo ser su condena”. En otro poema, Estela Figueroa se las encuentra en el principio del verano santafesino: “las cucarachas son/las dictadoras/de la cocina. Y uno se pregunta si son las mismas/y han estado durmiendo./O sin son otras. Pero que importa:/son un negro presagio/en el alto de platos”.  

Una noche, una cucaracha enorme apareció volando en mi pieza de estudiante, mientras yo leía en la cama. Sentí un ruido extraño y cuando levanté la vista la vi avanzar sólida y rápida en el aire, hasta posarse en la pared, a un metro de mi cabeza. Salté de la cama y la observé. Era una versión sudamericana del cuervo de Poe, que llegaba para darme un mensaje. No repitió las palabras “nunca más”, de hecho no pronunció ninguna palabra, pero creo que algo entendí.

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