Las buenas intenciones

Historia de un matrimonio es una película de ciento treinta y seis minutos dirigida por Noah Baumbach y protagonizada por Scarlett Johansson y Adam Driver. Cuenta la historia de la separación y el eventual divorcio de Charlie y Nicole, un director de teatro under y una actriz que se había hecho famosa con una primera película para luego desaparecer de la escena pública y seguirlo a él en el mundo, más oculto, del teatro alternativo.

Las buenas intenciones es una película argentina, ópera prima de Ana García Blaya (“Antes no hice ni un corto”, dice en una entrevista), que recorrió festivales y hoy puede verse en cine.ar por treinta pesos. En esta historia, encontramos al matrimonio en cuestión ya divorciado. Sus tres hijos (dos nenas y un nene) pasan un fin de semana de por medio y algunos días de semana con el padre, un músico fracasado que maltrabaja en una disquería y que fuma marihuana dentro del mismo auto en que lleva a los chicos a la escuela. El conflicto se desata cuando la madre anuncia que su pareja ha recibido una muy buena oferta de trabajo en Paraguay y que ella y los hijos se mudarán con él a Asunción.

En la primera película, la historia se mueve como un péndulo entre la perspectiva del hombre y la de la mujer, pero hacia el final, este mecanismo simétrico se trunca. En la segunda película, el punto de vista es otro, el de Amanda, la hija mayor (y alter ego de la directora). Y esto es, creo, lo que transforma todo. En la película de Baumbach, con sus caricaturescos abogados expertos en divorcios, los personajes se acusan todo el tiempo en un espiral ascendente de toxicidad. La película de Blaya, en cambio, está contada desde la óptica de la hija mayor, que tiene que tomar algunas tareas de adulto en los huecos que deja el padre, pero no deja de ser niña. Mira con inocencia: la película no hace un juicio de valor.

Las buenas intenciones

La madre permite que sus hijos construyan un vínculo genuino con el padre a pesar de que lo considera irresponsable y no puede contar con él para las actividades cotidianas de la crianza. Se corre en favor de la felicidad de los hijos. Este movimiento se ve reflejado en el guión, que planta la mayoría de las escenas en los espacios que habita el padre: la disquería, el auto, la ocasional quinta de un amigo.

El padre, a pesar de su evidente falta de compromiso, logra, y esto lo muestra la película pero también su realización, transmitirle a sus hijos lo único que tenía para darles: el deseo de un artista.

Que la película deje en claro desde el principio que está fuertemente basada en una historia verídica es un plus. Desde la escena con los títulos hasta la escena final, se van intercalando imágenes grabadas con una cámara hogareña en los 90. Las personas reales miran a la cámara y saludan. O reproducen fielmente lo que los actores acaban de representar. Nos damos cuenta de que no es una impostación, no es un efecto, porque los rostros cambian, los que aparecen en la pantalla no son los personajes.

La directora cuenta que todas esas imágenes del archivo familiar se usaron en un principio como referencia para los técnicos de arte y vestuario, pero que en posproducción se decidió incluirlas. Y que con esto logró el efecto de “quitarle presión a la ficción”.

Cuando la película termina y leemos en letras cuadradas “Dedicada a la memoria de SORRY, la banda de Javier Blaya y Pablo Fischerman”, podemos buscar la banda, escuchar los temas, ver fotos, videos, leer comentarios de hace diez años en las redes sociales. Hay un sistema de referencias, un aparato testimonial alrededor de la película, que cuando Hollywood lo intenta para una de sus ficciones, evidencia cartón pintado digital y no dura más de un año después de que la película salió de cartel.

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