Braian Toledo, un vuelo en jabalina

La historia del atleta del conurbano bonaerense que llegó a lo más alto del deporte olímpico superando las barreras de la pobreza con el acompañamiento del Estado.

Medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Juventud Singapur 2010 y de plata en el Campeonato Mundial Junior de Barcelona, en 2012. Bronce en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011 y oro en el Campeonato Iberoamericano de Atletismo. Ya en la mayor, participó en los Juegos Olímpicos de Londres y alcanzó la final en los juegos de Río, un logro que ningún argentino había obtenido desde los tiempos de Ricardo Heber en Helsinki 1952.

Esos datos deportivos eran suficientes para que un atleta argentino esté en la puerta de ingreso de los que figuran en la lista de elite del deporte nacional. El atleta que tenía todas las condiciones para seguir progresando y meterse entre los más reconocidos de la historia era Braian Toledo. A los 26 años se preparaba con mucho profesionalismo para que sus jabalinas viajen algunos metros más, los suficientes como para estar en Tokio 2020. A esa edad un deportista suele atravesar la mejor etapa de su rendimiento, y el pibe de Marcos Paz andaba en eso.

El pasado 27 de febrero la trágica noticia de su muerte fue confirmada por fuentes del Enard, la misma entidad que anunció días antes que Toledo estaba por viajar a Finlandia, donde seguiría entrenando con los mejores del mundo en su especialidad para llegar en buena forma a los Juegos Olímpicos.

La moto, el “lomo de burro”, el golpe y la muerte. Braian inundó de dolor al deporte argentino. La muerte es eso que duele siempre, pero es más intensa cuando a esa vida que se va le queda mucho por recorrer. La muerte se llevó a un atleta que con su jabalina había logrado sacar de la pobreza a la familia, a su madre y sus hermanos. Los sacó, y el también “zafó”. Pero no se quedó en eso, buscaba superarse entre los mejores del círculo olímpico, quería entrar a la famosa adultez del deportista con la técnica, la cabeza y el físico en un alto nivel.

La historia del pibe que zafó de la pobreza tirando la jabalina se contó una y otra vez como insignia de talento y esfuerzo, como pilares estructurales de una historia exitosa, capaz de cambiar el rumbo de una pobreza a la que están destinados miles de pibes y pibas de Marcos Paz y gran parte de ese conurbano bonaerense. El papel del deporte como varita mágica de la salvación.

En Argentina encontramos a lo largo de la historia a cientos de deportistas que cruzaron la barrera de la pobreza, de la desigualdad social que condena a una vida de mierda. El fútbol es ese espacio para encontrar vidas de mierdas que se transforman en vidas rescatadas (algunos jamás se rescatan, aunque parecen estarlo). El lanzamiento de jabalina es una enorme rareza en Argentina, ya que durante casi siete décadas tuvo sólo tres finalistas olímpicos en atletismo. Braian fue uno de los tantos que se dedicó al fútbol, jugaba de defensor en las infantiles de River Plate hasta que la situación económica de su familia lo marginó. Su mamá, Rosa, no podía mantener los viajes, hacía lo que podía para bancar una familia cruzada por la pobreza, donde tantas veces no había para comer.

Toledo fue ese chico que vino de una infancia de padre ausente, de dormir hasta los doce años en una casilla y prácticamente sobre el suelo, de una madre que luchó para alimentar a Braian y a sus hermanos como pudo. Mucho antes de ser atleta fue ese niño que le hacía la tarea a sus compañeros a cambio de 25 centavos por dibujo. El que caminaba con un tacho hasta la única canilla del barrio. El de los sueños que nacieron en el piso, entre cartón y lonas, porque no entraba en la cama.

Braian también fue alguien que no llegó, alguna vez contó que “ojalá hubiera tenido que dejar el fútbol por ser malo y no por el dinero, habría sido mucho más fácil dejar algo que te gusta”. De no ser por lo que vino después, habría sido tal vez sólo una promesa a la que la selección natural del fútbol había dejado en el camino. Pero la vida lo cruzó con Gustavo Osorio, su entrenador. Y encontró la jabalina, que era como tirar piedras con los amigos.

Y es acá donde aparece el talento. Si sólo fuera por talento, Argentina sería un país repleto de medallistas de oro, pero la realidad es que muchos y muchas de los que tildan de grandes talentos van quedando afuera de la pista. Las posibilidades de crecer (en todos los aspectos) para miles de vidas como las de Braian se diluyen en la marginalidad de la diaria. El desarrollo de esa persona que busca ser deportista se derrite como esos ranchos en los veranos del conurbano. Toledo era el pibe que buscaba formas para sobrevivir junto a su madre y sus hermanos, esa era la única gran meta en la miseria de Marcos Paz.

Cuestión de Estado

Hacer deporte y llegar es algo más que esfuerzo y talento. Tampoco alcanza con tener la suerte de que aparezca un entendido en la materia (Gustavo Osorio) para llegar, o al menos intentarlo. Hay que descansar y comer bien, dos cuestiones básicas en el deporte que miles de chicos y chicas como Braian no pueden hacer. Para poder llegar el Estado tiene que estar, debe brindar un contexto de contención para que los deportistas avancen en sus objetivos.

Cuando el Estado aparece la jabalina vuela más lejos. Ahì el esfuerzo, el talento natural, los conocimientos de Osorio y el deseo de progresar rinden más. Y Braian Toledo fue un deportista olímpico que salió de la capa social más baja por sus condiciones (humanas y deportivas) y por la presencia de un Estado que lo acompañó a través de becas.

Esa primera etapa que jugó el Estado fue fundamental para intentar equilibrar la desigualdad de origen. Mientras tanto el esfuerzo y talento se alinearon en entrenamientos duros, luego llegaron los triunfos, los patrocinadores privados, los aviones, las mejores competencias internacionales y esa historia de vida que se transformó en orgullo.

Cuentan los que estuvieron cerca de Toledo que no fue nada fácil, que el pibe de Marcos Paz no estaba inicialmente en la lista de la Confederación Argentina de Atletismo. Fue la Secretaría de Deportes, que en ese período estaba a cargo de Claudio Morresi, la que insistió en incluirlo apenas apareció en su radar. Todavía no existía el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Enard). Esa presencia estatal provocó la inclusión de otras y otros como Braian, sin medallas, pero que tejieron historias que fueron por el mismo camino, de esas que los medios no te solemos contar, quizás porque todavía nos creemos el verso de que tienen que ganar algo para subirlos a nuestro podio.

Conciencia social

Braian siempre pisó tierra, y la tierra de su barrio Martín Fierro mucho más. Fue consciente de todas las limitaciones que había en sus calles y que otros como él iban a necesitar una mano para salir adelante. Y dedicó cada momento que su entrenamiento permitía a desplegar su propia agenda solidaria. Se movilizó para que los chicos de Marcos Paz tuvieran su escenario atlético en condiciones y para que otra gente tuviera la casa que él no tuvo. Lo hizo con la ONG “Arriba los pibes” y con otras organizaciones solidarias. Su voz de aliento al resto de los atletas fue siempre la de primera fila en todos los equipos nacionales, abrió puertas y enseñó el camino.

Hoy las noticias lo recuerdan con sus donaciones a merenderos, sus regalos imprevistos para los chicos. Graciela Gómez, del comedor Los Pepitos, en Merlo, cuenta que una vez llegó hasta ahí para ofrecer una mano. “El mundo no lo vamos a cambiar, pero nosotros queremos ayudar y él nos propuso construir un lugar grande. No llegó a verlo terminado”, dice Graciela.

La historia de Braian es la historia de la desigualdad y la superación. Nadie sale desde el mismo lugar, nadie lanza como lanzaba Braian desde el mismo lugar. El deporte no salva, lo que salva son las políticas que equilibran la desigualdad. El problema no es la falta de talento o de esfuerzo: el problema es el sistema.

El Estado, que siempre está presente, puede olvidarse o perseguir a los pibes de Marcos Paz por negros, chorros, faloperos y portadores de gorritas, pero también puede acompañarlos con becas, con computadoras o con un Progresar. Ese Estado que no cumplió con la Asignación Universal por Hijo en el Deporte, como indica una ley sancionada en 2015, un complemento de la AUH que hubiera permitido a chicos y chicas en edad de desarrollo poder realizar deportes. Ese Estado (el municipal) que en cuestiones más pequeñas puede fallar al no señalizar un “lomo de burro”, el mismo que los vecinos denunciaban hacía una semana y que luego terminaría con el campeón del lugar.
El Estado, ese que nunca está ausente, el que hay que preguntarse de qué manera está presente, fue el que acompañó a Toledo a conseguir sus objetivos y a planear otros tantos.

El futuro

En el último tiempo, además de Tokio 2020, rondaba por su cabeza hacer algo más. Necesitaba herramientas para poder cambiar la vida de los suyos.

En 2017, en una nota al diario La Nación, Braian decía: “mi objetivo es entrar en la final. Pero con quienes compito ya pasaron por este momento y ahora están acá (pone la mano arriba) y yo estoy acá (en el comienzo de una curva ascendente). Es parte del proceso. Que te ganen, que te ganen, que te ganen. No quiero que me ganen más. Pienso en Tokio. No es el principal objetivo de mi carrera, pero sí el comienzo de la carrera adulta. De 26 a 32 años es la mejor edad del lanzador. En París o Los Ángeles, con 30 años, estaría en el tope máximo. Y después vendría a remarla con los pibes, para que me vuelvan a ganar como ahora, je. El círculo es así, todo vuelve”.

El presente se quebró muy rápido y el futuro flota en mil historias inciertas. Podría haberse colgado la medalla de oro en un Juego Olímpico y después llegar a la intendencia de Marcos Paz o podría haber sido el héroe del conurbano, el que luchó por esos Braian cagados de hambre y que hasta en su nombre soportan la discriminación.

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