En marzo se llevaron a cabo cacerolazos y proyecciones contra Jair Bolsonaro en diferentes ciudades de Brasil, por su política en relación al coronavirus. Foto: Brasil de Fato.

Por Carolina Castellitti, desde Río de Janeiro, Brasil

Si alguien me pregunta hasta cuándo estamos de cuarentena aquí, mi sincera respuesta sería “no lo sé”. Si le pregunto a mi compañero, al vecino, o le mando un mensaje a alguien por Whatsapp ellos probablemente tampoco lo sabrán. Si le pregunto a alguno de ustedes en Argentina, seguro me responderán la fecha rápidamente. Además de los números y gráficos que muestran cómo han evolucionado los contagios en los dos países, creo que esa es una evidencia muy palpable del contraste entre dos formas opuestas de administrar una crisis sanitaria del tamaño de la que estamos viviendo.

En Brasil, la Corte Suprema delegó a las provincias y municipios la potestad de administrar las medidas de aislamiento social. Para nuestro alivio, porque eso fue pocos días después de que el presidente anunciara que esta enfermedad era como cualquier “gripecita” y que una persona atlética como él no tendría su salud muy afectada en el caso de contagiarse. El gobernador de Rio de Janeiro, hoy contagiado con Covid 19, rápidamente se manifestó en contra de las declaraciones del presidente, anunciando la cuarentena en la provincia. Eso le valió su enemistad, a pesar de que Wilson Witzel es considerado un engendro político del bolsonarismo: completamente desconocido, lo vimos ascender en las encuestas electorales pocos días antes de la votación, gracias a su aparición en fotos y declaraciones junto al presidente y sus hijos (en una de ellas, parado al lado del amigo de la familia que partió al medio un cartel de calle con el nombre de la concejala Marielle Franco, símbolo de las luchas por la investigación de sus asesinos y “mandantes”).

No voy a detallar en este espacio todas las vacilaciones y contradicciones de la gestión brasileña de la pandemia. Lo principal se sabe. Después de eso vinieron las pujas con el hoy ex Ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, por más o menos los mismos motivos. Insistiendo en las medidas de aislamiento social, contra las manifestaciones del presidente, la popularidad del ministro fue aumentando considerablemente; hubo una amenaza de despido, una vuelta atrás, y el despido efectivo una semana después.

https://www.pausa.com.ar/2020/04/coronavirus-jair-bolsonaro-echo-a-su-ministro-de-salud/  

En medio de eso, el presidente cambió, no el tono, sino el contenido de su discurso, afirmando que siempre estuvo preocupado por “los dos lados de la moneda”: la economía y la vida de las personas. Es lo que siempre hace: miente, se contradice, hace lo contrario a lo que dice, o viceversa. El domingo 19, por ejemplo y para terminar, Bolsonaro participó y habló en un acto a favor de la intervención militar en Brasilia, violando al mismo tiempo principios democráticos y recomendaciones de la OMS para enfrentar la propagación de la enfermedad. Un día después, realizó declaraciones frente a todos los medios de comunicación a favor de la Constitución, las instituciones democráticas (afirmando con ironía “yo soy la democracia”), la libertad de opinión, una “justicia transparente”, etcétera.

Mientras tanto, el ritmo social de mi barrio (y de algunos otros en el país, por lo menos en días de declaraciones y acciones del desgobierno nacional) está marcado, desde el inicio de la cuarentena, por un único evento. Todos los días, a las 20:28 empiezan las ollas, los gritos, una que otra proyección en laterales de edificios y al final, una canción. “Apesar de você, amanhã há de ser outro dia”. El himno de Chico Buarque, lanzado en 1970 y censurado durante ocho años por la dictadura, encierra el ritual catártico estéril de los que estamos adentro de nuestras casas esperando que pase la pandemia y la caída a pique de la institucionalidad democrática desde el golpe a Dilma en mayo de 2016.

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