Hace unos días un vecino me ofreció de regalo una ventanilla de auto que a él le sobraba, no sé cómo ni por qué. La cosa es que como soy nuevo en el barrio, no quería despreciarle el ofrecimiento y se la acepté. Está claro que la tengo tirada en el piso esperando que me acuerde de subirla al auto un día para tirarla en el primer container que encuentre.

Pero el asunto es que cuando mi vecino me da la ventanilla me dice: “Eso sí. Está polarizada. Tendrías que sacárselo. Porque como está polarizada, este auto antes debe haber sido de uno de esos negros que viven por el norte, jeje”. Y nada que empiece o termine con un “jeje” puede ser bueno. Yo por supuesto le respondí con un “Mmmm” y una mueca de “qué momento de mierda” pero lo que tenía ganas de decirle era que yo también había tenido un Gol polarizado y que lo más al noroeste de la ciudad que viví es al lado de su casa. Pero el barrio me encanta y los muchachos del club de enfrente me avisan cuando la gata se escapa, así que mejor mantengo un cordial distanciamiento ideológico con el sujeto y todes felices.

Cosas así me pasan muy seguido. Otra persona con la que hablé solo dos veces en mi vida y de cuestiones comerciales, me dijo porque sí: “Nos demoramos porque viste que allá están todos los negros que van a cobrar el plan”. En la conversación anterior ya me había dicho algo así como “porque viste cómo son las mujeres con estas cosas”. Y yo siempre contesto de la misma manera: silencio y cara de culo. Esto me sucede en todos los contextos: peluquería, almacén, cancha, banco, kiosco, gimnasio, universidad, familia, ex amigos, etc. Me siento atrapado y acosado por el sentido común por doquier. Donde voy, casi sin excepción, escucho un comentario reaccionario o fóbico que busca sin éxito mi complicidad.

Yo me pregunto qué es lo que les hace creer que el/la otro/a va a pensar como ellos/a; a compartir sus mismas ideas; o mejor dicho, prejuicios (que también son ideas). ¿Por qué sienten la libertad de manifestar su peor conservadurismo como si el/la otro/a no va a reaccionar? O peor, como si el otro fuera uno de ellos y no el objeto de desprecio del comentario. Yo no ando por la vida panfleteando los Derechos Humanos ante desconocidos/as. Yo no le toco el timbre a mis vecines para evangelizarlos con la reforma agraria. Yo no digo en la carnicería “Si te oponés a una ley que te garantiza derechos como usuario de servicios, o sos empresario o medio boludo. Decime, ¿cómo se llama tu conglomerado de empresas de la telecomunicación?” De hecho, ni siquiera hablo en inclusivo porque sé que me van a dar el peor corte de asado o el chorizo más grasoso. Entonces, por qué ellos/as sí lo hacen y, encima, si uno no responde según lo deseado, lo acusan de no ver la realidad.

Yo encuentro una posible respuesta en lo que llamo “la impunidad del sentido común”. Se sienten protegidos/as por el sentido común, que no es otra cosa que la opinión de los poderosos en la voz de los oprimidos. Se creen avalados y legitimados porque es lo que más se lee y escucha. Es lo más fácil de asimilar y de confirmar justamente porque no necesita de confirmación. Es lo que se difunde y reproduce más rápida y eficazmente en la opinión pública. Es más fácil digerir un meme o una captura de pantalla de un titular que entrar a la nota y terminar de leerla, chequear la información y contrastarla con otra evidencia. El sentido común, bajo la forma de opinión pública, hoy se reproduce mayormente por estos canales de consumo rápidos y fugaces que nos confirman el prejuicio más que ponerlos en discusión.

Y nos gusta tanto tener razón y jactarnos de ella que, sin mucho pensarlo, compartimos, reposteamos, retuiteamos o lo que sea el titular fatalista de turno con algún comentario que creemos es inteligente, irónico y original a la vez. Pues no mi ciela, muy probablemente no lo sea. De hecho, sospecho que solo colabora en confirmar el propio prejuicio y el de quienes lo comparten y no más que eso.

A menos que seamos influencer, el gran algoritmo virtual hace que tengamos construida alrededor nuestro una cómoda burbuja confirmatoria de contactos y contenidos con los cuales comulgamos. Y los malos siempre están afuera de esa burbuja. Entonces, ¿cuál es el tamaño de las burbujas de quienes intentan masticar sus consumos culturales antes de tragarlos? ¿Cuántos/as son los/as que antes de compartir un meme o publicar un comentario se preguntan si es necesario hacerlo, si colabora en algo a la discusión del poder real que sostiene el sentido común o solo nos alimenta el ego en base a likes y corazoncitos? ¿Cuántos/as son los que pretenden abrir la discusión pública sobre el sentido común?

Tenemos que agrandar esas burbujas para deconstruir la opinión pública, denunciando y haciendo visibles los poderes que quieren que esos discursos se reproduzcan. Es la batalla por la cultura la que tenemos que seguir dando. Es una batalla por los significados del mundo. Una guerra simbólica y política por otras verdades y realidades. Y cuantos/as más seamos, mejor.

3 Comentarios

  1. Creo que una forma de comenzar con esa deconstrucción podria ser que en cada relato,dogma,afirmación,nota u opinión podamos introducir la singularidad de una Pregunta porqué? Cuándo? Quién? Será asi? De qué otro modo? Afirmandonos como seres humanos pensantes y no unos lindos avestruces

  2. Muy buen artículo. En el mundo en el que nacimos (hace bastante) sentido común se refería más bien al hecho de poder ver lo obvio más allá del palabrerío (ej: «sos arquitecto y tu diseño exclusivo impide que la abertura se abra bien? sentido común por favor»). Pero es verdad que hoy hay sentidos comunes que pujan el pedestal de la verdad, que siempre es relativa y la escriben los que ganan. Pareciera que el concepto ha mutado, aunque etimológicamente… sentido+común define significación colectiva, sin más. La burbuja además se fortalece en el sesgo de confirmación: https://www.youtube.com/watch?v=b_I6WmatS2o

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