El predio del Ministerio de la Producción en Ángel Gallardo, donde trabajan La Verdecita y la Unión de Trabajadores de la Tierra, demuestra que es posible la producción agroecológica en el cordón hortícola santafesino. 

José Subia termina de cargar el último cajón en la camioneta y saluda con la mano. Las lechugas brillan con frescura matinal, se alejan relucientes. José se queda quieto unos instantes mirando al vehículo encarar hacia la ruta, se acomoda el barbijo azul y sube al tractor. En los campos de Ángel Gallardo, el silencio es cortado por el viento y por el bullicio de teros y palomas.

En las ocho hectáreas del predio que el Ministerio de la Producción provincial posee a la vera de la Ruta 2 trabajan cuatro familias productoras de La Verdecita y una de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT). Desde 2016, un convenio con la provincia les permite a esas organizaciones materializar de forma colectiva una experiencia agroecológica mediante el reaseguro del uso gratuito y con fines productivos de esos terrenos públicos. Este tipo de experiencia de coordinación entre las y los productores y el Estado para el uso del suelo es única en Santa Fe.

Producir alimentos contra el hambre y la especulación

José llegó a Santa Fe a los 23 años. Vino de Sucre y siempre trabajó en la zona de las quintas. «Cuando empezó lo de la soja no le dábamos importancia, con el tiempo se fue viendo esto de los químicos», dice. «Gracias a una gestión del Ministerio de la Producción empezamos con este programa de transición agroecológica. Nos gustó, sabiendo que cuando usábamos los químicos siempre teníamos alguna molestia en el cuerpo», afirma.

La semilla

«A este predio lo rescatamos», dice José, en medio de las plantas que él mismo cuida. Hacia 2016 el terreno estaba sin uso. Donde hoy crecen prolijas las verduras que las y los consumidores compramos en la Plaza Pueyrredón o en la Feria de Berutti y Blas Parera, antes crecían caóticos el pasto y otros yuyos. Fueron las manos de las y los trabajadores las que convirtieron las semillas en hileras de plantines y en camionetas llenas de alimento sano partiendo hacia la ciudad.

La forma de producción agroecológica supone aprendizajes y también otras formas de vincularse –de cuidar– a la naturaleza. «Hay que sufrir el cambio. Porque con los químicos ves una polilla y mandás químico y volteás todo», dice José. «En cambio acá no hacemos eso: tenemos un seguimiento con los biopreparados. El hecho no es matar el insecto, es ahuyentarlo. Hacemos repelentes, no insecticidas», aclara. La clave es cuidar a las plantas desde su nacimiento. «Según los estudios de los técnicos un insecto devora a otro y  deja el excremento y hace reproducir los organismos del suelo», enseña el productor.

Las voces que hablan de flores y árboles frutales y polinización y abejas se van apagando a medida que el tractor comienza a andar otra vez: llegó un nuevo pedido y hay que armar más paquetes de verdura.

Evelyn Knuttzen trabaja en el Ministerio de la Producción y colaboró en el proceso de adopción de técnicas agroecológicas para los cultivos. «Se trata de recuperar y actualizar saberes que las productoras y productores ya tenían», indica, a la vez que destaca la participación de las agricultoras en la experiencia: «Es más fácil llegar a la agroecología a través de las mujeres», señala.

Foto: Mauricio Centurión

Una de esas mujeres es Verónica Jaramillo: «Dicen que me río mucho cuando hablo, pero es que me encanta producir así», se sincera. «En mi caso empecé a hacer la transición a la agroecología en una parcela que alquilaba. No fue difícil porque mis viejos, cuando trabajaban en el campo, no ocupaban mucho los químicos». La infancia de Verónica se parece a la de otros compañeros: la vida en el campo, las historias que sus padres trajeron de Bolivia. «Cuando empezamos con esto la gente no confiaba, no conocía. Se hablaba poco de agroecología así que necesitábamos el apoyo del Estado para que vean que sí se podía hacer, que sí salía la verdura».

En el predio funciona una fábrica de bioinsumos, donde las y los trabajadores elaboran sus productos contra las plagas a base de bacterias, hongos e insectos. Son productos que no intoxican el agua, el aire, el suelo, ni los cuerpos de quienes producen ni de quienes comen.

«Antes no podía ponerme una mochila porque el químico no te deja respirar. Cuando mi compañero tenía que fumigar, yo ya no iba. Y en cambio acá yo me pongo la mochila, aplico los biopreparados. No me trae ninguna complicación», sonríe Verónica bajo el ala del sombrero que la protege del sol.

En otra parcela del predio, Rosa Lara y su familia juntan la verdura para la feria del día siguiente. Rosa tenía 16 años cuando llegó de Tarija, en el sur boliviano. En el predio, dice, «aprendimos mucho de agroecología». «Antes trabajábamos de medieros: el tanto por ciento es para el patrón. Ahora vendemos lo que cosechamos. En Bolivia, que yo me acuerde, mi mamá no curaba. Sembraba maíz, papa y venía. Pero ahora se usan bastante remedios, hasta para el crecimiento. Pero eso te hace mal también», cuenta Rosa.

A la raíz del verdadero campo

Carla Sossa, nacida en Bolivia pero radicada desde pequeña en Santa Fe, pertenece a la UTT y hace 30 años trabaja en el cordón hortícola. La mujer se acuerda: «Cambió mucho la manera de trabajar y la producción. Antes acá se cosechaban muchos tomates, pepinos y pimientos. Ahora esa producción no la encontrás casi. Santa Fe era conocida por el tomate y eso se perdió». Las gotas del riego cuelgan de un tomatito verde claro y Carla se esperanza: «Vamos a volver a hacer que Santa Fe sea conocida por el tomate».

«Vamos a volver a hacer que Santa Fe sea conocida por el tomate», dice la productora agroecológica Carla Sossa. Foto: Carla Sossa.

Los relatos coinciden en una característica: ante el avance del límite urbano, cada vez se dificulta más acceder a un alquiler para cultivar. “Ahora están sacando mucha gente de los campos para construir. Los que quedan son dueños de la tierra, pero a los que alquilan los sacan de un día para el otro o te suben el precio”, dice una de las productoras. La tranquilidad de poder producir sin temor a no llegar a pagar el alquiler posibilita en gran medida el proceso de prueba y aprendizaje.

En el predio, La Verdecita produce hoy entre 50 y 60 bolsones de verduras por semana; desde la UTT calculan que generan unos mil kilos de alimentos en el mismo período. Cecilia Páez, técnica del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta), cuenta la importancia de pensar mecanismos de venta directa: «Muchas veces no estaban trabajados esos canales y se terminaba vendiendo en el mercado con la producción convencional». «Para no desdibujar el esfuerzo de las y los productores empezamos a pensar en estrategias de ventas diferenciadas. Ahí hubo una ganancia, no solo en términos económicos, sino de salud y de confianza generada con los consumidores porque están más seguros y orgullosos de lo que pueden vender. Saben que es sano, es saludable, es realmente alimento», dice Cecilia.

El futuro

Tras cuatro años de este proceso, el pasado 5 de agosto, las y los productores de la UTT y de La Verdecita denunciaron un intento de desalojo por parte del gobierno provincial. Hubo cortes de ruta y junta de firmas; finalmente el Ministerio de la Producción anunció su decisión de constituir una mesa de trabajo conjunta entre el Estado y las organizaciones de agricultores que trabajan en el predio.

En diálogo con Pausa, y tras una reunión que tuvo lugar la semana pasada, la subsecretaria de Coordinación Alimentaria, María Eugenia Carrizo, asegura: «Las familias van a seguir en el predio, no hay ningún impedimento para eso. Así lo dispusieron las organizaciones sociales y así va a ser». A fin de año, corresponde actualizar el convenio firmado en 2016 por las organizaciones y el Ministerio de la Producción. Aún no están definidos los plazos del nuevo comodato. «Pero la continuidad de los productores va a estar, o al menos de los que las organizaciones sociales nos indiquen», insistió la funcionaria.

Foto: Mauricio Centurión.

Desde el Ministerio de la Producción se informó a este medio que la idea a futuro es generar una «unidad demostrativa agroecológica santafesina». «La idea es mostrarles a otros municipios y comunas, a otros productores agroecológicos o que quieran cambiar su forma de producción, el trabajo que están llevando a cabo estos productores», explica Carrizo. «Reconocemos que el trabajo que hacen es el apropiado, es un sistema rentable, están conformes con el trabajo y la idea es mostrarlo a otros productores», agrega. Asimismo, la subsecretaria indica que también buscarán «ampliar otros lugares para ferias y colocar esos productos en las verdulerías, para evitar que los vendan el mercado concentrador donde la rentabilidad que pueden obtener de esas ventas es menor».

Romina Lara tiene 20 años, es la hija de Rosa. Junta acelga para la feria, por ahí se detiene: «La gente a la que le vendemos dice que le siente otro sabor y que le dura más. Para mí también es mejor, no tenés que soportar los olores”. Hace cuatro años que ella y su mamá cultivan el último tramo del predio, desde donde se ven nítidos los autos que entran al pueblo y donde se respira la frescura matinal de las hojas. De alguna manera, Romina sintetiza lo que significan esas ocho hectáreas para el nuevo modelo: “Por suerte salió esta ayuda donde podemos cultivar y vender para vivir».

Este artículo fue presentado en el marco de la beca Un cauce para tus historias, de la Fundación Cauce y Humedales Sin Fronteras.

Dejar respuesta

Por favor, ¡ingresa tu comentario!
Por favor, ingresa tu nombre aquí