«El goce, señora presidenta, es un derecho humano fundamental»

Uno de los discursos más recordados del debate por el aborto legal en el Senado, en 2018, fue el que pronunció Pino Solanas. Mientras algunos legisladores comparaban a las mujeres con perritas a punto de parir o proponían cementerios para fetos, Pino hablaba de derechos, de goce y del valor de la lucha de las mujeres argentinas.  

Cuando Pino Solanas tomó la palabra aquella noche fría y lluviosa del 8 de agosto, la suerte ya estaba echada para el proyecto de legalización del aborto. El poroteo no daba, el Senado no iba a dar sanción definitiva al proyecto que venía de Diputados.

Dando una muestra de sus compromiso inclaudicable con la defensa de los derechos humanos, lo primero que denunció Pino, interpelando directamente a Gabriela Michetti, presidenta del Senado en ese entonces, fue el trato vergonzoso que se le había dado pocas horas antes a Nora Cortiñas, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo.

El desprecio del macrismo por la ampliación de derechos se reflejaba ese día, también, en la negativa de Michetti en dejar que Cortiñas ingrese al recinto. «Se le negaba su entrada y yo le pedí una excepción a la regla, porque no es igual Nora Cortiñas a los demás ciudadanos, porque carga el capital simbólico de una tragedia argentina», dijo Pino con énfasis ante una impávida Michetti. «Esa Argentina con el siniestro Congreso vallado, que viene de épocas inmemoriales, y que le cierra la puerta a los mejores referentes del pueblo, ni para presenciar los debates, la queremos cambiar».

«Hablo en nombre de una Argentina que quiere acabar con todos los miedos, que sufrió todas las represiones, que no quiere más represiones y que no quiere una juventud reprimida», comenzó diciendo ya en su discurso específico sobre el tema que se debatía ese día. «Ahí está esa gloriosa juventud en las calles: una oleada verde de chicas que está expresando una marcha de las mujeres que lleva años, nada menos que por el reconocimiento igualitario de sus derechos, no sólo el derecho a la vida de las mujeres, el derecho a poder decidir sobre su cuerpo y, ¿por qué tenemos miedo de decirlo?, el derecho a gozar, de la vida, y de sus cuerpos. Lamento profundamente señor legisladores que en todos los debates que he escuchado hubo un gran ausente: la mujer. Era un objeto descartado, la mujer», enfatizó.

Con la claridad a la que nos tenía habituadas y su capacidad oratoria, Pino le escupía en la cara a sus colegas de la Cámara alta la hipocresía de las posturas anti legalización. «Sinceremos el discurso, acabemos con la hipocresía de una clase dirigente que sabiendo que las más pudientes podían acudir a los abortos seguros, las menos pudientes estaban condenadas a la infección o a la muerte».

«Este debate no es teórico, aunque puede serlo. Pero mientras nosotros podemos discutir años sobre la validez de una interpretación de Constitución Nacional o de las distintas normas, hay miles de mujeres que no tienen otra opción que el aborto clandestino. Porque ninguna ley represiva pudo a lo largo de la historia impedir los abortos».

En otro pasaje de su alocución, Solanas se reconoció católico pero rechazó de plano la injerencia de la Iglesia y sus argumentos para negar la ampliación de derechos, recordando, además, cómo la Iglesia Católica fue cómplice de los crímenes cometidos durante la última dictadura cívico y militar.

Inteligente para argumentar en un recinto donde abundaban los rosarios y cruces, pronunció uno de los fragmentos de su discurso más recordado y aplaudido: «Dios tuvo la grandeza de, junto a la creación, descubrirle al hombre y a la mujer el goce, señora presidenta, que es un derecho humano fundamental, en esta vida de profundos sacrificios».

Pino también fue de los pocos legisladores que contó su experiencia personal con el aborto. «A los 16 años me recibí de bachiller y me enamoré profundamente, ella también. Nos enamoramos tanto, con la oposición de su familia, que nos escapamos. Nos amamos y por supuesto ella quedó embarazada». Luego relató que se alejaron por un tiempo y que finalmente se enteró que la joven había «entrado en pánico». «Estaba tan perseguida por el miedo a la represión de sus padres y la represión social que terminó haciéndose un aborto clandestino. Hubo que internarla varias semanas porque casi se muere de la infección. Yo lo viví, viví el pánico de esa chica, yo no quiero una juventud con pánico, que le tema al mundo que viene».

El cierre del discurso estuvo a la altura de su claridad, compromiso y emotividad. Mientras fuera del Congreso los sectores celestes rezaban y preparaban sus festejos, y el movimiento de mujeres se debatía entre el orgullo por la militancia y la tristeza ante el inminente resultado, Pino concluyó su intervención con la esperanza en la lucha colectiva. «Que nadie se deje llevar por la cultura de la derrota. ¡Bravo chicas! han levantado alto el honor y la dignidad de las mujeres argentinas. Esta causa, esta noche tiene un pequeño descanso, pero en poquitas semanas todas de vuelta de pie. Sino sale hoy, el año que viene vamos a insistir. Y si no sale el año que viene, insistiremos el otro. Nadie podrá parar a la oleada de la nueva generación. Será ley, habrá ley contra viento y marea».

Hasta siempre Pino. Gracias.

 

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