Sentarse a escribir de Diego muerto es un sinsentido. No hay nadie más atado a la vida que Maradona. No hay nadie con más ganas de jugar que Diego. No hay nadie con tantas vidas como él. No hay nadie con tantas resurrecciones. Esto es un sinsentido, es imposible escribir en pasado. Ese paso espantoso del habla que significa abandonar el presente para referirse a una persona en pasado es un acto tortuoso, de angustia real, de conciencia plana del dolor.

Pasan los minutos y la memoria se adueña de todo. Y todo es lágrima, y es la hora de llorar, no de escribir. Es una cuestión de tomar aire, dejar pasar unos minutos y empezar a transitar por ese túnel de recuerdos.

Y allá voy, transitando la memoria como uno de los tantos túneles que caminó Diego antes de salir a regalarnos su arte. Por supuesto que la memoria me lleva a 1986, me deposita en el comienzo de la adolescencia, 12 años donde sólo me importaba el fútbol. Y era literal, nada era tan importante como el fútbol, quería ser jugador de fútbol, leía El Gráfico como un cura la Biblia y empezaba a amar a Maradona tanto como esos napolitanos que lo disfrutaban a diario.

Corea del Sur, Italia, Bulgaria, Uruguay, Inglaterra y paren todo. Ese partido con los ingleses a mis 12 años fue el sello a la eternidad con el 10. Después llegó la Copa del Mundo, las lágrimas del subcampeonato en Italia, la merca, la vendetta, “me cortaron las piernas”, la vuelta contra Colón en La Bombonera, “yo me equivoqué y pagué”, y el peor de todos los días, el de hoy.

Diego hizo mis días más felices, eso es Diego, el que te hacía la vida más feliz. Entonces, cuando tenés que ubicarte en la palmera, te quedas así, con esa sensación de ver como esa infancia y adolescencia vuela, cae y se hace polvo. Y sentís que se rompe todo por dentro, y te tiras a la cama a llorar como aquel nene de los 12.

Las jugadas, las frases, los actos, los goles, las contradicciones, las puteadas y toda una vida alejada de cualquier normalidad lo llevaron a Maradona a ese lugar de ídolo. Y Diego no fue el ídolo que quedó allá lejos y hace tiempo, Diego desplegó ese rol cuando un día Eduardo Galeano lo definió: Dios sucio.

Ese argentino sucio es el que me representa, esa hermosa contradicción humana que representaba Diego tenía coherencia cuando se enfrentaba a todos los que yo también pueteaba, y se abrazaba con muchas y muchos de los que yo tanto quería. “Tus decisiones le cagaron la vida a muchos argentinos”, le dijo a Macri.

Este dolor insoportable irá pasando, los mensajes de los amigos que lo ubicamos a Diego en ese rol de familia lo guardaremos celosamente en el corazón, tanto como la cara de mi hija de 4 años cuando preguntó “¿Maradona no va a jugar más?”.

El tiempo pasará y junto a Clara volveremos a saltar y a cantar… «O mamma, mamma, mamma, o mamma mamma, mamma ¿Sabes porque me late el corazón? He visto a Maradona, he visto a Maradona, oh, mamá, enamorado estoy».

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