El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, recibe el pinchazo.

El miedo a ponerse la vacuna es una realidad y de poco sirve el enojo o la diatriba (ni siquiera la información) para convencer a quien tiene un temor. El ejemplo se hace imprescindible y nada mejor que las autoridades del Estado para generar confianza pública.

Hay que vacunar con el ejemplo.

Más allá de cuántas personas son las que se niegan al pinchazo en proporción al eco continuo que tienen esas dudas en las pantallas, el rechazo y la desconfianza a usar una vacuna contra el Covid 19 es un dato de la realidad, tanto en nuestro país como en todo el mundo. El agravio indignado, la discusión argumentada o una sólida exposición dirigidas a estas personas caen en saco roto. Tras nueve meses de pandemia, la dejadez en las medidas de cuidado, que hoy se puede ver en cualquier lugar y que se reflejan en un repunte de casos diarios, son otra prueba más de que con información no alcanza para producir conciencia; ejemplos indiscutibles se necesitan.

Cada persona que duda de vacunarse tiene sus motivos, muchos están superpuestos y los hay para cada color. Hay teorías conspirativas, datos falsos sobre efectos colaterales, Rusia y China, ilustrada pretensión científica y natural temor a lo desconocido. Es cierto que nunca en la historia se desarrollaron vacunas en tan poco tiempo y que la información sobre el contenido de las mismas es de acceso sólo para las autoridades sanitarias y de imposible comprensión para el público general. Pero, antes que nada, es un miedo lo que se está enfrentando. Hablamos de emociones.

Quienes sin dudas se vacunan lo hacen más por fe y confianza, o por cansancio, que por otra cosa. Muy difícilmente conozcan o comprendan cada uno de los pasos realizados por todos los laboratorios que preparan las vacunas. Para el caso, lo mismo sucede con cualquier procedimiento médico standard: uno encomienda su cuerpo y su vida a manos extrañas que te cortan, te meten jugos y pastillas o te exponen a radiaciones diversas. Y cree.

Para terminar con el virus –o reducirlo a su mínima expresión– es necesario que una mayoría muy significativa de la población se vacune. La OMS informa que en el caso del sarampión, esa inmunización requiere que cerca del 95% de la población se vacune y que con la poliomielitis ese umbral es del 80%. El martes 29 comienza la vacunación nacional de la primera línea de la salud, con 300 mil dosis de la Sputnik V. En el verano se prometen millones de dosis más, ya para la población en general.

Mientras tanto, dirigentes como Elisa Carrió hacen denuncias penales por la compra de esa vacuna, con la compañía de una diputada de su espacio, Mónica Frade, quien solicitó en la Cámara que se hagan ensayos clínicos del dióxido de cloro, mientras que el presidente del radicalismo, Alfredo Cornejo, y el diputado Fernando Iglesias ventilan sus sospechas de manejos corruptos en la compra todavía no concretada con Pfizer BioNTech. Y los medios de comunicación opositores siembran dudas cada vez que pueden, sobre cualquier aspecto: calidad, cantidad, contratación, circulación, preservación, organización… lo que sea.

Contra el negacionismo

La duda y el temor sobre las vacunas son un lujo que socialmente no podemos afrontar. Para disolver esos miedos el método más práctico no son las publicidades épicas o las campañas con detallados ítems que nadie lee. Las primeras son emotivas para quienes ya están convencidos, las segundas son un derecho y una obligación, pero están muy lejos de ser suficientes por sí mismas.

Si tengo miedo de tirarme a la pileta, lo que hago es esperar a que otro se tire.

El método más práctico es ver cómo otro se da la vacuna. Y la confianza en la autoridad del Estado para proveer la vacuna, entonces, sólo se puede construir con políticos y políticas poniendo el brazo por nosotros, primero y antes que nadie. Que el pueblo vea que se la juegan.

Son las autoridades estatales las que apuntalan la credibilidad pública. Desgraciadamente, como ya sucede con las vacunas, el tratamiento de la pandemia fue cruzado por un miserable cotillón político, sobre todo a partir de la demolición continua de las políticas de cuidado y de la eficacia de las medidas de restricción de circulación –cada vez más probadas, en vista a las reacciones de los distintos países del mundo ante los rebrotes. Hay quienes no pueden cuidarse por imposición de la necesidad económica, pero sobran los que no se cuidan como un gesto suicida de rebeldía ante el gobierno.

Por eso, nada peor que Nancy Dupláa o Dady Brieva para el pinchazo por TV. Tampoco sólo la dirigencia del Frente de Todos. Es demasiado decisivo este momento. Son necesarios políticos y políticas, de todos los partidos, y de todos los niveles. Pinchazo de Ginés y de Rubistein, inoculación simultánea por TV de toda la Cámara de Diputados. Desde Fernández y Macri a Granata y Del Caño. Martorano, Hynes y Laspina, Jatón y Javkin. Perotti y todes les gobernadores. En el mundo ya lo hicieron el presidente electo de Estados Unidos Joe Biden y el vicepresidente Mike Pence. En Israel lo hizo Benjamin Netanyahu. Vladimir Putin anunció que se pinchará con la Sputnik V.

Convocar públicamente y de forma transversal a toda la dirigencia política para una campaña que a todos tiene que llegar. La inmunidad requiere del 80% al 95% de la población vacunada. Una convocatoria amplia, plural y explícita. Y quien no quiera poner el cuerpo, que quede expuesto y de regalo para la minoría restante.

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