Las luces y sombras, naturales y poéticas, de una casa y una familia en aislamiento. Qué se ve por primera vez, qué se redescubre, qué se resignifica. Un ensayo de nuestro reportero gráfico Mauricio Centurión desde su cuarentena en Monte Caseros, Corrientes.

“Lo que te da terror te define mejor, no te asustes, no sirve, no te escapes, volvé.
Volvé, tocá, miralo dulcemente esta vez,
que hay tanto de él en vos, pero hay más de vos en él”.

Gabo Ferro

Monte Caseros es un pueblo de 40.000 habitantes ubicado al sur de Corrientes. Al 31 de enero de 2020 no había registrado ningún caso de Covid 19. Luego de un año sin ver a mi familia decidí visitarlos y recibir el año nuevo con ellxs.

Volver a la casa de la infancia es muchas veces un ritual costoso, encontrarse a quien fuiste en la mirada de quienes ya no son lo que eran: un abismo, una ceremonia que se vuelve certera cuando las puertas quedan cerradas por algo llamado aislamiento.

Mi casa natal fue originariamente un rancho, que fue creciendo a medida que crecía la despensa que abrieron mis viejos cuando decidieron ser independientes. En ella viven mi madre, junto a mi padre y hermano. En una casa unida vive mi tía y su compañero, ambos jubilados.

Por mi oficio de reportero gráfico, el 2020 me encontró en la calle, en salas de terapia intensiva, barrios infectados por Covid 19, velorios multitudinarios. Pude poner el cuerpo en esos lugares porque no vivía con personas de riesgo.

El 3 de enero mi hermano Pablo comenzó con fiebre y dolor de cabeza. El 4 de enero toda la casa fue hisopada.

El miedo es el primer síntoma de toda enfermedad, mi hermano se encerró en su pieza y mi padre en un pensamiento: la posibilidad de la muerte.

En el recuerdo, mi casa era más oscura, no estaban esas entradas de luz tenues que hoy tanto me fascinan. La memoria guarda relatos según quién y cómo los cuenta.

Mi madre mira a los ojos a mi padre: “Por mí no te preocupes, yo no me voy a enfermar porque yo no tengo miedo”.

 

Hace un tiempo, un hombre medicina indígena me dijo que en mi estaba el espíritu del cuervo, años más tarde otro indio sabio me dijo que el cuervo tenía como tarea convertir la carroña en alimento.

Mi viejo reza y habla por teléfono con el pastor de su iglesia evangelista, mi hermano escribe canciones, mi madre ríe y ríe, cocina, zurce, mantiene todo limpio y vuelve a reír. Su carcajada y mirada compasiva espantan al miedo.

Afuera el pueblo atemorizado y las calles vacías, todo lo que amenaza la estabilidad genera una búsqueda de culpables, siempre en lo externo, en lo ajeno.

Mi nombre junto con el de mis amigos aparece en las redes sociales como responsable de traer el virus, luego de que me hisopen tres veces a mí, a mi madre y a todas las personas con las que había compartido y demos negativos, la tranquilidad me vuelve, aunque la condena social es voraz y devastadora.

Mi tía cumple con un pedido que le hice cuando llegué, me muestra la foto de mi abuelo, su padre, desde su ventana.

Conozco el rostro a través de un vidrio de aquel señor que hace poco me dijeron yo era igual, al menos en ideales.

¿Dónde queda lo que creés? ¿Dónde queda lo que ves?
¿Dónde se irá, si se va? ¿Dónde se fue? ¿O será que ya no está?
Si hay Dios, si hay amor, si hay vida después,
si hay mundo, si hay hoy, hay mañana, hay tal vez
si hay ayer, si hay recuerdos, si hay de haber o ay de doler.

Gabo Ferro – Lo que te da terror

Mi tía nos pide que llamemos para saber el resultado de su hisopado, al decirle que dio negativo larga un sapucay e inclina su cuerpo para abrazarnos, le decimos que no, sale corriendo al patio y reza en vos alta agradeciendo.

Hoy esas personas significan algo diferente, la complicidad de vivir el cuidado y la amenaza, las sombras y las luces nos vuelven cómplices.

Pude ver que el cuerpo, la espiritualidad y la música, pilares de mi eterna búsqueda afuera, siempre estuvieron cerca: en la mirada de mi hermano, en las manos inquietas de mi padre, en las arrugas que se le hacen a mi madre cuando ríe, en el andar poético de mi tía.

Toda encuentro invocado desde la honestidad nos enseña que amor y dolor nos llevan a la misma profundidad si nos dejamos sumergir.

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