Hits 2: Vopo lipi gopo mapa

La China abre su cartuchera de la escuela para presentarme a su amigo secreto, el sol acaba de caer pero el calor sube por las baldosas del patio, tomamos una coca con mucho hielo. Fernando tiene un traje o piel rosada y orejas paradas como antenas, su cara es de piel blanca, con ojos negros redondeados hacia abajo, un punto negro como nariz y sonrisa de emoji. Está sujetado entre lápices de colores y otras cosas a las que dejo de prestar atención, para quedarme mirando una Voligoma larga y con tapa roja. La marca es otra, pero cuando le pregunto, me responde que es Voligoma, en un tono que además reprocha: “¿qué otra cosa va a ser?”.

Don José, ¿ya le trajeron vopolipigopomapa?, preguntaba al kiosquero un nene colorado en pleno recambio de sus dientes delanteros. Eso sucedía en la tele cuando yo tenía más o menos la edad de ella. Después, empezaba el jingle que algunos/as recordamos y ese cilindro transparente y alucinante desplegaba su magia, papel con papel.

Entonces esperamos desesperadamente como el pelirrojo desdentado de la publicidad, hasta que un día, alguien entró al aula con una Voligoma en la mano. Por supuesto, no dijo dónde la había conseguido y tampoco se la prestaba a nadie. Igualmente, rodeamos su banco, con los ojos grandes y las bocas abiertas, siguiendo esa burbuja que subía y bajaba lentamente, debajo del barrilete dibujado. Ese líquido transparente y espeso que, igual que en la tele, se derramaba parejo, impecable, brillante. Alguno manoteó la tapa y la levantó a contraluz, ese amarillo furioso destellaba promesas de futuro. La Voligoma no sólo venía a reemplazar la enchastrante y deprimente plasticola, sino que era el primer objeto Pop que irrumpía en la sarmientina o peronista estética escolar.

Fernando no está solo en la cartuchera, le llevo comida para el recreo, es una galletita enorme con forma de F que es la letra de su nombre. Cuando salgo al recreo, le dejo la galletita al lado. En la clase lo envuelvo con esta frazada violeta, le doy varias vueltas porque en invierno hace un frío que te congelás. Para que no se aburra también le llevo este amiguito – ahí saca otro muñequito celeste con cabeza de hipopótamo y pantalón blanco que le llega al cuello-. Se llama Paolo.

No se llama Voligoma, se llama vopolipigopomapa, protestó alguien y yo me quedé plenamente desconcertado y atrapado en esa disyuntiva. No sé cuánto me llevó descubrir el artilugio lingüístico y deducir la existencia del jeringoso, pero sí recuerdo que, cuando le expuse mi hallazgo a mi compañero de banco, me miró y supe que, si insistía en mi explicación, iba a golpearme.

Una vez, en esa breve época en la que nadie en este país podía dejar de repetir la palabra Flogger, vaya a saber por qué, comenté en un 5to año algunos de estos recuerdos y al final de la clase, uno encontró la vieja publicidad en Youtube y se pusieron a bailar con sus mechones teñidos, sus mochilas brillosas y zapatillas con cordones fosforescentes.

Fernando me acompaña todos los días y casi siempre se porta bien, aunque a veces con Paolo se portan un poco mal también. La seño no me lo sacó nunca, porque cuando mira yo lo pongo así y entonces nunca lo ve.

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