Cuando se retira el Estado queda un vacío que es algo consistente: la nada. Qué pasó durante estos años con las políticas públicas y cómo las comunidades organizadas enfrentan los incendios de la Patagonia.

Por Marianela Galanzino*

Al este de nuestro país hay un lago... o, mejor dicho, había... llamado Cálidocaldo. Y todo empezó porque, un día, el lago de Cálidocaldo no estaba... Simplemente había desaparecido.

–¿Quiere usted decir –preguntó Úckuck– que se secó?

–No –repuso el fuego fatuo–, en tal caso habría ahora allí un lago seco. Pero no es así. Donde estaba el lago no hay nada... Simplemente nada

–¿Un agujero? –gruñó el comerrocas.

No, tampoco un agujero –el fuego fatuo parecía cada vez más desamparado–. Un agujero es algo. Y allí no hay nada. 

incendios de la patagonia
Comerrocas en la adeptación cinematográfica de Historia Interminable, 1984.

Este diálogo de La historia interminable (1979) es más que un apunte literario. Al tratarse de una nota sobre incendios, podrían ustedes lectores imaginar que este pasaje intenta retratar a “la nada” como metáfora del fuego. Pero no lo traigo para hablar de las llamas, sino de lo que aparece cuando el Estado se retira: un vacío que no es un agujero, ni un suelo seco, sino una ausencia absoluta. La nada, es la fuerza poderosa que primero esparce nihilismo, dejándonos desorientadas, luego desesperación al comprender lo que estamos perdiendo, y finalmente apatía y ajenidad. Ver arder gigantes cerros sin respuestas. No hay pena, ni gloria.

En los primeros días de enero de 2026, Argentina vuelve a su ya conocida emergencia forestal, esta vez por incendios en 16 provincias, principalmente en la región patagónica. Cerca de 15.000 hectáreas se incendiaron y más de 3000 personas fueron evacuadas. Para quienes vivimos en el Litoral, este escenario no es ajeno: ya nos tocó ser protagonistas y no existe ninguna garantía de no volver a ocupar ese lugar. Más aún, todo indica que nos dirigimos exactamente en esa dirección.

El fuego es ambiguo: un artilugio; se enciende con movimientos rápidos, se lo puede conducir, se lo puede controlar. Arma, herramienta, ritual, ciclo. Puede ser aliado o monstruo. Puede obedecer a una mano experta o volverse invencible. El fuego programado es un truco antiguo: se enciende para prevenir lo peor, para abrir un cortafuego o para servir como combustible de un ecosistema. También puede descontrolarse; puede ser lanzado por la tierra desde sus órganos interiores; puede carbonizar un bosque completo. No olvidemos al Vesubio, cuyas cenizas, en Pompeya y Herculano, exterminaron a poblaciones enteras.

El fuego es espectacular, brillante, candente, adrenalínico, produce violentas impresiones en el cuerpo. Pero cuando se abandona a su suerte, se transforma en incendio, es decir un problema social con componentes ecológicos. 

Así como en la fábula de Cálidocaldo lo que queda no es un “lago seco” ni un “agujero” sino nada, en nuestro país lo que vemos cuando se consumen miles de hectáreas no es solo un paisaje carbonizado: es la ausencia de políticas públicas, el abandono de la población y, en ese vacío, la nada que lo engulle todo.

Las causas, lo sabemos, son múltiples y a veces triviales: puede tratarse de la explosión de un transformador, la quema de residuos al aire libre, la producción de un cortafuego, o una inoportuna chispa desprendida del encendedor de un turista en un Parque Nacional.

Otras veces, las causas son deliberadas: incendios intencionales provocados para desmalezar sin gastar demasiado dinero, para abaratar tierras que luego serán negocio inmobiliario. El fuego, en esa versión, despoja el territorio de aquello que no sirve a fines económicos. Así, los adinerados ciudadanos pueden vivir y vacacionar en la naturaleza que les gusta, aquella en la cual pueden decidir dónde va cada ejemplar, donde colocar cada espejo de agua. Un lugar donde los ceibos y los aromitos se transforman en arreglos florales. Ese tipo de “entorno natural” es producido a partir de la destrucción y apropiación de ciertos bienes comunes cuyo acceso es reducido y convertido en valor económico.

Entre las causas encontramos también eventos climáticos extremos, esto quiere decir que el clima se vuelve más imprevisible y es cada vez más difícil adaptarnos a esos cambios bruscos: las casas de la Patagonia no están preparadas para temperaturas mayores a 30 grados. Además de las olas de calor, esa zona geográfica está atravesando sequías por falta de lluvias, y como tercera causa que favorece la propagación de incendios, hay motivos históricos. Los incendios fueron la herramienta predilecta para deshacerse del bosque y “poblar” la Patagonia, continuando por la mala decisión de los planes forestales entre 1970 a 1990 de implantar especies de árboles exóticos, Murrayana, Insigne, Ponderosa y Oregón. Especies de pinos "pirogénicas" para las cuales el fuego es la mejor forma de reproducirse.

Pero todo esto ocurre sobre un telón de fondo que explica más que cualquier chispa individual y aleatoria. Un presupuesto del Servicio Nacional de Manejo del Fuego reducido al 78,5% respecto del año anterior; menos brigadistas, menos herramientas, menos aviones hidrantes. La eliminación del Ministerio de Ambiente en 2023 y su reducción a secretaría subordinada al Ministerio del Interior. La derogación, aunque luego suspendida judicialmente, de la Ley de Tierras Rurales que impedía la extranjerización de tierras. La transferencia de la Ley de Manejo del Fuego al Ministerio de Seguridad, desvirtuando el carácter ambiental y ecológico con el que fue concebido el Sistema Federal de Manejo del Fuego. La disolución del fondo fiduciario de la Ley de Bosques. Un Régimen de Incentivo a Grandes Inversiones creado por la Ley Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos que además de ofrecer incentivos fiscales y regulatorios para atraer inversiones millonarias, también crea un marco legal que puede desplazar o neutralizar las herramientas existentes de protección ambiental y prioriza el desarrollo extractivista por sobre los derechos de las personas y la protección de los ecosistemas. Es una especie de subasta de la naturaleza de nuestro país. El futuro no aventura mejoras: en la agenda de derogaciones y modificaciones futuras están la Ley de Tierras, la Ley de Bosques, la Ley de Manejo del Fuego y la Ley de Glaciares.

Una parte importante de esta pesadilla colectiva es el negacionismo climático que crece entre nuestros líderes políticos, tanto a nivel nacional como internacional. Un absurdo sin limitaciones cuyo efecto se tradujo en que trabajadores de los Parques Nacionales, INTI o Servicio Meteorológico Nacional no puedan nombrar, por prohibición de las autoridades, el concepto “cambio climático”.

Si el fuego bien manejado puede regenerar, entonces el desmantelamiento ambiental del Estado equivale a abandonar ese artilugio a su suerte, dejando que la contradicción se vuelva destructiva.

Estamos atravesando momentos críticos social y ecológicamente y las respuestas que sobrevienen se organizan en torno a una regresión ambiental manifiesta. Quiero decir que estamos retrocediendo en los niveles de protección y esto implica violaciones a normas constitucionales y tratados internacionales. 

Vivimos en este mundo y, dentro de él, en un país conducido por un gobierno. Todo esto es muy concreto: las chispas van a venir, siempre llegan. No se puede esperar que las soluciones a un problema de estas características, se salden con un aumento pecuniario al multar a un individuo, quienquiera que haya iniciado un incendio, lo haya hecho queriendo o sin querer.

En paralelo, vivimos dentro de un sistema que convierte todo, humanos y no humanos en activos movibles. Un elemento necesario de su operación es la alienación que funciona como un anestésico: separa a cada cosa de su mundo vital, la transporta, la intercambia, la convierte en valor abstracto mientras todo lo demás se vuelve maleza o desperdicio. Cuando el activo se agota, se abandona el territorio. Los incendios, muchas veces, operan como la primera herramienta de esa acumulación voraz. Por eso, después de tantos años, no tenemos aún una Ley de Humedales. 

El diálogo de La historia interminable continúa: “Si alguien, por descuido, ponía el pie en la nada, el pie —o la mano— desaparecía también. No es doloroso… lo único que pasa es que, al que sea, le falta de pronto un pedazo. Algunos hasta se han tirado dentro intencionadamente, al ver que la Nada se les acercaba demasiado. (...) Ninguno de nosotros podía explicarse qué era esa cosa horrible, de dónde venía ni qué se podía hacer contra ella. Y, como por sí sola no desaparecía, sino que se extendía cada vez más.

Evitar que “la nada” avance es también dejarse afectar con el dolor de los demás. Es tomar conocimiento y difundir que el Estado abandonó a las comunidades y decidió dejar avanzar el fuego en un momento en que su intervención era clave para mitigarlo. Esto implica un esfuerzo activo para beneficiar la destrucción.

Contra “la nada” están actuando las comunidades organizadas, que comparten sus cuentas bancarias para comprar, nafta, calzado y ropa de trabajo, mangueras, bidones de agua, platsul, gotas para los ojos, entre otros. Están las vecinas y vecinos que preparan viandas a repartir. Así preparan también la esperanza. Están quienes se abrazaron cuando cayeron las primeras gotas de lluvia. El esfuerzo colectivo es la oposición a la degradación emocional que proponen vaciamientos y aniquilaciones, a la asfixia generalizada que se nos ofrece como única posibilidad. 

La política regresiva nos ahoga y nos deja sin soluciones ni escapatorias. La ausencia del Estado es también la inexistencia de aviones hidrantes, la inexistencia de sistemas de alarmas tempranas, los reportes diarios de incendios geolocalizados, es falta de control y de fiscalización de la situación de nuestros bosques y sus amenazas concretas.

incendios de la Patagonia
Fire of Love, Werner Herzog, 2022

En Fire of Love, Werner Herzog retrata la vida de Katia y Maurice Krafft, unos enamorados vulcanógrafos, cuyos estudios distinguen entre dos tipos de volcanes: los rojos, que liberan presión de manera constante, y los volcanes grises o asesinos, que acumulan presión hasta estallar de forma catastrófica. Los Krafft murieron en 1991, en el monte Unzen, en Japón, durante la erupción de uno de estos volcanes grises. Su trabajo nos dio una pauta: no todo fuego es igual, no toda combustión es desastre. Una frase de Maurice se robó los laureles de mi dispersa atención; “prefiero morir quemado, antes que asfixiado”.

Así como en los volcanes rojos hay liberación constante y en los grises acumulación catastrófica, nuestras políticas públicas pueden liberar presión o acumularla hasta el caos destructivo. Lo que hoy vemos es acumulación, sin gestión, sin control, como en un volcán gris.

No nos asfixiemos en la mentira de culpar a las comunidades mapuche, o a los peones de campo, a anarquistas fantasmas, o en la simplificación de culpar al turista fumador. A esta altura de la destrucción, después de todas las advertencias científicas y no científicas, necesitamos salir de la asfixia y la alienación, despejar el humo gris, y el hollín acumulado en las manos, oídos y ojos. Ya no hay tiempo de esperar que todo lo quemado pare de crispar. Después del ruido de las llamas y el llanto de los brigadistas, la nada que describe Fuego Fatuo será el viento que se quedó sin hojas que balancear, el silencio de los pájaros que no están. Esa nada no es sólo un agujero físico: es el vacío estatal y la destrucción de la vida y la diversidad. Con tanto silencio y entre tanto polvo, queda suspendida una pregunta ¿Cuál será nuestra sirena, nuestra alarma la próxima vez?

*CONICET-UNL

 

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