Incendios en la Patagonia: el fuego devora bosques y golpea economías de Argentina y Chile

Los incendios forestales en Neuquén, Río Negro y Chubut afectan seriamente a dos Parques Nacionales y ya arrasaron más de 37.000 hectáreas de bosques y viviendas, una superficie equivalente a dos veces el tamaño la ciudad de Buenos Aires. Greenpeace reclama más prevención, brigadistas e infraestructura para respuesta rápida, y penalizar tanto incendios como desmontes.

Los incendios forestales en el sur siguen avanzando en ambos países, con decenas de miles de hectáreas afectadas, evacuaciones, víctimas y graves consecuencias ambientales y económicas.

Es una escena que se repite verano a verano, cada vez con menos intervención estatal: los incendios forestales que desde principios de enero devoran amplias regiones de la Patagonia argentina y chilena constituyen una de las crisis ambientales más severas de la temporada, con efectos que van más allá de la emergencia inmediata. Ya golpean ecosistemas, economías locales y cadenas productivas.

En nuestro país, las llamas consumieron casi 170 mil hectáreas solo en La Pampa, según autoridades sanitarias y de manejo del fuego, y en la Patagonia los focos activos persisten en provincias como Chubut, donde las evacuaciones de familias continúan ante el avance del fuego y las condiciones meteorológicas adversas que complican las tareas de los brigadistas.

En Chile la situación también es crítica. El número de muertos por los incendios ya supera las 20 personas, con centenares de evacuados y miles de hectáreas de bosques, zonas rurales y espacios urbanos destruidos por las llamas que avanzan rápidamente en regiones como Biobío y Ñuble, mientras las autoridades declaran estado de catástrofe y despliegan recursos militares para el combate.

En diálogo con la prensa el biólogo Javier Grosfeld, ex subsecretario de Bosques de la Provincia de Río Negro, explica que desde comienzos de este siglo se consolidó un cambio climático regional marcado por más sequías, aumento de temperaturas y mayor frecuencia de tormentas eléctricas.

“Incendios que históricamente ocurrían cada 80 o 100 años en un valle hoy se repiten cada pocos años. En algunas zonas, ese ciclo se repitió tres veces en apenas 15 años”, advierte.

A esto se suma la aparición de incendios de “quinta y sexta generación”: fuegos con múltiples frentes, comportamientos extremos y tormentas de fuego que desbordan cualquier capacidad de control.

“En el norte de la Patagonia, prácticamente no hemos visto regeneración natural de los bosques de lenga incendiados desde el 2000”, advierte Grosfeld.

El impacto económico

Más allá de la devastación ecológica, los efectos en las economías regionales son significativos. El turismo —una de las principales actividades productivas del sur argentino y chileno— se vio interrumpido por evacuaciones masivas de turistas y residentes, la quema de infraestructura y la disminución de visitantes a zonas afectadas por el humo y el riesgo de fuego. En la Comarca Andina argentina, por ejemplo, se evacuaron más de 3.000 turistas durante los primeros días de la emergencia, mientras que productores rurales señalan pérdidas en pasturas, bosque productivo y recursos para ganadería y agricultura locales.

Las comunidades indígenas y rurales, cuyo sustento depende de los recursos naturales y actividades económicas vinculadas al bosque, son especialmente vulnerables. La devastación de recursos forestales reduce también la disponibilidad de leña, forraje y alimentos, con efectos socioeconómicos que perduran más allá del control del fuego.

La política de prevención y manejo del fuego entra en foco. Organizaciones ambientalistas y expertos han señalizado la falta de inversión sostenida en mecanismos de prevención, investigación científica y equipamiento especializado como factores que agravan la capacidad de respuesta estatal ante incendios de gran magnitud. En este contexto, iniciativas de cooperación —como el envío por parte de Chile de aeronaves para reforzar el combate contra incendios en la Patagonia argentina— son señales de colaboración regional frente a catástrofes que no conocen fronteras.

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