La primera mitad del SXXI está perdida para los populismos. La dinámica de las migraciones y la variable demográfica, el opio evangélico dominando a todos los opios, la bancocracia financia el saqueo y la vulgata. Tecnato de América o no, se inicia la Era de los Protectorados popularmente consentidos.

Corría la primavera de 2018, tercer gobierno radical post dictadura, y Slavoj Zizek le concedía un reportaje al aristócrata ilustrado (y que paga muy mal a sus periodistas) Jorge Fontevecchia. Allí manifestaba sus diferencias con intelectuales latinoamericanos y hasta con su amigo Yanis Varoufakis, sobre esto de “olvidar los viejos esquemas ideológicos para escuchar a la gente, porque ahí estaremos más cerca de la verdad (¿y los votos?), la base del verdadero programa emancipatorio”.

Zizek, siempre escupiendo factos y saliva, sostenía que no confiaba en los intelectuales para solucionar casi nada, pero que si uno se callaba y se agachaba lo suficiente hacia la base social (en Eslovenia, Nigeria o Argentina) iba a encontrar mucho más egotismo, racismo, xenofobia y homofobia de lo soportable. De lo soportable para burgueses reformistas, ideológica y operativamente obstinados, izquierdas ibuprofeno, que mitigan su culpa conformando gobiernos de una hibridez insuficiente e intolerable para el mismo sujeto político que dicen representar. Y que de pronto no los vota.

Pero esa es la superficie, la manifestación final de un proceso mucho más complejo, al que no le faltan analistas y narradores, intelectuales asociados a formaciones políticas, pero mal aprendidos o sub utilizados. Como nos confiara Daniel Santoro (el digno, el artista): "no tienen tiempo para las ideas".

La derrota de la democracia social y el avance de los protectorados

De pronto nos damos cuenta que las revoluciones más profundas y duraderas han sido y son de derecha. Que los Estados Unidos de América, que llegaron a la geopolítica mundial chorreando lodo y sangre de esclavos y nativos, invaden y anexan lo que se le antoja, como hace 125 años cuando -con 1000 soldados financiados por empresarios frutales y azucareros- invadió y sometió a la monarquía constitucional de Hawaii, último bastión independiente del archipiélago. Enancados en la sólida base que conformaron sus industrias culturales y organismos de crédito colonial, el capitalismo imperial predatorio se hartó de las mascaradas legales, de los organismos diplomáticos supranacionales surgidos durante la guerra fría, luego del genocidio y la devastación de Hiroshima y Nagasaki.

Este parece ser uno de los efectos de la derrota de la democracia humanista o social, que es la democracia de la derrota. Rubricada por la completa inutilidad de organismos como la ONU (con sus USD 3.590 millones de presupuesto), la OMS (USD 6.900 millones), la UNESCO (USD 1.800 millones), productores de numerosos informes de buena calidad técnica y declaraciones resonantes que nadie está obligado a cumplir, sobre todo la principal potencia militar del planeta. En la última entrevista publicada por The New York Times, que bien podría haberse titulado "Dios es mi pene", Trump sumó al absurdo manifiesto de las instituciones multilaterales a la OTAN, al decir "sin los EEUU la OTAN es completamente inútil". "No necesito el derecho internacional (...) el único límite al uso del poderío militar que tenemos es mi propia moralidad, mi propia mente, es lo único que puede detenerme", sentenció.

Y así parece ser: ni Rusia ni China (por motivos distintos y porque lo de Venezuela fue un golpe interno encastrado con la doctrina Monroe 5.0, del que sus servicios de inteligencia estaban al tanto) desean una confrontación militar; que de todos modos se termina cuando aparecen en el aire la aeronave de guerra electrónica EA-18 G Growler (que desactivó el escudo de defensa venezolano provisto por Xi Jinping), el insuperable caza noventoso F22 Raptor y el bombardero B2 Spirit. Sin liderazgos de peso, coordinación ni proyectos comunes, gobernada por democracias repletas de condicionamientos internos, por populismos maniatados que restauran trabajosamente el estado de bienestar capitalista o ultraderechas que lo destruyen, Latinoamérica está a merced de la voluntad continental de Trump, desarmada ideológica, comunicacional y militarmente. Y por ahora Lula , un líder casi anciano, aventaja por 10 o 15 puntos al retoño fascista de Bolsonaro. Que así sea por el bien del país continente y acaso de todes.

Dato: Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello, enrolados en una suerte madurismo colonial, se están reuniendo con la CIA para acordar logísiticas de control político, militar e ideológico en la gran novedad del continente: una dictadura capitalista de izquierda avalada por los EEUU. Lo habían hecho con China y Rusia antes, no hay chavismo ahí, hay una interna resuelta en una orga corrupta y sin votos.

En el portal español "Público", Bifo Berardi acaba de exponer sus razones acerca de porqué esta antiutopía para progresismos liberales e izquierdas anticapitalistas, puede hegemonizar y dominar buena parte del siglo XXI:

"Desafortunadamente, no veo las condiciones subjetivas (sociales, culturales, psíquicas), para la recuperación de un proyecto y de una práctica internacionalista. El internacionalismo no es una elección ideológica, es el efecto de la solidaridad entre trabajadores. La derrota de la democracia social se ha producido, en primer lugar, por la pérdida de la solidaridad debido, por un lado, a la migración, y, por el otro, a la precariedad. Precariedad y migración siguen siendo los fenómenos determinantes de la composición del trabajo. El racismo no es solo un discurso ideológico, es el efecto del miedo frente a la inmigración, del resentimiento frente a la bajada de los salarios atribuida a la competencia de los trabajadores migrantes. La impotencia que los trabajadores experimentan se traduce en agresividad nacionalista y racista".

El lúcido pesimista italiano que ya atendió las cobardías y las promesas incumplidas de los gobiernos posneoliberales, no dice "clase" (porque no lo es) pero introduce al actor "trabajadores" y también dos componentes basales en la historia del capitalismo mundial, que en dosis variables existen en el ethos cultural de cualquier nación: el racismo xenófobo y el individualismo egotista.

Malas notis para el progresismo juvenil que se esperanza con estar viviendo "la década tarada", los ciclos históricos no pueden estimarse con la vida de cada cual como unidad de medida. Estamos ante el siglo de la crueldad por razones estructurales mucho más determinantes que las insatisfacciones democráticas, la falta de imaginación y coraje de las formulaciones políticas emancipatorias, los dispositivos de lawfare, la destrucción del sistema público educativo o el dominio de redes de los influencers o streamers que militan en la pasta base de la condición humana.

¡Es la transición demográfica, estúpidos!

Primero la foto de un proceso cuya hegemonía cultural se viene consolidando desde hace más de una década en América Latina y luego las proyecciones. El siguiente cuadro pertenece a la ONG Latinobarómetro, una corporación sin fines de lucro ni populismo, que anualmente realiza unas 20 mil entrevistas en 18 países de Latinoamérica. Uno supone que "gobierno no democrático" debiera ser leído como "dictadura sin votos" o "demodura con legitimidad de origen, pero sin freno legal alguno". Es decir, yo con el voto tengo autorización para transformar la Constitución Nacional y las instituciones en una mascarada o detonarlas hasta su completa extinción. Es decir Milei.

Impresionan en general los niveles de aceptación cuantificados como “muy de acuerdo / de acuerdo” de países como Paraguay (70,3%) y de la mayoría del aglomerado de democracias endebles y autocracias de Centroamérica. Argentina (34,9%) junto a Uruguay (37,4%), tienen los niveles más bajos de prescindencia democrática o “yafuetodismo” en sangre. En nuestro país la cifra no coincide con el promedio de las últimas encuestas de intención de voto (45%), un diferencial de 10 puntos que tal vez represente a los electores independientes que lo volverían a votar en 2027 pero le reclaman a Milei “insultar menos y respetar un poco más las leyes”. Es decir no ser Milei o algo así como nacer de nuevo.

Párrafo aparte y teléfono para Lula, Brasil es el país donde el acuerdo total sobre “si me dan la mía, no importa si es la reencarnación de Hitler” es más alto (25,5% de los encuestados) y más de la mitad del total sacrificaría la democracia y sus límites formales al abuso estatal por una mejor calidad de vida.

Lo de Venezuela es más complejo: ¿qué hubiese pasado si al 52,8% que apunta Latinobarómetro el gobierno sin actas comiciales y presos políticos de Maduro le hubiese llenado la heladera? ¿Eso hizo Chávez? ¿Las dictaduras de derecha no son tan antidemocráticas y las de izquierda sí? ¿Esa sería la meta y garantía de éxito del Protectorado Norteamericano que -con bravuconadas para despistar- dirige Delcy Rodríguez?

De todos modos, el promedio continental asusta e interpela las prioridades de agenda de los populismos que pugnan por sostenerse o volver mejores: más de la mitad de los latinoamericanos (53,2%) parecen decir algo así como “¿libertad de opinión y prensa, juicios por delitos de lesa humanidad, trabajo digno, ecología, integridad territorial, matrimonio igualitario y aborto legal? ¡Alca, alcarajo!” mientras les permitan salir a comprar, como cualquier latino de bien se merece. Y un dato más que suma preocupación para analistas políticos y armadores electorales: está el asunto de las identificaciones desapegadas de la realidad material de los opinantes, del sinsentido común dominante. Las derechas autocráticas no suelen proveer prosperidad a sus votantes pobres (una suerte de crotismo aspiracional), pero ganan elecciones a repetición. A Milei algo más de un tercio de argentinos lo votó no una, sino cuatro veces en dos años.

Y así como existen los bancos de bancos (por ejemplo Blackrock o Vanguard), hay causas de causas para una hegemonía conservadora o peor, que se extiende por el mundo como una mancha de aceite. Por supuesto que hay que fabricar candidatos, frentes, estados de opinión y blindar negocios cuestionables, pero la base para ese señorío está y se mide de otra forma.

Veamos ahora dos gráficos tomados del Departamento de Economía y Asuntos Sociales de la Organización de las Naciones Unidas, datos públicos que cientistas sociales independientes y analistas pagos por empresas de todo tipo suelen consultar.Arriba se puede observar la curva de crecimiento poblacional mundial y abajo la deriva de los grupos etarios que segmenta la ONU. Por un lado se observa un estancamiento del crecimiento poblacional que empieza a amesetarse y declinar hacia 2075, combinado con un proceso de envejecimiento inédito en la historia de la humanidad. Como puede interpretarse en la infografía de abajo los dos segmentos que más crecen son el de 25-64 años y el de +65 años, jóvenes y adultos en edad de trabajar y ancianos, mientras declinan claramente niños y adolescentes.

Para ratificarlo incluimos el cuadro que muestra las tasas brutas de natalidad y mortalidad a escala planetaria.

El desplome de los nacimientos es brutal durante todo el siglo hasta tocar su punto más bajo en 2100. Semejante caída desmiente a las iglesias y a la ultraderecha políticamente representada: ese tobogán casi vertical no se explica por el éxito masivo de los anticonceptivos, el crecimiento del feminismo y las uniones homosexuales (mucho sexo gay, como posteara Milei en X). Como diría Silvia Lilian Ferro, “esta caída no se explica por la agenda woke, hasta la que va y grita en el culto protagoniza esta caída”. ¿Los dueños del siglo 21 serán entonces los adultos y los viejos? No es tan sencilla la respuesta. Veamos la siguiente info que muestra la expectativa de natalidad por sexo.

El siglo que lamentamos al primer cuarto nomás, va a ser el de los jóvenes y adultos desencantados con la democracia formal y la política en general, que tal como vimos no tendrían problemas en ser gobernados por Trump, Netanyahu, Meloni, Milei o Delcy Rodríguez, por un pastor evangélico o un cura protestante, mientras le resuelvan el consumo cotidiano; pero también el de las viejas.

¿Es el de la revolución de las viejas como se entusiasma Gloria Steinem? La longevidad es, a la vez, un nuevo factor de poder y vulnerabilidad; la Europa en donde ya predomina el “voto gris” (en Francia y Alemania los jubilados representan el 35% del electorado) era hasta el momento la más democrática y equitativa, productora de una progresía envejecida y reactiva a los extremos ideológicos. Sin embargo casi toda Europa va a las urnas en 2026 y en Portugal se impondrá el ultraderechista André Ventura, sepultando al socialismo; en Hungría se perfila ganador el conservador liberal (tan xenófobo como Viktor Orbán) Péter Magyar; también Alemania, Francia, España e Italia irán a las urnas y los partidos de ultraderecha esperan consolidar sus liderazgos: Alternativa para Alemania, Agrupación Nacional en Francia, el Partido Popular aliado con Vox y Forza Italia, el gobierno más derechista de Italia desde la posguerra, que la tiene sencilla a priori con una centro izquierda balcanizada y sin proyecto de poder.

Interpretaciones hay de todo tipo. The Economist suele sostener que “Europa envejece sin plan, pero con cierto bienestar y memoria” y que “las sociedades envejecidas priorizan la estabilidad sobre la aventura”.

Las derechas se dividen entre quienes -como Elon Musk- creen que África es el peligro mundial porque su natalidad no decrece y su hambruna tampoco (tiene razón, son datos) por lo que habría que alambrar los continentes expulsores de razas inferiores con aspiraciones y los que intentan equilibrar sus pirámides poblacionales con inmigración dosificada y con derechos diferenciales por su condición de “no originarios”.

El primer ministro de Finlandia, Petteri Orpo, declaró que “gobernar un país envejecido es como conducir un auto con el freno de mano puesto”. ¿Y un país sobregirado de adultos jóvenes que desconocen o desprecian las bondades de la seguridad social y los derechos laborales estatalmente garantidos? ¿Y América Latina, que envejece pobre y a gran velocidad mientras destruye la contención social de jóvenes y viejos y se proyecta como enclave neocolonial de los EEUU? ¿Sería como conducir un auto sin registro y en continua marcha atrás? Cabrá siempre recordar que la reversa, también es un cambio.

Latinoamérica es la promesa del “hombre viejo”

El populismo es un tipo de gobierno en el que el aparato político y cultural estatal no sólo genera ficciones de identificación y proyección populares, sino que atiende demandas sociales para equilibrar las asimetrías económicas y sociales. Trata de articular diferencias, no totaliza autocráticamente ni necesita del aparato represivo del estado como ordenador de primera instancia. No existe el populismo de derechas por lo tanto, pero sí miles de millones de votantes de formulaciones violentas, explícitamente racistas, homófobas, anticomunistas y que al acorralar a las disidencias como “gente del mal”, pretenden una totalización cultural que elimine o reduzca las rebeldías antisistémicas a patrullas igualitarias pero perdidas e inconexas.

Tal vez el envejecimiento sea un motor de bajas revoluciones pero de cambio, si se lo acompaña con políticas de cuidado y no de descarte, pero eso es una desiderata hasta el momento. Al igual definiciones socio políticas como: “las sociedades envejecidas cuidan los legados, tienen menos pulsiones de cambio pero más memorias”. Descartando la micro encuestas de Tik Tok o Instagram, puede afirmarse que por ahora no estarían expresándolo al momento de votar.

Veamos los mismos gráficos poblacionales de la ONU para Latinoamérica y Argentina.


La caída en la curva de población se da 25 años antes que en el resto del mundo, tanto en Latinoamérica como en nuestro país: ya este año se verifica un decrecimiento que será profundo hacia 2100. El hecho político, económico y cultural (además de biológico) del envejecimiento se da a una velocidad que no se produjo en ningún otro país o continente.


Si analizamos el derrotero desglosado por grupos etarios podemos apreciar cómo crecen los dos grupos mencionados en las infografías sobre la población mundial, pero las caídas del grupo 25-64 años es abrupta desde este mismo año y el crecimiento de la población +65 mucho más significativo. En menos de 10 años es muy probable que más de la mitad de la población tenga 50 años o más, en un continente donde el cuidado de la ancianidad no es nota cultural ni realidad material y en un país en el que se acabaron las moratorias y se necesitan cuatro jubilaciones mínimas para cubrir la canasta de los adultos mayores.

A diferencia de la década del 70, durante la cual la periferia emergente desafió política y militarmente al capitalismo colonial, el sujeto histórico dominante no sería un joven “hombre nuevo” sino un combo impredecible entre “una mujer vieja” y un colectivo de adultos mayores laboralmente precarizados e ideológicamente proclives a discursos anti estatales y para los cuales la libertad se ejerce arrasando, incluso físicamente, cualquier “diferencia amenazante”.

Citad al intelectual que quieran, pero Fito Páez lo vio hace más de dos décadas, en un disco (que también es cultura) que se iniciaba con una canción que decía: “nuevo es ser viejo, nuevo es morir”. Una distopía que no promete prosperidad ni justicia social y augura 75 años impredecibles que -a despecho de nuestras más altas ideas y valores- fatalmente transcurrirán.

Dejar respuesta

Por favor, ¡ingresa tu comentario!
Por favor, ingresa tu nombre aquí