En su crisis interior, Estados Unidos se contrae y fortifica en Sudamérica y su hemisferio. El proyecto moderno de humanidad, asfixiado en la pandemia y en Gaza, ante la fumarola de petróleo. Vaca Muerta está muerta. La impotencia terminal de la Patria Grande Brasileña. Para defender la soberanía: ¿más China o más demócratas socialistas?
El ataque de Estados Unidos a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro deja a la vista el quiebre interior de lo que fue el principal imperio mundial, su contracción a niveles mínimos, casi de fortificación defensiva hemisférica, y suma un nuevo capítulo a la muerte del más hermoso sueño moderno, el de la humanidad global, que ya había sido asfixiado por el Covid 19.
A nivel interno, la movida no cuenta legalidad alguna y despertó airadas reacciones de las que son hoy las principales figuras de una oposición demócrata en ascenso y renovación, que no tiene temor en rotularse a sí misma de “socialista”. Bernie Sanders, Alexandra Ocasio-Cortez y la nueva estrella, Zohran Mamdani, expresaron su rechazo. La derrotada y más mainstream Kamala Harris y los principales medios también. Las elecciones de medio término están a la vuelta de la esquina de este 2026 y los republicanos no tienen mucho para mostrar y retener la mayoría en el Congreso.
Donald Trump está hasta las manos con una acusación monstruosa, en el marco de un caso de película que incluye orgías pedófilas en oligárquicas islas privadas, un sumidero de asquerosas obscenidades difundidas a diario. En términos más profundos, su promesa de “poner primero a Estados Unidos” se convirtió en una crisis interna de persecución terrorista de migrantes e incapacidad para competir industrial y comercialmente con China. La decadencia económica yanqui se profundiza.
En el otro plano, el ataque estuvo completamente fuera de norma internacional, pero qué se puede decir de esa cosa llamada ONU después del genocidio en Gaza y del fracaso general y total en la coordinación planetaria de la pandemia. La humanidad y sus instituciones globales tuvieron delante de sí el desafío perfecto para demostrar de qué iba el éxito de la Modernidad y su proyecto épico. El resultado fue un chiste triste. Fueron nacionalismos rapiñandose respiradores a punta de pistola, vacunas distribuidas estrictamente al mejor postor, continentes enteros abandonados a su suerte y el ascenso de un oscurantismo abombado por las redes digitales, que produjo olas de contagios y muertes al grito de “libertad” y “abran las escuelas”.
La última foto de Trump antes de secuestrar a Maduro y bombardear Caracas fue con Benjamin Netanyahu, el genocida israelí con pedido de captura por La Haya que voló por medio mundo, haciendo escalas sin ningún tipo de problema por Europa, cuna y museo de lo que fue, síntoma de la impotencia frente a lo que viene.
De Asia a Sudamérica
Lo que históricamente se lograba a fuerza del poder económico empresarial, la injerencia diplomática y la penetración cultural se convirtió en bombazo y operación militar. En la mirada larga, Estados Unidos estiró su intervención armada hasta el sudeste asiático, luego se achicó al extremo oriente, luego a Medio Oriente y África, ahora, a Sudamérica.
Las andanzas del imperio nunca cumplieron su pack de promesas. Al contrario, los derrocamientos, las ocupaciones, las intervenciones, siempre fueron seguidas por largos períodos de tortuosa y conflictiva inestabilidad, con poderes políticos internos de fantasía y poderes reales cómodos con la violencia y la arbitrariedad continua. Afganistán e Irak, por señalar las avanzadas más recientes, dan cuenta de los resultados.
Donald Trump le imprimió un matiz a este caso, novedoso, que habrá que observar de cerca: no invadió y se hizo cargo de una larga guerra y su frágil gestión de gobierno, no impuso una autoridad hueca y títere y tampoco empujó al poder a la fuerza opositora, sino que garantizó la continuidad de la burocracia activa del régimen vigente.
No tiene mayor relevancia cuán negociada o no es esta transición con el antiguo elenco gubernamental de Maduro, más allá del atractivo de un intríngulis novelesco de traiciones, sumisión o mascarada para la resistencia. Sí sirve observar cómo Estados Unidos calculó la impotencia de la oposición de María Corina Machado –que no pudo fracturar al ejército durante el fraude de las elecciones presidenciales de 2024– y cómo reaccionan los venezolanos de a pie ante un ataque cuyo resultado es la continuidad mocha del régimen vigente. Dicho con más claridad: para la diáspora venezolana no hay cambio real de gobierno, mientras que los habitantes de Venezuela ven cómo el madurismo mantiene su capacidad operativa civil y armada mientras el mando queda en manos de Estados Unidos.
Si Venezuela estaba perdida para quienes huyeron de Maduro, también está perdida para quienes se quedaron. Ahora, todos los venezolanos perdieron Venezuela. Venezuela es una colonia de Estados Unidos. Y al petróleo se lo quedó Donald Trump.
Dicho sea de paso, Venezuela es la principal reserva de petróleo del mundo. Que el principal consumidor de petróleo del mundo se apropie de esa reserva tiene efectos globales inmediatos. El primero y más importante tiene que ver con otro fracaso del proyecto de humanidad: olvídense de la transición energética y prepárense para lo que será el inevitable colapso ambiental. Mientras pueda y quiera, Estados Unidos va a hacer que el mundo fume sus gases. El segundo efecto, pueril en comparación, está en el precio del petróleo.
Mucho más avispado que los opas locales que festejan la intervención, los oligarcas rusos del petróleo están muy preocupados porque la política energética de Estados Unidos fue siempre la de abaratar el costo del petróleo y ahora, más que nunca, tiene con qué. A escala local, una malísima noticia para Vaca Muerta, las cuentas externas y, en consecuencia, el valor de dólar y los precios internos.
Imperialismo a full
La agitación es tal que el embajador de Dinamarca en Estados Unidos tuvo que salir por Twitter a reafirmar su dominio sobre Groenlandia después de que la esposa del subjefe de Gabinete yanqui publicara una imagen de la isla de hielo pintada con la bandera norteamericana. Groenlandia es una inmensa reserva de minerales, petróleo y gas.
Hemos repetido demasiadas veces aquí que es necesario renovar del análisis político con las palabras de los viejos lenguajes, como imperialismo y colonialismo. Sin esos términos es incomprensible la reciente acción yanqui en Sudamérica. Y, al mismo tiempo, con esos términos se pueden avizorar cuáles pueden ser los futuros puntos críticos.
No es del todo correcto decir que esta acción de Estados Unidos asienta un precedente para que el intervencionismo imperial de Rusia y China encuentre una justificación para desatarse. En primer lugar, Rusia no la necesitó: ya lo hizo, antes, sobre Ucrania. En segundo lugar, China actúa de otros modos y con otros tiempos. Sus recursos están garantizados para sostener la carrera que ya ganó, la del futuro tecnológico. Su reclamo por Taiwan es tan firme como antiguo. Y, en tercer lugar, Estados Unidos hizo esto muchas veces antes en otros puntos del planeta, lo que nos asusta es que por primera vez haya sucedido en Sudamérica, en la era inaugurada después de la caída de la Unión Soviética.
Esta última oración encierra los puntos prospectivos. Mientras estén los republicanos en el poder –es decir, a futuro, Marco Rubio, JD Vance o algún oligarca tecnológico–, este modo de ocupación, u otros, pueden llegar a repetirse en los puntos de interés de Estados Unidos, sobre todo en Sudamérica.
Todo gobierno no sometido en el hemisferio fortificado va a ser acosado por los republicanos. Como hizo en Argentina en 2025, Estados Unidos va a intervenir directamente en la soberanía y las elecciones de Colombia y Brasil de este año. Junto a México, son los tres principales adversarios continentales remanentes. El tetón maligno de Elon Musk amenazó abiertamente a Gustavo Petro. Trump salió a decir que “se van a ocupar” de México y luego, en una entrevista, dijo que iban a repetir lo hecho en Venezuela. “Nobody can stop us”, sentenció.
La principal parada es Brasil. Es por derecho propio una potencia global y es el ariete de China en el continente. Hay que decirlo, Brasil no pudo organizar mecanismos políticos o militares para poder dominar su propio continente. No le dio. La sucesión de golpes de estado regionales en el siglo XXI –Venezuela, Ecuador, Paraguay, Bolivia, el propio Brasil– no fue advertencia suficiente. La caída de Venezuela es también una muestra de debilidad de Brasil.
Y ahí está el principal punto de observación a futuro. Qué va a hacer Lula, que es decir qué va a hacer China con nuestro continente. ¿Qué será del proyecto troncal que une el puerto chino de Chancay, en Perú, con el puerto de Santos, en Brasil, sobre el Atlántico? ¿Qué será del 5G chino? ¿Para tratar de darle cierto espacio a la soberanía o los intereses nacionales, hoy o mañana, habrá que reforzar la alianza con China o con los “socialistas demócratas” de Estados Unidos?








