Por Susana Ibáñez
La novela Tan lejos como se pueda, editada por la flamante editorial Malacara a fines del año pasado, utiliza la fragmentación para reconstruir la idiosincrasia de un pueblo costero. El punto de partida es casi minimalista: una mujer de mediana edad ve alterada su rutina por una nota inesperada. Lo que empieza como un intercambio de cartas entre dos mujeres termina desplegando todo un catálogo de tragedias de un pueblo donde la fe convive con el absurdo.
Me gusta pensar las obras como parte de una construcción mayor que las antecede y las trasciende: Tan lejos como se pueda homenajea a Manuel Puig en su forma (el collage y lo epistolar), sigue a Rodolfo Walsh en su obsesión por el registro del incidente y la noticia policial y habita el litoral de Selva Almada al situar el conflicto en la periferia santafesina.
Al recuperar la técnica del collage narrativo inaugurada por Puig en Boquitas pintadas, construye un dispositivo epistolar que resulta el motor de una trama que acumula incidentes, accidentes y muertes registrados mediante recortes, partes policiales y noticias locales. El chisme y el documento aquí también dejan de ser accesorios para convertirse en la sustancia que explica la violencia y el deseo en el pueblo. El trabajo de la novela con el lenguaje para artistizar diferentes registros y formas de comunicación es sin duda notable.
Decía que la novela se emparenta con la obra de Almada (Ladrilleros, El viento que arrasa y especialmente con Esto no es un río) porque da protagonismo a voces rurales o de pueblo sin caer en el pintoresquismo. El habla de las dos mujeres, de los intercambios radiales y de los reportes policiales construye un realismo sucio y poético a la vez. El escenario de la costa santafesina le da al libro un tono particular que resuena con la tradición contemporánea del litoral y su atmósfera de calor, humedad y fatalidad.
Aunque se plantea como ficción, el uso de materiales de archivo —partes policiales, noticias— le confiere un aire de investigación testimonial que la acerca a la tradición de Walsh. En el recorrido de la lectura nos convertimos en detectives de una historia que responde a una pulsión de verdad. Al igual que en Operación Masacre, debemos unir los fragmentos de los accidentes y las muertes para entender el mapa de lo ocurrido en el pueblo. El registro seco de los accidentes contrasta con la intimidad subjetiva de las cartas entre las mujeres, lo que crea una tensión entre el dato frío de los partes policiales (el costado Walsh) y la emoción privada (el costado Puig). Podría llegar a decirse que el tipo de pistas —pensemos en el caligrama final— propone una novela de enigma costera además de posmoderna, algo sin duda novedoso y bienvenido.
Mercedes ha publicado la novela El tiempo que lleve olvidar (Alto Pogo, 2019) y el libro de relatos (también presentado como “libreta de apuntes”) Las espinas en los platos (Vera Cartonera, 2024). Federico colabora en Pausa con su columna Variopinta y entre sus libros se cuentan Papeles en el suelo (María Muratore, 2011), El dragón eras vos (Arroyo, 2022) y Nada está del todo mal (Vera Cartonera, 2023). Dirige la colección Extrañamiento de Vera Cartonera (UNL-Conicet).




