El príncipe del Renault 12

ANUARIO 2025 | Colapinto pasó su segundo año en la Fórmula 1 a los tumbos y ya aseguró su plaza para el 2026. Su historia en la categoría tendrá un nuevo capítulo, mientras las nuevas generaciones entran de su mano al mundo del automovilismo.

En un conocido cotillón de la peatonal, una madre espera ansiosa mientras la que atiende hurga en un cajón buscándole unos globos rosados. “Antes era el color que siempre sobraba” explica, “pero entre Messi y Colapinto estamos vendiendo a lo loco”.

Quizás otros países juzgarán a sus pilotos con números, estadísticas, análisis de desempeño. Aquí lo hacemos, claro. Somos nuestros mejores amigos, y nuestros más fervientes críticos. Si algo hacemos en esta tierra fértil es vivir en las ambivalencias: cuando algo es nuestro nos compenetramos, nos obsesionamos, nos enamoramos, nos arrancamos los pelos defendiendolo o defenestrándolo, nos aburrimos, nos olvidamos, volvemos cuando la nostalgia nos consume.  Lo imprimimos en mates, en tortas de cumpleaños, en todas las conversaciones.

Colapinto pasó su segundo año en la Fórmula 1 como quien pasa el segundo año en la facultad: a los tumbos, con lo poco que aprendió en el primero, y con la certeza de que ese es el parte aguas. Y nuestro bólido de los neumáticos eligió el camino de la grandeza: domingo a domingo mordió la chicana que lo terminó consolidando como el segundo piloto de la peor escudería de toda la grilla. No chocó más que una vez, no abandonó nunca por culpa de su muñeca, no protagonizó papelones, no volvió a mezclar su vida privada con la profesional. Sonrió, se sacó fotos, corrió todo lo que pudo y devolvió el auto entero.

Y así pasó a tercer año. Así, logró una butaca para el 2026.

En otros países que la viven menos esta temporada del príncipe del curvón habría pasado desapercibida. Pero en Argentina amamos tanto las historias de los que se hacen de abajo, con todo en contra, que no pudimos más que confirmar lo fierreros y pesados que podemos llegar a ser.

Así es como nos encontramos un domingo al mediodía en pleno asado familiar festejando, cual gol de Di María a los franceses, que Franco desoyera las órdenes del capo Briatore y pasara a su compañero de equipo Gasly para subir un puesto en la grilla. Del 17 al 16, sin nada en juego más que el honor.

El nene, como cariñosamente le dicen en las transmisiones televisadas, ha logrado lo que todo deportista quiere: abrir la puerta para generaciones enteras que por primera vez en la vida entran al mundo de su disciplina. Transformarse en tema de conversación, en meme, en sinónimo de algo.

Y todo eso sonriendo, tomando mates, manejando un auto a 300 kilómetros por hora y cobrando en dólares.

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