Entre médanos, alamedas y calles de arena que desembocan en el mar, Villa Gesell conserva el trazado soñado por Carlos Gesell: un diseño adaptado a la geografía, donde bosque y playa conviven con el pulso del verano. Entre el refugio del Pinar del Norte y el bullicio del Atlántico, la ciudad combina naturaleza, historia y vida estival en uno de los destinos más elegidos de la costa bonaerense.
Por Juan Pablo Gauna
Alamedas y calles numeradas se despliegan siguiendo la geografía del lugar, tal como lo soñó Carlos Gesell, el fundador. El suelo y el trazado vial es de arena y desemboca muchas veces en el mar. El Pinar del Norte es una insignia del lugar, que ofrece calma y refugio. Descendemos entre los médanos rumbo a uno de los balnearios más concurridos de la costa Atlántica: Villa Gesell. El mar es bullicioso y con una espuma sutil.
Manuel, residente por temporadas en el lugar comenta: “De especial tiene esa cosa medio alemana, que venía del mismo Gesell, y que todavía pervive. Acá hay mucho verde y un diseño adaptado a la topografía del lugar, a diferencia de Mar de Ajó, donde es todo mucho más cuadriculado”.
Al ingresar al Atlántico Sur el agua es fría, pero en verano uno se aclimata rápidamente; para lograrlo alcanza con tomar un poco de sol, caminar por las playas o realizar un deporte, así se disfruta de la temperatura marina. Atravesamos a nado las primeras tres líneas de olas y llegamos a la zona calma. Las edificaciones se divisan lejanas y, ayudados por la sal, las observamos flotando a la distancia.
Villa Gesell, llamada coloquialmente “Gesell”, es la cabecera del partido homónimo, y se ubica en el este de la provincia de Buenos Aires, 97 kilómetros al norte de Mar del Plata. De acuerdo con proyecciones del INDEC, la ciudad cuenta en 2026 con 40.000 habitantes, cifra que se incrementa en temporada estival, ya que este es uno de los destinos turísticos más visitados de Argentina —en 2025 se ubicó en el cuarto puesto.
“Dentro de las cosas que más me gustan están las playas, que son bastante amplias, el bosque es muy lindo, la oferta gastronómica está muy bien; y lo que menos me gusta es que a veces hay bastante quilombo a la noche”, Manuel se refiere a los ruidos molestos y grescas, y recuerda el caso del asesinato de Fernando Báez Sosa en inmediaciones del boliche Le Brique.

Llega el atardecer y es momento propicio para una caminata. Es la hora de los deportes de playa: vóley, fútbol, tejos y tenis. En el mar, en los días con oleaje, puede aparecer algún surfer y jóvenes barrenando. Transitamos los distintos balnearios observando la variedad de actividades recreativas: construcción de castillos de arena, partidos de truco, bailes improvisados y ronda de mates. Arribamos al muelle de Gesell y nos subimos para contemplar el paisaje. Con la puesta de sol el mismo sirve de postal del lugar, y por las noches es el punto de encuentro de los pescadores.
Villa Gesell recibe cientos de miles de turistas en cada mes del verano. La ciudad se transforma en la temporada estival ofreciendo servicios en los rubros hotelería, gastronomía, entretenimiento, estacionamiento, juego, entre otros. Las galerías ocupan todos sus locales, las ferias artesanales se multiplican, al igual que los vendedores ambulantes y los artistas callejeros. El paseante busca sorprenderse en cada vidriera de la peatonal, busca ofertas y souvenirs, y se relaja disfrutando la frescura de la noche. Para los más jóvenes los boliches están a la orden del día con Pueblo límite como lugar destacado. Allí florecen los amores de verano y algunos excesos.
Según un relevamiento de la UADE, Villa Gesell es el destino turístico más barato de Argentina para esta temporada, donde una familia tipo necesitó $ 2.188.670 para costear traslado y alojamiento durante la segunda quincena de enero. Además, de acuerdo con la Agencia Noticias Argentinas, la ventaja de Gesell no se limita solo al alquiler y al viaje. Los costos diarios también se encuentran por debajo de la media, ya que el alquiler diario de una carpa ronda los $ 43.461, cuando el promedio de la costa atlántica que se ubica en $ 55.448; y comer en un restaurante para una familia de cuatro personas cuesta alrededor de $ 70.000, siendo el valor más bajo de todos los destinos relevados.
Buscando calma y buena sombra, nos dirigimos a la Reserva Pinar del Norte, que tiene por objeto preservar el patrimonio histórico del primer centro cívico de Villa Gesell, junto con las especies vegetales, que contribuyen a la transformación de un paisaje de dunas marítimas en el bosque actual. Recorremos el área donde se encuentra la mayor diversidad de especies vegetales de la ciudad, con una variedad de cerca de 100 especies enclavadas en 143.725 m2. Apreciamos la fauna, compuesta principalmente por aves y curioseamos en el Museo de los Pioneros, que funciona en el pequeño edificio que ocupó la primera Estafeta postal de Villa Gesell, y reúne muestras fotográficas y objetos pertenecientes a la historia de los primeros pobladores de la villa entre 1940 y 1960.

Las playas de Villa Gesell se extienden a lo largo de más de 10 kilómetros de costa. Las recorremos a pie con sucesivas caminatas a lo largo de los días. Apreciamos la variedad de paradores y nos hacemos tiempo para entrar y salir al mar. En la zona céntrica los balnearios tienen todos los servicios, en tanto que hacia el Sur —camino a Mar Azul y Mar de las Pampas— el paisaje se vuelve más agreste y relajado, ideal para quienes quieren desconectarse de la vida social.
En sentido norte de la ciudad y alejándose de ella, se encuentra una zona de médanos y bosques que separan a Gesell de Pinamar. Las ondulaciones de arena se prestan para el relax, para el flirt de las parejas, para apreciar vistas costeras, para el uso de cuatriciclos y para la práctica de sandboard y trekking. Sitio de descanso y para realizar alguna siesta a la sombra, las dunas aportan el toque pintoresco a esta región de la costa bonaerense.
Para quienes buscan adrenalina, el paseo en banana es una de las actividades infaltables en la Costa Atlántica. En esta actividad recreativa las personas se suben a un bote inflable en forma de banana, que es arrastrado por una lancha a máxima velocidad. El recorrido va hasta aguas de mediana profundidad, y el chaleco salvavidas es clave, ya que el público termina cayendo al agua. Esta atracción es un clásico de la diversión en el mar, y se disfruta más realizada grupalmente. Luego de ese chapuzón, elegimos volver a nado hacia la orilla y apreciamos la postal costera que conjuga olas, arena, vegetación y una playa multicolor llena de veraneantes.




