reforma laboral
Trabajadora esencial viaja en colectivo durante la cuarentena total en Santa Fe. Foto: Mauricio Centurión.

Bajo el nombre de “modernización”, la reforma laboral redefine las condiciones materiales de existencia y desplaza el conflicto social hacia la esfera individual. Cuando la precarización se vuelve ley, el malestar deja de ser colectivo para transformarse en un fracaso personal.

Por Juliana Revelles*

Hoy la degradación vincular, política, afectiva, anímica y simbólica tiene este nombre coyuntural: reforma laboral. Un proyecto que si bien se nombra modernizante y "smart" en términos empresariales y financieros, tiene por momentos aires más bien arcaicos parecidos al tan siniestro "algo habrán hecho" con una mezcla de psicología positiva new age: "el que quiere puede". Pero insistimos: no deja de ser parte de una batería de maniobras de este gobierno de carismáticos economistas que nos proponen una hazaña: sufrir para estar mejor.

Paréntesis. El más difícil desafío de este escrito: no caer lentamente en la nostalgia de todo tiempo pasado fue mejor y de lo trágico del tiempo que nos toca vivir, no recurrir melancólicamente a reivindicar consignas que, aunque nos duela, pareciera que no representaban a gran parte del pueblo trabajador. Tarea difícil no caer en la nostalgia o en la indignación que suena a "no podemos estar discutiendo esto". Tarea difícil y sumamente necesaria. ¿Tarea de duelo?

Volvamos al proyecto de reforma. El mismo, categorizado de esclavista por muchos, entre otros puntos facilita el despido de trabajadores por parte del empleador/empresario e institucionaliza que sus cuerpos estén a disposición de las necesidades de la empresa/institución: lo que se presenta como flexibilidad se traduce a incertidumbre e imposibilidad de previsibilidad de la vida.

Ya no trabajarías 6 u 8 horas, sino “las necesarias”. Decimos se institucionaliza, porque probablemente algunxs estemos pensando “Ah! pero esto ya me pasaba”, y he aquí el punto nodal de la discusión: que ahora sea legal que tu jefe te desconozca como un sujeto de derechos habla de lo que una sociedad pareciera que está dispuesta a soportar. ¡Qué ganas de volver al refugio de la nostalgia! ¿No?

Imaginemos una huelga

Sigamos. Imaginemos que nos despabilamos: un día nos reconocemos siervos, vos, yo, nuestro vecino monotributista, nuestra tía médica, tu abuela jubilada. Un día nos preguntamos, juntxs, cómo estamos inmersos en legalidades que impresionan previas al siglo XX, y nos proponemos el abandono de la apatía.

Aun si ese día llegara -que dicho sea de paso hoy parecería ser ciencia ficción- está todo pensado: el proyecto facilita la potestad del empleador (especialmente en la administración pública) de descontar la remuneración proporcional al tiempo no trabajado por huelga. Ni hablar si sos “servicio esencial” (el proyecto amplía estratégicamente la lista de esenciales): si sos médicx, psicólogx, enfermerx, docente, policía, entre muchos otros sectores, tenés que garantizar guardias mínimas por lo que no podrás adherir a la protesta, o podrían despedirte con justificación. Todo pensado ¿eh? y tanto que nos reíamos del circo, el show y las camperas de cuero.

¿Te enfermaste? Algo habrás hecho

Sigamos. Otro punto clave del proyecto y que se incluye, muy democráticamente, el mismo día del debate en senadores: si te enfermas “percibirás un descuento en tu salario” dependiendo de cuán culpable seas de tu enfermedad. Es decir, por ejemplo, si te resfriaste mientras paseabas con amigxs o te quebraste un brazo haciendo deporte, el descuento es aún mayor, afectando el 50% de tu salario. ¡A dónde se ha visto que un obrerx puede hacer otra cosa que no sea la explotación de su fuerza de trabajo!

Nos sorprende enormemente que aún haya dudas, sospechas, de la relación intrínseca y necesaria entre las condiciones materiales de existencia y la salud. Habiéndolo dicho Freud muy tempranamente en su obra, “toda psicología es psicología social”, habiéndonos advertido sobre el aspecto cultural del malestar, nos la ingeniamos para construir dispositivos/discursos/cápsulas farmacológicas que desmienten el carácter estructural del padecimiento.

La "privatización del malestar" (Mark Fisher) es, quizás, el triunfo más acabado de este modelo, donde la angustia por la precarización ya no se colectiviza en una huelga o un sindicato, sino que se procesa en soledad como un fracaso personal o un déficit de "mentalidad de tiburón". reforma laboral

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"Sin pan y sin trabajo", pintura de Ernesto de la Cárcova.

Depresivxs, ansiosxs y cansadxs

Nos encontramos cada vez con más recurrencia y encrudecimiento - en los consultorios, las guardias de salud mental, en la calle, en las universidades y escuelas, en los barrios - con personas con padecimientos subjetivos que adquieren el nombre de “ansiedad”, “depresión” o lo que conocemos como patologías del acto, entre ellas, los intentos de suicidio. Si bien la epidemiología en salud mental en Santa Ee, y en Argentina, es escasa y poco sistematizada, la escucha en diversos ámbitos clínicos nos permite arriesgar que hay un aumento relevante en los padecimientos antes mencionados y particularmente en la tasa de suicidios o intentos de suicidio.

La epidemiología es una herramienta que permite la planificación de política pública sanitaria, que permite ordenar presupuestos y estrategias en función de quienes sufren y cómo. No creemos que sea casual esta ausencia. A riesgo de que nos piensen como conspiranoicos, creemos que “la no estadística” podría tener que ver con la desestimación estatal de la problemática, reflejada en presupuestos precarios y ajustes sistemáticos y con la individualización del sufrimiento: si pensamos que el suicidio es “problema de cada quien”, o una falta de “resiliencia” de algunas personas, ¿Cuál sería el propósito de construir datos epidemiológicos? ¡Ponele voluntad, que al país se lo saca adelante tra ba jan do! reforma laboral

Vos, también

Nuestra propuesta de lectura: aunque seas monotributista, empleado de la administración pública, aunque seas hijo del dueño de la empresa, aunque creas que sos tu propio jefe, estés en el ámbito laboral/social/cultural en el que estés - salvo que seas una de lxs dos o tres personajes beneficiarios de lo siniestro de este plan - vivir en tierras en donde cada quien grita ¡Sálvese quien pueda! y dónde quién tiene la tarea ética y política de cuidarte, en cambio te violenta y vulnera, te vas a ver afectadx.

Aunque no te autopercibas vulnerable, aunque estés muy entretenido en la pantallita, aunque adhieras a pensar que el pobre es pobre porque quiere, aun así: también estás afectado. La vulnerabilidad no es la cualidad de un sujeto, es un modo de nombrar cómo, en algunas tramas sociales, algunos cuerpos importan y otros no. Mañana puede ser el tuyo. Quizás hoy es el tuyo el cuerpo que no importa y el aturdimiento es tal que probablemente no te lo hayas preguntado siquiera.

Políticas como la reforma laboral, con su discurso tan moderno, alegre, novedoso, que invita a la "autoexplotación" y a la productividad infinita, produce vulnerabilidad psíquica: aquello que llamamos estrés y para lo que tenemos tratamientos individualizantes, se trata de un malestar con fuerte componente político y producido estratégicamente. ¡Y Dios quiera no te enfermes! Porque te lo van a descontar.

Probablemente no hayamos cumplido con uno de nuestros objetivos iniciales: probablemente esta escritura haya caído en lugares nostálgicos. Pero retomando la idea de “duelo” que deslizamos al comienzo, nos preguntamos qué será necesario duelar para no profundizar el padecimiento y no agudizar la apatía. ¿Será la idea de trabajador que sostenemos? ¿Será la idea de política? ¿Será la noción de clase social? ¿Será la concepción que tenemos de “tratamientos”? ¿Serán nuestras teorías y conceptos?

¿Qué será necesario perder para no perder la libertad?

*Lic. en Psicología, especialista en Salud mental. Psicoanalista. Integrante de Metáfora - Psicoanálisis y Salud Mental.

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