El país caribeño atraviesa una crisis energética sin precedentes producto de la interrupción del suministro de petróleo venezolano y del asedio y la extorsión de Estados Unidos. Dialogamos con una estudiante universitaria sobre cómo sobrellevan la situación en la isla.

Por Carolina Brandolini.

El brutal bombardeo de Estados Unidos a Caracas implicó un parteaguas para toda América Latina, pero más para Cuba. Desde entonces, la isla no sólo perdió a 32 soldados que custodiaban al presidente Maduro. También quedó atrapada en una dramática situación de crisis energética que tiene un único responsable: el gobierno de Estados Unidos.

La interrupción del suministro de petróleo que llegaba desde Venezuela y, desde el 29 de enero, el asedio que impone Trump con una restricción energética y financiera absoluta, representan un acto criminal, basado en el apriete a los países que osen tenderle una mano a la isla. Una extorsión despiadada, que promete elevar aranceles comerciales como precio a pagar por solidarizarse con uno de los pueblos más solidarios del mundo.

Venezuela tiene enormes reservas de petróleo. De hecho, escuchamos al mismísimo presidente anaranjado decir, sin tapujos, que ese había sido el móvil de su nefasta intervención militar. Cuba en cambio, a excepción quizás de su posición geoestratégica (ubicada a escasos 150 km de La Florida), no tiene nada que pueda interesarle a Estados Unidos. Y sin embargo, el ensañamiento con la isla es feroz.

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¿Cómo no leer la actual profundización del bloqueo como la búsqueda de un triunfo político cargado de simbolismo? El modus operandi que Trump viene desplegando en su segundo mandato parece anhelar la caída del gobierno cubano para exhibirla como trofeo: un ícono destinado a la vitrina de esta nueva y oscura etapa. La lógica de la crueldad completa la escena, dejando a millones de personas sin electricidad, sin alimentos, sin transporte, sin medicamentos, sin remesas, sin lo más básico, todo con tal de satisfacer ese capricho.

Lo inadmisible para Estados Unidos acaso sea que, pese a las enormes dificultades impuestas por más de seis décadas de bloqueo, las cubanas y los cubanos hayan sabido elegir su propio destino, afirmar su autonomía y defender su dignidad. Eso es lo que no se les perdona. Hoy, ese símbolo —que supo ser faro en los años sesenta y setenta— resulta profundamente perturbador para la racionalidad imperial. Y se pretende convertirlo en botín de guerra, repetido en bucle en las pantallas como escarmiento ejemplificador para quienes se atrevan a desafiar el orden establecido.

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El testimonio de una estudiante universitaria

Amalia es cubana y estudiante avanzada de la carrera de Filosofía en la Universidad de La Habana. Fue representante y líder estudiantil por su facultad en la estructura superior de la universidad y participa también en distintos espacios comunitarios de base de su barrio como los “CDR” (Comités de Defensa de la Revolución). En el siguiente diálogo, habla acerca de las últimas medidas adoptadas por el gobierno para hacer frente a la actual coyuntura de asedio, comparte algunas percepciones sobre cómo vienen sobrellevando el cotidiano -en especial las mujeres- y da su opinión sobre qué podemos hacer quienes estamos lejos de la isla pero queremos solidarizarnos.

—¿Cómo están viviendo estos días, luego de que se profundizara la presión de Estados Unidos?

—Bueno, hace ya algunos meses que se vienen incrementado los apagones por el déficit energético que tenemos en el país. Pero desde hace unas semanas la situación empeoró, no solo con la intervención de Estados Unidos en Venezuela, sino también con una declaración que hizo Trump de “estado de excepción” a la isla de Cuba, con la que aumentaron las facultades para poner aranceles a cualquier país o a cualquier empresa que decidiera enviar petróleo a Cuba. Tras esta sanción, el gobierno decidió redistribuir la organización de la sociedad, con el fin de asegurar la cantidad de combustible necesario para los hogares y para tareas vitales como la cocina, la distribución de alimentos en la ciudad o la salud, sin dejar de prever una producción interna que pueda a corto y a largo plazo mejorar la situación. Entre las medidas de reorganización estuvo parar temporalmente las clases en la Universidad de la Habana. Algo parecido a la semipresencialidad que tuvimos durante la pandemia. Y redirigimos también nuestras labores de estudio y trabajo social comunitario a las zonas en las que vivimos, para no tener que coger transporte hacia zonas lejanas, ya que el transporte público disminuyó mucho por causa de la misma carencia. Una manera de que todo ese combustible que se estaba dedicando a eso pueda dedicarse a zonas más necesitadas.

—¿Y qué estás haciendo vos ahora que no vas a cursar?

—Yo en particular, me mantengo visitando amigos que vivimos cerca, buscando los mandados, como le decimos aquí a ir a buscar el pan o los otros alimentos, que a veces tienes que esperar un poco a que lleguen por problemas con la fabricación o con el traslado de insumos por el tema de combustible; y estudiando cosas que teníamos pendientes de la universidad.

Cuba
Foto: Ramón Espinosa/AP Photo.

—¿Pensás que toda esta situación actual afecta de algún modo particular a las mujeres?

—Bueno, yo creo que una de las afectaciones a la mujer cubana viene relacionada con la distribución de las tareas domésticas, que como parte del machismo que tenemos impregnado socialmente, es muy desigual. Y la crisis aumenta la dificultad para resolver cualquier tipo de gestión. A veces hay algún artículo de consumo que no es tan fácil de conseguir y dentro de la misma casa, una tiene que tratar de ver cómo hacerlo, reinventarse; tiene que tardar más en buscar el pan o cualquier otro consumo. O por los fallos de la electricidad tienes que ver con qué cocinas, buscar una alternativa, quizás carbón a veces se ha tenido que gestionar. O también si la luz demora mucho en llegar y las cosas se echan a perder… O sea, son un conjunto de dinámicas que asumen las mujeres. Algunas están ahora en la casa porque varios trabajos pararon (el Estado está remunerando todo el salario de esas personas que van a parar temporalmente de trabajar). Pero otras mujeres siguen trabajando, entonces tienen que regresar a la casa y a esa hora, tal vez tienen algún familiar que atender, o cocinar para toda la familia. O sea, esa situación de violencia doméstica repercute en un mayor desgaste de la mujer en este contexto. Aunque lo que pasa es algo que afecta a todo el mundo, la mujer tiene un lugar aún más desfavorable por esa desigual distribución.

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—¿Cuál es el ánimo social actual ante las medidas que debe impulsar el gobierno para sobrellevar la crisis energética?

—El estado de ánimo en la situación actual es un poco complejo, porque ya se han estado tomando una serie de medidas para redistribuir socialmente a la gente, pero no se sabe exactamente cuánto puede durar la situación. No se sabe el escenario internacional cómo se va a estar moviendo. También corren como muchas noticias falsas al mismo tiempo de las medidas que va tomando el gobierno. Entonces, crean un estado de incertidumbre, de no saber cómo ver una salida clara. Aunque hay una expectativa sobre la producción nacional de energía que se ha venido incentivando, con la instalación de paneles solares. También los universitarios van a ser convocados a ayudar en estas tareas. Y digo también que es complejo porque esta angustia viene acompañada con una experiencia que no es nueva. Los apagones, la soledad en un escenario internacional muy complejo. Son cosas que recuerdan a la población los periodos que se vivieron después del derrumbe del campo socialista, que era el principal socio comercial del país. Y esa ayuda se vio cortada y la producción nacional tuvo que reinventarse y los periodos de escasez también fueron muy duros. Además las ayudas que van llegando, ayudas humanitarias que se han organizado de diversos países, tampoco a veces pueden ser publicadas, ni los datos exactos de cuáles van a ser, o cómo se están logrando, porque son interceptadas, son bloqueadas antes de llegar. Entonces el no tener tampoco mucha información de cómo todo esto va ocurriendo, puede un poco aumentar la angustia. Pero bueno, está el conocimiento de que eso pasa, ¿no? Y un poco compensa.

—¿Cómo creés que podemos solidarizarnos quienes estamos afuera de Cuba?

—Yo creo que el primer deber para ayudar y solidarizarse con todo lo que nos está pasando en Cuba, debe ser informarse y ayudar a informar a varias personas de por qué pasa esto en Cuba y qué es lo que está pasando concretamente. Porque hay mucho bombardeo mediático, se habla de Cuba en determinadas circunstancias, cuando pasan determinadas cosas que convienen a determinadas personas. Entonces, el cuestionarse la información, yo creo que es un paso importante para entender lo que pasa y poder posicionarse políticamente con respecto a eso, y no dejar que se deje de hablar de esos problemas. Y creo que es lo mismo como con Palestina: no dejar que nos tergiversen el sufrimiento de los pueblos, porque al final todos somos parte de ello, ¿no? Entonces, que los que tienen el poder de los grandes medios, no logren tergiversarnos y no logren separarnos las luchas. Y todo aquel que entiende el sufrimiento humano y quiere ayudar a que eso se gestione de otra manera, yo creo que puede asumir la responsabilidad de poder entender, y ayudar a que otras personas entiendan estas dinámicas. Y bueno, creo que todas las organizaciones de solidaridad que hay por el mundo ayudan a esto, a comprometer a la gente, a no normalizar la violencia y el fascismo de hoy que hay, que pretende el exterminio de otros pueblos. Y han estado organizando, quizás, donaciones…Pero creo que, sobre todo, importa la presión que se ejerce con esa conciencia popular hacia los gobiernos de los países, para que no sean indiferentes. Que se torne a una conciencia internacional de los caminos que está tomando el mundo, para que pueda cambiar la situación en algún momento.

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