A 50 años del golpe de Estado, 25 mil personas llenaron la 25 con una consigna tan sencilla como elocuente: ¿dónde están?
Las baldosas de la Plaza 25 de mayo sintieron sobre sus espaldas muchas cosas. Palomas, perros, niños, cruces, zapatos, zapatillas, banderas; el total es el peso acumulado de la historia. Las baldosas de la plaza crujieron bajo el peso de cientos de marchas, del fragor de miles de marchas retumbando en el aire.
Ninguna como la de ayer.
Las baldosas de la Plaza del Soldado sintieron la caricia obstinada de los pies de la Queca, de Otilia, de Ramonita, de Elsa, de Norma, de la Negrita, de Hilda, de Hurí, de Olga, de la Chocha, de Aurora, de Camucha, de Noemí, de Belkis, de la Tuchi, danzando una danza sin tiempo alrededor del reloj.
Nunca tantos como ayer.
Las baldosas de la Plaza 25 de mayo sintieron una y mil veces el caminar de Hugo Kofman, de la Turca Céuninck, de Marcelo Villar, de Marita Zurbriggen, de Anatilde Bugna, de Froilán Aguirre, de Stella Vallejos, del Tío Raviolo, de Julia Gaitán, del Toni Riestra, de Patricia Traba, de Luis Larpin, entrando desde San Jerónimo, con la memoria hecha coraje de toda una ciudad detrás.
Nunca, ni en 2024, ni cuando le dijimos no al 2x1, jamás hubo en la plaza tanto santafesino como ayer.
A 50 años del golpe de Estado, 25 mil personas llenaron la 25 con una consigna tan sencilla como elocuente: ¿dónde están? Ahí estaba Santa Fe, entre el humo de las bengalas y el de las tortas fritas, entre banderas, carteles y rostros, entre el estruendo del redoblante y el silencio atroz de un cartel clavado en un cochecito vacío: “Por 500 nacimientos clandestinos, justicia”.
¿Qué silencio habrá reinado hace 50 años en esta misma plaza? ¿Qué vacío habrán sentido las baldosas en la plaza vacía? ¿Qué sentido tiene una plaza vacía?
Hoy, como hace 50 años, quieren vaciar de sentido el 24 de marzo, con un video de más de una hora que no vio nadie y el mismo cínico pedido por una “memoria completa”. La memoria son todos esos rostros sin respuesta en las banderas de todo el país: la única forma de completarla es que digan dónde están.
Mientras callan la verdad, el pueblo sigue rearmando la memoria de a pedacitos. Hace dos semanas, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó a 12 personas enterradas en las cercanías del ex centro clandestino La Perla, en Córdoba. El primero fue Mario Nívoli, un electricista de 28 años que estudiaba en la UNL y militaba en la Juventud Universitaria Peronista; se lo llevaron de su casa frente a su familia, el 14 de febrero de 1977. Su hija María Soledad tenía 4 meses; ahora, luego de que identificaran los restos de su padre, dijo que sintió “una paz que nunca había sentido”:“Una certeza apareció en mi cabeza: ya no soy más una hija de desaparecidos. Mi papá dejó de ser desaparecido. Ahora soy huérfana de padre. Mi papá está muerto. Quiero decirles a quienes secuestraron y mataron a mi papá que ya no pueden seguir cometiendo ese crimen. Lo siguieron cometiendo durante todos estos años al mantenerlo desaparecido”.
Así se completa la memoria.
Pero ya sabemos que para ellos la memoria completa es otra cosa: es silenciamiento. Una historia sin relato, una historia cruda, una historia sin historia. Una historia que borre de un plumazo la historia, una memoria que borre la memoria de toda una generación de militantes que buscó la verdad y luego, recién, la justicia, y que en ese gesto eligió pacificar el país. ¿A quién le debemos los 43 años de democracia ininterrumpidos después de más de 50 años de gobiernos militares sino a las madres? ¿A quién sino a ellas les debemos la paz?
Ya conocemos los hilos que unen a este gobierno con la última dictadura: están a la vista en lo económico, en lo social, en lo laboral, en el desdén por los derechos humanos. Pero aun hoy, que el negacionismo duerme en la Casa Rosada, se tienen que bancar un Día de la Memoria en el calendario, se tienen que bancar que se sigan identificando cuerpos, que se sigan restituyendo nietos, y ese logro es de las Madres, de las Abuelas y de toda una generación que selló a fuego en la vida institucional de un país la memoria, la verdad y la justicia.
Las cifras se detallaron en la plaza: 1231 genocidas condenados en 361 sentencias, 12 juicios en trámite, 282 causas en etapa de investigación preliminar, 300 procesados y más del 80% de los represores en prisión domiciliaria. En abril empieza en nuestra ciudad la Causa Laguna Paiva II, que juzgará, por primera vez en la región, la vulneración de derechos sufrida por niñas, niños y adolescentes que eran familiares de militantes políticos, como consecuencia del terrorismo de Estado. Así, granito a granito, se sigue completando la memoria.
Ese legado grandísimo nos dejan. Ese legado grandísimo nos toca defender y ampliar en los próximos 50 años, porque, como bien recordaron desde Nietes, la memoria es presente y futuro, y los derechos no son permanentes sino que se defienden cada día.
50 plazas después, ¿habremos estado a su altura? Las baldosas de la plaza son la página en blanco en la que, desde hoy, empezaremos a escribir la respuesta.










