Las reformas estructurales implementadas por los militares se convirtieron en políticas de Estado. Para deconstruirlas, no alcanza con acciones reparadoras o medidas puntuales: hay que saltar los umbrales del sistema.
*Por Sergio Arelovich, integrante del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE).
Los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura cívico-militar de 1976 siguen mostrando heridas abiertas, historias por reconstruir y búsquedas para recuperar la identidad de miles de mujeres y varones desaparecidos y también de las nacidas y nacidos en cautiverio, que, habiendo cumplido o pronto a cumplir sus 50 años, han vivido desconociendo sus raíces y sus historias.
Entre las debilidades de la democracia que supimos conseguir desde 1983 se encuentran las acciones de gobierno, circunscriptas a decisiones defensivas. No hubo procesos profundos de deconstrucción de las reformas conservadoras de carácter estructural implementadas en cada uno de los ciclos vividos en el pasado reciente, que podrían tener el mote de neoliberales sólo para unificar su denominación: la dictadura y las presidencias de Menem, De la Rúa y Macri.
Ha habido un conjunto relevante de acciones de reparación que permiten renovar la esperanza en un futuro mejor: el Juicio a las Juntas, la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, la extensión de los juicios, las condenas por crímenes de lesa humanidad, la recuperación de la identidad acompañada del trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, el restablecimiento de la identidad de 140 personas nacidas en cautiverio, la esterilización del intento del 2x1 y las nutridas marchas de cada 24 de marzo, entre muchas otras.
La crítica que desde estas líneas se señala refiere a la carencia de construcción de nuevos consensos sociales para no quedarse sólo en la reparación. Ha habido excepciones clave, muy pocas, pero hablar de cuestiones antisistémicas apunta a construir alternativas al capitalismo realmente existente, lo que exige construcciones sociales para otro futuro, original, criollo y latinoamericanista.
Tal ausencia de alternativas está explicada -en parte- por la adhesión mayoritaria del universo de partidos políticos al capitalismo histórico como modelo social y a la democracia representativa como sistema político excluyente, y por la ilusa confianza en la existencia de otro capitalismo posible que dejó de serlo en los años 70, por la ausencia o insuficiencia de innovación en las estructuras institucionales de la sociedad civil, las transformaciones relacionales derivadas del crecimiento geométrico de las nuevas tecnologías de la información, la inercial pérdida de ocupación real y simbólica de los territorios y en especial por el sostenimiento de un sistema judicial que exime de obligaciones o dota de perdones a los poderosos y hace pagar todos los males a las y los vulnerados. En síntesis: la ausencia de estrategias para el abordaje de las desigualdades. El documental Nuestra tierra, dirigido por Lucrecia Martel, basta y alcanza para poner nombres propios y calidad explicativa a esta trama invariante de relaciones.
Los ciclos neoliberales han dejado profundas y multifacéticas huellas, algunas irreversibles y otras reversibles en períodos menores o mayores a la duración de los mandatos presidenciales. Esas huellas están encadenadas entre sí y en términos prácticos se convirtieron en políticas de Estado. Por ejemplo: la permanente crisis en materia de deuda pública interna y externa, que ha mantenido y mantiene en vilo a la vida social de casi toda la comunidad argentina.
Ningún gobierno post dictatorial se propuso abordar esta carga de manera definitiva, apuntando a los orígenes del endeudamiento, sus responsables y beneficiarios. Reescalonar vencimientos y negociar tasas de interés formaron parte de la mayoría de las actuaciones de gobierno. Sólo durante la presidencia de Kirchner se encaró un proceso que implicó una fuerte quita de una porción de la deuda, pero manteniendo las porosidades preexistentes que, cambiado el ciclo político, volvió a exponer al país a situaciones insostenibles de subordinación en los años de la presidencia de Macri y en lo que va de la de Milei.
Otra huella de los ciclos neoliberales es la prórroga de la vigencia de leyes y normas dictadas durante la última dictadura, aprobadas por el simulacro de poder legislativo que conocimos bajo el acrónimo C.A.L. (Comisión de Asesoramiento Legislativo). Se trata de 156 leyes y 261 tratados. La democracia que supimos conseguir no sólo homologó estas normas sino las consecuencias de su aplicación.
Curiosamente conservó la denominación de ley el abanico de bandos militares emitidos en esa época. Entre las más conocidas se pueden mencionar la Ley de Inversiones Extranjeras, la de Entidades Financieras y la reforma de la Ley de Contrato de Trabajo pulverizando un conjunto de derechos alcanzados. En el sitio Las leyes de la dictadura puede verse el detalle de leyes y normas implementadas por la dictadura y aún vigentes.
El proceso simbiótico desplegado a partir de la relación entre ciclos neoliberales y ciclos reparadores ha visto transformar la estructura social y de clases -la vieja clase trabajadora ya no es la que era-; el rol de los Estados nacional y sub nacionales; la estructura empresarial -abriendo nuevos procesos de concentración, centralización y extranjerización del capital y dando un rol creciente a la actividad financiera; y el cambio en los procesos de acumulación, desde la originaria y excluyente apropiación directa del plus trabajo a la creciente acumulación por desposesión.
Algunas cifras de la dictadura
1. La tarea central de la dictadura fue reducir en forma inmediata la participación de los salarios en la distribución del ingreso. Esto lo volvimos a ver en 1989 con Menem, en 2001 con De la Rúa y Duhalde, a partir de 2016 con Macri y en diciembre de 2023 con la devaluación de Milei. A partir del golpe, y durante varios meses, los salarios reales sufrieron una punción frente a los precios al consumidor del orden del 42% aproximadamente. Si el guarismo entre 1973 y 1975 mostraba una participación de la masa salarial en el producto bruto cercano al 48%, Alfonsín recibió un país en 1983 con una participación del salario del 28% aproximadamente.
2. El 26 de marzo de 1976 aparecieron las primeras medidas de la dictadura en el boletín oficial. En la tapa de la edición de ese día puede leerse: a) Ley 21.270, que decide la intervención de la Confederación Nacional del Trabajo (CGT); b) Decreto 11/76, que resuelve la intervención de la Confederación General Económica (CGE); c) Ley 21.261, que prohíbe el derecho de huelga; d) Ley 21.269, que prohíbe la actividad de los partidos políticos; e) Ley 21.259, que establece las condiciones para la expulsión de ciudadanos extranjeros, entre otras disposiciones.
3. A fines de 1975 la deuda externa de la administración nacional era de unos 7.500 millones de dólares. El 10 de diciembre de 1983 la estimación llevaría la cifra a unos 42.000 millones de esa moneda. Las investigaciones posteriores encontraron falencias y procedimientos fraudulentos de color diverso. Uno de los problemas es que no existían registros del conjunto de instrumentos de la deuda pública. La comisión investigadora que creó el gobierno nacional encontró ese primer escollo. En vez de un repudio a la deuda odiosa u otra figura, el gobierno de Alfonsín utilizó como procedimiento la circularización inversa, es decir, que el Banco Central hizo un llamado para que los acreedores manifiesten sus acreencias.
4. La destrucción de buena parte del tejido industrial, debido a la apertura indiscriminada de la economía, generó un proceso doble: desindustrialización y reindustrialización. Ramas enteras estuvieron a punto de desaparecer y grandes jugadores ensancharon sus posiciones de mercado diversificando su grilla de actividades. El libro "El nuevo poder económico en la Argentina de los años 80", de Daniel Aspiazu, Eduardo Basualdo y Miguel Khavisse, muestra cómo fue el proceso de concentración del capital. La novedad inesperada es que los ganadores habían sido centralmente empresas de capital nacional, habiendo incluso desplazado o expulsado a multinacionales de peso (General Motors, por ejemplo, se fue del país en 1978). Junto a ello, los ganadores habían diversificado sus actividades hacia otros rubros de producción, comercialización y servicios. Grandes grupos económicos pasaron a constituir ese nuevo pode, casi todos habiéndose convertido también en propietarios bancos y compañías financieras e integrando los diferentes eslabones de cada cadena de valor.
5. Entre 1978 y 1979 la dictadura creó un régimen de promoción industrial para Tierra del Fuego y las provincias de Catamarca, La Rioja, San Luis y San Juan. Juan Alemann, el entonces secretario de hacienda, resaltó la estrategia de desconcentración obrera, tema contenido taxativamente en la exposición de motivos de las leyes de creación.
6. En el año 1975 la inflación había experimentado un crecimiento exponencial que la llevó al 335%. Tanto 1973 (43,8%) como 1974 (40,1%) habían sido años de inflación relativamente moderada, a pesar de la expansión económica y el crecimiento de la demanda interna. El primer año de la dictadura terminó con un crecimiento de precios del 347,5%. Hasta 1983 inclusive, con excepción de 1980, la inflación anual superó siempre el 100%. El máximo guarismo se registró en 1983, con 433,7%.
Imaginar un nuevo futuro
Lo transformado desde 1976 fue la naturaleza del capitalismo a nivel global y su versión criolla. Esto explica los límites y fragilidad que han tenido y tienen las acciones reparadoras como vía única, lo cual obliga a poner en agenda la necesidad de construcción de alternativas al desarrollo social impuesto por el dominio del capital en su versión actual.
Estas alternativas requieren saltar los umbrales del sistema. Los espacios políticos nacional populares no han podido superar los límites de la reparación y siguen pensando en medidas puntuales, ni siquiera modelos, para un mundo que ya no existe porque se ha transformado de modo irreversible.
La ausencia de abordaje de las huellas estructurales tiene un menú amplio de motivaciones. Uno de ellos, indiscutible, es el intento por huir del conflicto. No hacer olas. Y el conflicto es inevitable, ya que se juegan fuertes intereses. No se trata de huirle sino de abordarlo construyendo consensos y organización.
Se trata, en otras palabras, de la construcción de otros paradigmas de vida en sociedad. Paradigmas que incluyan los límites al crecimiento, la desmaterialización, la perspectiva feminista, el alcance y regulación del derecho de propiedad, los derechos humanos de cuarta generación, el intercambio mercantil no capitalista, el intercambio no mercantil, un nuevo concepto de equivalentes universales diferente de la forma clásica del dinero, la desconcentración poblacional, las políticas de integración inteligente hacia una nueva ruralidad, la disminución de las distancias de transporte de personas, bienes y datos, la planificación sostenible del desarrollo, la revisión del concepto de estado, la efectivización sostenible del federalismo y la inserción soberana en las relaciones internacionales, entre muchas otras cuestiones.
No debemos permitir que el recuerdo del 50º aniversario del golpe de Estado sea reducido a una efeméride. Es deber ciudadano sostener la memoria de lo ocurrido y transmitirla a las nuevas generaciones, revisitar el pasado, enriquecer el relato sobre lo ocurrido y traducirlo en enseñanzas para este presente de rasgos distópicos.
Las y los historiadores suelen presentar las tensiones entre la legitimidad y la utilidad de la historia: qué hacer con el pasado para que no se reduzca a fechas e imágenes. Un Nunca Más sólido necesita asentarse en el conocimiento de lo que fue la dictadura de modo integral, comenzando por lo ocurrido en 1975, año que tiene nombre propios: Martínez de Hoz, Acindar, UOM de Villa Constitución.
La proposición y el convite a la construcción de un nuevo futuro es la materia ausente en la agenda de la mayoría de quienes se autoperciben sensibles a los intereses populares. No se trata de volver ni de restaurar. Se trata de recrear la perspectiva, de resignificar en tiempo presente las marcas dejadas por la dictadura. La tarea es imaginar e inventar un nuevo futuro para las mayorías.










