A cinco décadas del asalto al poder, una anécdota en los viejos estudios de la radio pública revela la saña física contra la cultura: vinilos "torturados" con soldadores para que no suenen. El paralelismo siniestro entre la picana que obligaba a cantar y el metal al rojo vivo que obligaba a callar, en un hilo histórico que hoy se tensa con nuevas batallas culturales.
Hay lugares que guardan el aire de lo que no pudo ser. El séptimo piso del edificio del Correo Argentino, por calle Mendoza, es uno de esos espacios. Durante décadas, ahí funcionaron los estudios de LRA14 Radio Nacional Santa Fe, una cápsula del tiempo donde el polvillo, el olor a papel viejo y la acústica de otra era convivían con todo los fantasmas de la historia argentina. Entrar ahí, sobre todo cuando el edificio ya mostraba los dientes del abandono, era como meterse en un laberinto de memorias que se negaban a ser archivadas. radio nacional
En ese séptimo piso, donde según cuentan los que estuvieron "no había ni luz en las escaleras", ocurrió un hallazgo que funciona como la metáfora perfecta de la censura: discos de vinilo que no fueron rayados por escucharlos hasta el cansancio ni por el descuido de una púa rebelde, sino mutilados quirúrgicamente con la punta de una picana.
La tecnología del silencio
Mariana Steckler, quien dirigió la emisora entre 2020 y 2023, recuerda con nitidez ese proceso de recuperación de la memoria física de la radio. "Cuando asumimos, nos quedaba revisar las cosas que habían quedado en el viejo edificio. La radio históricamente estuvo ahí por la antena de FM que está en la terraza", cuenta, al teléfono con Pausa. En medio de ese operativo de rescate de cintas y documentos, en un rincón de la discoteca, aparecieron los heridos de guerra. "Encontramos algunos discos de vinilo de la época de la dictadura rayados como con la punta de una soldadora en los surcos puntuales de algunas canciones", describe.
No era un bardeo al azar. Era un trabajo de orfebre del odio. El censor no rompía el disco entero; elegía el surco, la palabra, la idea que debía desaparecer. El caso más emblemático es el de Emoción, canto y guitarra, de Jorge Cafrune. La obra del "Turco", que ya cargaba con la mística del prohibido, fue intervenido físicamente. Al disco se le aplicó el mismo criterio que a los cuerpos: la anulación de su función vital.
Damián Causero, operador histórico de la radio que entró a trabajar en los años 90, cuando la herencia de la dictadura todavía se sentía en los pasillos, explica que ese "clima" no se fue con la llegada de la democracia. "Entré en el año 90 y quedaba como una herencia de lo que fue la dictadura dentro de la radio. Por ejemplo, había gente que tenía una visión distinta de lo que debía ser una radio pública", recuerda Damián. El funcionamiento de la radio durante el peak de los milicos era con un control total sobre el aire: "Había discotecarias encargadas de prepararte la música para cada turno y no podías salirte de esa rutina porque eras sancionado. Había un director artístico que estaba atento las 24 horas a lo que hacías", explica Causero. radio nacional

Si se raya al cantor… radio nacional
Es imposible no trazar un paralelismo entre el modo en que se trataba a la gente y el modo en que se trataba a los objetos culturales. Hay una rima macabra en el accionar: mientras en los centros clandestinos de detención se aplicaba la picana eléctrica para que los detenidos "cantaran" (que delataran, que hablaran, que entregaran lo que los militares querían escuchar), en las discotecas de las radios se aplicaban unos puntos de soldadora sobre el vinilo para que los cantores callaran.
La picana buscaba la confesión forzada; la soldadora, el silencio forzado. En ambos casos, el calor y la electricidad se usaban como herramientas de intervención sobre la libertad. Al disco de Cafrune le hicieron en el surco lo que a tantos compañeros les hicieron en la piel: marcaron el lugar del "pecado" para que no se repitiera.
Ariel Gilbert, en su libro Satisfaction en la ESMA, profundiza en este vínculo perverso entre música y terror. Gilbert relata cómo la música no solo era prohibida, sino también utilizada como arma. En la ESMA, los gritos de los torturados eran tapados con música a todo volumen. Se usaban canciones de los Rolling Stones o de artistas que los mismos militares consideraban "decadentes" para crear un paisaje sonoro de pesadilla. La música funcionaba como una cortina de humo auditiva que buscaba tapar el dolor de los torturados.
La lista negra: de la ironía al absurdo
El COMFER (Comité Federal de Radiodifusión) manejaba listas de "canciones cuya difusión se considera no apta". Esos papeles, que hoy se leen con una mezcla de risa y escalofrío, prohibían desde el contenido político explícito hasta la sensualidad que los militares consideraban "amoral".
En esas listas figuraban temas como "Te quiero pero no mucho" o el "Yo te amo, yo tampoco" de Serge Gainsbourg, pero también la obra de tipos como Cafrune, Horacio Guarany, Mercedes Sosa o el mismísimo Luis Alberto Spinetta. El criterio era la sospecha permanente. Cualquier palabra que pudiera ser leída como una grieta en el muro del "orden" era motivo suficiente para que el disco terminara con un surco derretido por un clavo caliente.
Como bien señalaba una nota anterior sobre canciones prohibidas, esas "armas mortales" que eran los temas de tres minutos tenían la capacidad de perforar el blindaje del pensamiento único. Por eso la saña. No alcanzaba con prohibir la difusión por circular; había que destruir la matriz del sonido. No se salvó ni el rock "más refinado": himnos de Serú Girán como la desgarradora "Viernes 3 am" fueron tildados absurdamente de "apología al suicidio", cuando en realidad pintaban el óleo desesperado de una época en la que salir a la calle a esa hora podía ser una sentencia.
El espejo del presente y la "batalla cultural"
A 50 años de aquel marzo trágico, el aire argentino vuelve a espesarse con discursos que resuenan a viejas persecuciones. Si bien hoy no vemos (por ahora) a un Paulino Tato tirando por la TV Pública las estadísticas de las obras censadas en esta temporada, sí que asistimos a una "batalla cultural" que recurre al escrache digital y el ahogo financiero como la nueva tecnología del silencio.
El gobierno de Javier Milei ha hecho de la persecución a artistas un deporte oficial, especialmente si esas artistas son mujeres que manifiestan disidencia. El ataque sistemático a figuras como Lali Espósito o el desguace de las instituciones culturales (el INCAA, el Fondo Nacional de las Artes, la propia Radio Nacional que Mariana Steckler describe hoy como "apagada") son los surcos rayados de este siglo.
Ya no hace falta derretir el vinilo si podés detonar el ecosistema donde ese vinilo se produce y se distribuye. La estrategia cambió de herramienta, pero el objetivo sigue siendo el mismo: que la voz del otro, la que cuestiona, la que incomoda, la que celebra la libertad, no vibre más.
Steckler lo resume con la sabiduría de quien vio la radio desde adentro: "Mientras se esté en un medio público, voy a dejar que yo tenga mi postura, voy a ser lo más prolija y profesional posible, pero el que escucha debe poder elegir". Esa posibilidad de elegir es, precisamente, lo que la soldadora intentó anular en el séptimo piso del Correo.

El surco que resiste
Damián Causero todavía recuerda la sensación de esos años donde la libertad era un permiso que se pedía en la discoteca. Hoy, la anécdota del disco de Cafrune rayado no es solo una curiosidad para coleccionistas de lo macabro; es un recordatorio de que la memoria tiene una materialidad física.
El vinilo de Cafrune (que en su momento se había guardado pero hoy está nuevamente desaparecido en democracia), con su herida de metal caliente, es un testigo mudo pero elocuente. Nos dice que el miedo de los poderosos es proporcional a la potencia de una canción. A 50 años del golpe, conmemorar esos discos mutilados es una forma de volver a poner la púa sobre el surco, de limpiar el polvo de la discoteca y de asegurar que, por más que intenten quemar la cinta o apagar el transmisor, la música de la libertad siempre encuentra la forma de volver a sonar.









