Vaciamiento empresarial, crisis de representación sindical y las formas cotidianas de sostener la vida en los pueblos. Crónica del conflicto desde la mirada de trabajadores de las plantas de Lácteos Verónica en Clason y Lehmann.
Habrá que ver
Si la crónica Verónica reacciona
La Verónica mitad
Tiene muy poca maldad
Pero esta cansada de esperar
(Media Verónica, Andrés Calamaro)
Por Ignacio Pellón Ferreyra*
Lácteos Verónica despierta… vaciada. El año 2026 empezó con las plantas industriales de Clason, Suardi y Lehmann paralizadas. Más de 600 trabajadores siguen asistiendo a sus puestos de trabajo, esperando que vuelva a entrar materia prima para retomar la producción y cobrar los sueldos que desde hace tres meses no perciben. Ante la agudización del conflicto, nos acercamos a conversar con trabajadores radicados en Totoras, Rafaela y Lehmann.
Desde sus experiencias personales y colectivas en las plantas industriales de Clason y Lehmann, los protagonistas señalan que Verónica no está atravesando una mera crisis económica, sino un sostenido proceso de vaciamiento impulsado desde la patronal y acompañado (por acción y omisión) desde el sindicato. La expectativa de resolución también es clara: que aparezca un eventual comprador dispuesto a retomar la producción, y que la reducción del personal sea lo menor posible. Esta síntesis es una versión simplificada de un conflicto que podemos complejizar desde las experiencias encarnadas de trabajadores que se saben esenciales (“somos esenciales”), por pertenecer al sector alimenticio, y se sienten “desechables”, por las decisiones que vienen tomando quienes encabezan esta empresa familiar.
La historia del vaciamiento empresarial, la crisis de representación sindical y las formas cotidianas de sostener la vida en los pueblos, conforman una genealogía situada del conflicto, con sus tiempos y espacios. Verónica fue fundada en 1923, en la localidad homónima (Provincia de Buenos Aires), por una familia española llegada desde Galicia. Esta trayectoria de más de un siglo, “empieza a crujir” en 2016 a partir de una serie de eventos y decisiones. Ese año falleció Antonio Espiñeira, uno de los tres hermanos fundadores. Gonzalo ya se había ido del plano terrenal años atrás, y Manuel se retira de la dirección por su avanzada edad. La caída de los precios internacionales de las commodities (especialmente, de la leche en polvo), las inundaciones en los campos del centro santafesino, el aumento en las tarifas de servicios y combustibles, el desdoblamiento salarial y los problemas de pagos ocurren casi en simultáneo.
La “ineptitud” de quienes heredaron la conducción de la empresa se combina, a partir de entonces, con intereses que parecen ajenos a la lógica laboral y productiva de los trabajadores. Poco a poco, la crisis comienza a manifestarse en pagos mínimos e incumplimiento con los proveedores, falta de reposición de insumos básicos, tercerización del proceso productivo (parte de la leche fluida propia se deriva a plantas de otras empresas) y más desdoblamiento y atraso salarial. Hubo meses donde el sueldo llegó a cobrarse en seis partidas. Hasta diciembre de 2025, la planta de Lehmann, por ejemplo, estuvo operando a fasón; es decir, procesando leche de otras empresas: “un parche”, según entienden los trabajadores.
El vaciamiento productivo (desvío de materia prima, no reposición de insumos, “descomposición” salarial) también tiene su correlato financiero. En esa dirección, los trabajadores recuerdan que los Espiñeira ingresaron cifras millonarias durante el “blanqueo de capitales” impulsado por el gobierno de Macri, y señalan a “Las Becerras S.A.” como vehículo para desviar capitales y activos productivos (campos, maquinarias, etc.). Esta firma, creada en Rosario en 2012, también pertenece a la familia y tiene por objeto actividades agropecuarias, financieras e inmobiliarias. Estas triangulaciones patrimoniales cuestionan la supuesta ineptitud y falta de preparación de las máximas autoridades de la empresa, evidenciando intenciones de “soltarle la mano” a Verónica. En tal sentido, la crisis de Verónica es, más que un efecto del “modelo mileista”, un síntoma de un modo de acumulación que viene madurando desde hace años. Endeudamiento, fuga patrimonial y riesgo, son dimensiones de una distribución desigual de las ganancias (y costos) entre actores, territorios y comunidades.
En línea con lo anterior, el conflicto de Verónica se inscribe en cuerpos concretos y en territorios específicos. Los trabajadores afectados de manera directa son más de 600, y la gran mayoría vive con sus familias en pueblos y pequeñas ciudades agroindustriales: Clason, Lehman y Suardi, tienen unos 1.000, 3.000 y 7.000 habitantes aproximadamente. Los salarios adeudados están en el orden de los 2.5 millones de pesos por mes, con cifras que superan los 4 millones para aquellos de mayor jerarquía y antigüedad. Estos “buenos salarios” no abundan en estas localidades, conformando un núcleo de trabajadores de los “más privilegiados” de la comunidad. Por consecuencia lógica, la crisis de estos derrama sus efectos desfavorables sobre comerciantes, cuentapropistas y trabajadores con situaciones socioeconómicas más inestables aún.
En este escenario, el conflicto en Verónica refleja una doble crisis de representación: la del empresariado familiar, que se ausenta física, simbólica y afectivamente; y la de una estructura sindical que mantiene rituales y tiempos burocráticos preestablecidos mientras la vida cotidiana de los trabajadores se desorganiza y puebla de angustias y temores.
Respecto al gremio (ATILRA), la distancia con “las bases” resulta palpable. Los más grandes, entienden que el sindicato “hace lo que tiene que hacer”, pero que sus tiempos no son “los tiempos del estómago”. Los más “politizados”, entienden el silencio de estos últimos años como indicios de un pacto con “a la baja” para los trabajadores. Mientras que los “expectantes” (quienes mantienen una activa pasividad, esperando poder acomodarse cuando haya definiciones), reconocen la falta de recambio generacional en la dirigencia del gremio, la afiliación decreciente en los jóvenes y la poca convocatoria de las propuestas sindicales.
Ante el desolado paisaje, la movilización política y social en los pueblos es liderada por “las mujeres” de los trabajadores damnificados. Son ellas quienes actualmente movilizan redes de apoyo, donaciones, mercaderías, reuniones con las autoridades comunales y municipales. Mientras tanto, sus compañeros siguen asistiendo a las plantas a cumplir horario, a sostener las fábricas en estado operativo y a esperar novedades. Cortan el pasto, limpian y custodian las plantas, manteniéndose alertas ante cualquier intento de sustraer mercaderías, insumos o maquinarias.

Toda esta situación genera profundos malestares para quienes “están” en las plantas sin poder producir, para quienes se sienten “custodios” de la fábrica -porque “nuestra vida está puesta ahí”-, para quienes pagan de su bolsillo el traslado hasta un trabajo que le adeuda meses (y también el último aguinaldo), para quienes ya no tienen ninguna esperanza ni en la patronal ni en el sindicato. La exposición mediática y los pedidos de ayuda y solidaridad resultan “humillantes” para algunos. La sensación de vulnerabilidad también aparece como forma de superación -“Yo ya estoy divorciado con Verónica, mentalmente”- y como admiración hacia los más jóvenes, que se saben parte de un mercado laboral flexibilizado y por eso no apuestan a quedarse en una empresa más que un par de años.
Por estos motivos, Verónica no es solo una víctima de una coyuntura política y macroeconómica: es un laboratorio de las formas contemporáneas de expropiación laboral, identitaria y comunitaria. Asalariados sin salarios, fábricas vaciadas, sindicatos “sin bases”, pueblos agroindustriales con capitales industriales en fuga. En este laboratorio, la financiarización de las cadenas agroindustriales y la crisis de representación sindical desplazan las responsabilidades hacia los individuos y sus familias, que organizan estrategias de supervivencia por fuera de los marcos institucionales del trabajo “clásico”.

Así, “la Verónica Mitad” -en alusión a la canción de 1997- nos presenta un movimiento recortado, una empresa con el cuerpo escindido: abajo, una mitad obrera (“nosotros, las bases”) que insiste en producir, que custodia las fábricas y se organiza (a veces, a través de mujeres y sus redes comunitaria); arriba, un directorio empresarial que se retira del territorio, triangula activos y delega la resolución en eventuales compradores o intervenciones estatales. A modo de cierre, entonces, nos preguntamos si lo que está en juego es solo la continuidad de una firma láctea histórica para el interior santafesino, o si también implica una posibilidad de recomponer el lazo social entre trabajo, cuerpo y territorio.
El progreso industrial, económico y laboral nunca fue un asunto “privado”, sino un proceso y un resultado sostenido por el entorno: la pampa gringa, con sus suelos fértiles (“libre de indios”) y los laboriosos brazos de inmigrantes, criollos y mestizos. Con el boom de las commodities del siglo XXI, estos brazos se revalorizaron en los sectores agroindustriales exportadores que hoy los tratan como insumo desechable. Así, los operarios de mayor antigüedad devienen “costos a ajustar”, y los pueblos, infraestructura “obsoleta” para un modelo de acumulación en retirada.
Más allá de los conocidos binomios (arriba-abajo, campo-ciudad, obrero-patrón, varones-mujeres, etc.), ¿cómo identificar el corazón, el alma y las tripas de la economía que mueve nuestros pueblos y ciudades? ¿Somos capaces de repensar los vínculos entre trabajo, cuerpo y territorio para, desde allí, actualizar una crítica a la economía política de la agroindustria? ¿Qué implicancias tiene ser trabajadores “esenciales” en tiempos de precarización y empobrecimiento estructural? ¿Cómo entender las angustias (individuales, colectivas, sociales) y los quiebres (económicos, laborales, identitarios) desde lo que se hace (y cómo se hace) en nuestros territorios?
*Becario postdoctoral del CIT Rafaela (CONICET y UNRaf), integrante del Grupo de Estudios Sociales sobre Sensibilidades, Estructuración social y Trabajos (GESSET - CIT Rafaela) y del Programa de Acción Colectiva y Conflicto Social (CIECS - CONICET y UNC).







