El sueño colectivo: jornada histórica a 50 años del golpe de Estado

memoria 24 de marzo

A 50 años del último golpe de Estado, una multitud colmó las calles que rodean la Plaza de Mayo en Buenos Aires, en una jornada atravesada por la memoria, la organización colectiva y la presencia de nuevas generaciones que mantienen viva la consigna de Nunca Más.

Por Santino Bravi

Avenida Belgrano, alrededor de las seis de la tarde. La calle está cortada y miles y cientos de personas empiezan a retirarse de a poco de Plaza de Mayo. Entre bombos, platillos y trompetas, el cansancio no borra las sonrisas. En las calles perpendiculares, las organizaciones se refugian y estiran el festejo hasta el último minuto. Se canta con pasión.

¡Viva Perón! ¡Cómo a los nazis les va a pasar! ¡Hasta la victoria… siempre! Treinta mil compañeros detenidos y desaparecidos, PRESENTES. 

La masa avanza lento por todas las calles que confluyen en la plaza. Desde Julio A. Roca llega el frente de murgas barriales acompañado por los tambores y las lentejuelas, cada tanto un salto hace vibrar el asfalto. Detrás, la CGT y algunas agrupaciones peronistas. Por Presidente Roque Sáenz Peña ingresa el MST junto a las columnas de izquierda. Todo termina en el mismo punto: la Pirámide de Mayo. Un gran abrazo a las abuelas y madres.

En Avenida de Mayo, desde la 9 de Julio, a las 10 de la mañana ya había empezado la concentración de organismos de derechos humanos. Pero desde antes, el lunes por la noche, el movimiento era constante. Puestos sobre los laterales, gente caminando en dirección a la plaza, familias enteras avanzando entre carteles, remeras y pañuelos. El sol pegaba fuerte cerca del mediodía, aunque entre los árboles y los edificios aparecían franjas de sombra donde corría un aire fresco, un alivio.

Sobre los laterales, los stands se multiplicaban: stickers, pins, remeras, fotos. Por momentos la escena se parecía a un carnaval. Había juegos improvisados —meterle un gol a Milei, tumbar latas— y carteles de La Garganta Poderosa que aparecían una y otra vez. Organizaciones sociales, sindicatos, emprendedores y artistas conviven en un mismo espacio, mostrando su trabajo, comparten la jornada.

— ¡Aguante la gráfica! ¡Aguanten ustedes! ¡Gracias! ¡La gráfica es revolución!

El cordón gráfico concentra una atención particular, encabezado por el Colectivo de Artistxs Gráficxs Tinta y Memoria. Caminamos hasta ahí, una fila larga nace en una esquina del gazebo y se estira cuadra arriba.

Los shablones, cargados de tinta azul Francia, no descansan. Entran remeras, salen pañuelos, posters, postales. Cada tanto un abrazo con algún conocido que pasa a saludar y convidar un mate. Las manos trabajan con una precisión insistente, casi hipnótica. Nadie se mueve de su lugar: no van a parar hasta que todos tengan su herramienta de lucha. A nadie parece molestarle la espera.

A medida que la corriente avanza hacia la plaza, los cuerpos empiezan a sentir en el medio del pecho el ritmo de los redoblantes y, cada tanto, las bombas de estruendo. Hay abrazos, lágrimas compartidas, miradas clavadas en algún punto del horizonte. Infancias que miran todo con el asombro de una primera vez.

— ¡Pare, paren! Vamos con una foto y seguimos.

Una mujer de unos cuarenta años se planta frente a la bandera y ordena al grupo con una mano en alto.

— Es increíble que los chicos de la escuela primaria se organicen para venir a la marcha. No lo puedo creer.

memoria adolescentes

La columna avanza de a poco pero con convicción. Se trata de la Escuela Primaria Galicia N.° 19 de 7. Las infancias acompañan la bandera, guiadas por madres y padres que cada tanto los frenan para una foto. Algunos hacen la V de la victoria. Otros levantan carteles de cartón con forma de pañuelo, estirando los brazos hasta donde pueden, queriendo tocar el cielo. Se ríen. Se abrazan. Afirman que la juventud tiene memoria.

Ninguno vivió la dictadura. Pero eso no importa. De eso se trata la memoria, y todavía no sabemos dónde están, a 50 años del golpe. A seguir marchando.

El calor no afloja, pero tampoco importa. Los cientos de miles ocupan cada espacio disponible, por momentos nos sostenemos unos a otros. Cada tanto cruzábamos miradas entre desconocidos, no hacía falta decirlo: Nunca Más. Entre pañuelos florecidos, la juventud toma la posta. Grita, pone en práctica la memoria, exige y sigue con una energía envidiable.

Casi llegando a la 9 de Julio, mientras nos retiramos, la marea empieza a aflojar. De a poco el aire comienza a correr entre el tumulto.

Un niño ata con cuidado un pañuelo alrededor del cuello de una beba sostenida en brazos por su padre. Se toma su tiempo. Lo acomoda. Toma distancia, da un paso hacia atrás y la mira.

— ¡Papá, mi hermana es una Abuela de Plaza de Mayo!

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