Responsabilidad política, dolor transgeneracional y lucha colectiva atraviesan a una juventud que se reconoce nieta de los 30.000. En el marco de los 50 años del golpe de Estado de 1976, integrantes de Nietes Santa Fe dialogan con Pausa.
Isabella Barabucci Aphalo nació y creció en El Trébol. Entendió de chica que su familia tenía una herida que la diferenciaba del resto. Alfredo Aphalo Elizalde, su abuelo materno, fue privado de su libertad durante seis años. Cuando se mudó a la capital provincial para comenzar sus estudios en Sociología, le dio forma a su militancia como nieta e hija de sobrevivientes de la última dictadura cívico militar. “Me dí cuenta que tenía la fuerza para poner en palabras la lucha de mi familia, me hice cargo de pedir justicia”, asegura mientras pasa la angustia con un sorbo de mate lavado. Según narra, su activismo político comenzó en la virtualidad, con miembros de Nietes de otras partes del país. Posteriormente, conoció por medio de una compañera militante a Camila López Torres, estudiante de abogacía, en una marcha del 8M en Santa Fe. La amistad, las historias cruzadas y el sentimiento de responsabilidad heredado las unieron en el camino. Nietes Santa Fe.
En el quincho del Solar de las Artes, a través de unas cortinas de plástico, la tarde se apaga de a poquito. Un lienzo saturado de naranja, violeta y rosado y un tapial de ladrillos vistos hacen de fondo. La lluvia de marzo permite que un fresquito agradable envuelva el espacio. Cami, como cebadora designada, se encarga de que los intervalos entre yerba y masitas surtidas tengan la coordinación perfecta para mantener la charla en movimiento. La verborragia de Isa se complementa con el semblante tranquilo de su compañera que asiente levemente ante cada una de sus palabras. Guillermo López Torres y Susana Graciela Capocceti, embarazada de cinco meses, fueron secuestrados en 1977. A la familia de Camila le quedaron once fotos, un recuerdo borroso y una búsqueda que nunca cesa.
Nombrarse: una decisión política
Nietes comenzó a gestarse a nivel nacional durante el gobierno de Mauricio Macri, cuando en 2017 la Corte Suprema permitió aplicar el “2x1”. Ante el negacionismo resurgente y las políticas que atentaban contra el ejercicio de la democracia, la generación nieta de los 30.000 eligió lo colectivo como respuesta. En Santa Fe, la agrupación tomó consistencia alrededor de 2022, cuando entre birras, mates e historias compartidas, los nietos y nietas santafesinos encontraron un camino común: el de una lucha en la que reconocen el pasado familiar y el presente a construir.

—¿Por qué nietes y no nietos?
Isa: Porque “nietos” se usa para referirse a los restituidos. Queríamos diferenciarnos a nivel generacional. Es una apuesta política por incluir a todas las identidades, una forma de visibilizar lo que no se nombra.
Cami: Es un nombre que nos marcó mucho. Eduardo Feinmann salió a criticarnos porque “cómo íbamos a ser nietes con E”. Fue un revuelo bastante grande. Para nosotros significa dar la discusión a quienes nos juzgan sin siquiera saber quienes somos.
—¿Qué sienten al militar desde ese lugar?
Isa: Vengo de una ciudad de mente muy cerrada. En mi familia no se hablaba del tema y eran muy juzgados. Ellos mismos eran renegados de su propia historia. No podía charlar mucho de lo que me pasaba, de los traumas heredados, porque nadie lo iba a entender. Una vez que abrís esa puerta en la organización te das cuenta que todos estamos igual, dejás de sentirte un bicho raro.
Cami: Crecí con muchos nietos de desaparecidos y siempre desee tener una organización como la de nuestros viejos. Entre nosotros tenemos una identidad que no tenemos con nadie más. A mis compañeros de la facultad no les cuento todo, de chica tampoco lo hablaba con mis amigos. Lo saben, conocen mi historia pero no es algo que decís tan públicamente como una carta de presentación. Acá encontrás tus pares, con quienes no es necesario decir nada porque ellos ya te entienden.
El pasado común como nodo de una intimidad
En la espalda de la silla de plástico, una remera blanca con letras negras reza el nombre de la organización. Camila desparrama su cuerpo en dos asientos, mira al frente con seguridad cuando habla. “De chica te preguntás por qué no tenés abuelos y todos tus amigos sí. Lo que tenés son testimonios de compañeros de ellos porque tu viejo tampoco se acuerda”, comenta López Torres. La identidad, en estos casos, se arma con retazos: relatos ajenos, documentos, imágenes sueltas.
—¿Cómo fue pasar de escuchar la historia a ser ustedes quienes la narran en primera persona?
Cami: La verdad que no sé en qué momento lo elegís como algo propio. De chica lo veía como la historia de mi papá que no tiene a sus viejos. Cuando entrás a Nietes te das cuenta que estamos todos en la misma. Entendés que es una responsabilidad, que si vos no te parás desde este lado nadie lo va a hacer. Ahí tomás la historia de tus viejos como algo que atravesaste vos también.
Isa: Empecé a comprender que la lucha de nuestros abuelos era por un mundo mejor, la diversidad de opiniones, la cultura y el arte. Reconocí en mi generación las mismas vulneraciones a los derechos que ellos expresaban.
La historia de Isabella tiene un tinte diferente, la de unos recuerdos de los que se apropió con el paso del tiempo. Cuenta las memorias de su madre, que aparecen como flashes y se diluyen en el aire. Imágenes de una habitación oscura, miedo, frío, hambre y confusión. La aceptación de la violencia ejercida hacia un cuerpo de niña que llega con los procesos de restauración. “En su infancia, mi mamá también fue privada de su libertad, pero no recuerda bien cuánto tiempo. Ella tuvo que entender que también fue violentada”, sostiene Isa.
Lo que Aphalo nieta siente es el resultado de un proceso que le permitió resignificar la voz de su madre. Con sus acciones, su corporeidad y su apuesta por los Derechos Humanos, revive lo que su progenitora vivió en primera persona. “Ella siempre me decía: ‘La dictadura me sacó un papá. Yo tenía un padre presente, bueno y amoroso. Me devolvieron una persona que no reconocía física ni mentalmente. Alguien que no era mi papá´”, comenta con la voz apagada y agrega: “Tuve que entender por qué mis abuelos no eran como los demás”. Su crónica pasea entre juicios, escritos lejanos y heridas abiertas. La narración se entrecorta con alguna galletita, que se lleva a la boca suavemente, como si quisiera endulzar sus palabras.
Nietes Santa Fe: transformar la memoria en acción colectiva
”Desde Nietes buscamos corrernos del dolor. Hablamos de memoria, verdad y justicia desde otro lugar porque no lo vivimos. Nos enfocamos en interpelar a nuestra generación y a quienes nos preceden apostando a lo nuevo, a lo creativo y a lo cultural. Hablarle a jóvenes y adolescentes desde el lugar de pares, para que conozcan la historia”, sostiene Camila. Más allá de los relatos personales, la agrupación se constituye en el compromiso de encontrar a más compañeros. En Santa Fe tienen la característica de ser población abierta, quien quiera sumarse a militar, puede hacerlo.

Lejos de una memoria anclada únicamente en el pasado, Nietes construye una forma de habitar el presente. No se trata solo de heredar una historia, sino de decidir qué hacer con ella. Entre relatos fragmentados, duelos compartidos y nuevas formas de militancia, la generación nieta de los 30.000 no solo reconstruye identidad: también disputa sentido. Y en ese gesto transforma la memoria en acción colectiva.
—¿Qué lugar ocupa su generación en la construcción de la memoria, la verdad y la justicia?
Cami: Tenemos que hacernos cargo de lo que pasa. Nos están sacando derechos que nos costaron muchísimo conquistar y nos toca asumir la responsabilidad de hacerlos cumplir. Atender a la reforma laboral, a los decretos, a lo que pasa con los jubilados que son violentados todos los miércoles. También debemos velar por la verdad, muchos juicios están paralizados y se le están otorgando beneficios a quienes cometieron crímenes de lesa humanidad.
Isa: Hay que involucrarse para cambiar lo que no nos gusta y entender que la salida es colectiva. Plantar la semillita de la pregunta: “¿Estamos exentos de atravesar una dictadura tan sangrienta como la que hubo?”. Hacer entender a la gente que la dictadura no le pasó solo a los 30000 y que hubo consecuencias gravísimas en derecho humanos y a nivel económico, social y cultural.
—¿Cómo es ser Niete en el contexto de avance de la ultraderecha?
Cami: Cuando asumió el presidente nos dio miedo. Hoy entendemos que, como organismo de Derechos Humanos y como nietes de detenidos, asesinados, sobrevivientes y exiliados durante la última dictadura cívico militar, no nos queda otra que organizarnos. Nuestra tarea es apostar a lo colectivo.
Isa: Tratamos siempre de dar las discusiones. A mi me gusta “educar”, creo que al conocer un poco más te tiene que cambiar la forma de ver las cosas. La verdad es que nadie viene de frente y te dice “No fueron 30.000”, lo hacen a través de redes sociales. Lo que tratamos de hacer desde Nietes es formarnos políticamente y sentimos que estamos capacitados para abrir el diálogo antes ese tipo de comentarios.
Detrás de Camila, el cielo ya se apagó por completo. Una luz amarilla obliga a entornar los ojos para sostener la conversación. Alguien avisa que tienen que cerrar. El pasto húmedo cruje bajo sus zapatillas mientras enfilan hacia la salida. Siguen hablando: de las escuelas secundarias, de las actividades que preparan, de la próxima vigilia por la memoria.
Mientras la charla retumba en el pasillo del Solar, aparece algo más que militancia. La identidad de ambas se imbrica con un pasado que no vivieron, pero que las constituye. Se manifiesta algo más complejo que el dolor heredado: la decisión de tomar la palabra. En ese gesto consciente, la memoria deja de ser pasado y se convierte en presente.









