Aunque la escena se repite en consultorios de todo el país —siete mujeres por cada tres varones en terapia—, la diferencia no es solo estadística. ¿Qué dice esta presencia mayoritaria de mujeres sobre el modo en que cada quien tramita el malestar? Una reflexión para pensar cómo el acceso a la palabra, la pregunta y la escucha sigue siendo también una cuestión política que impacta en el lazo social.
Por Macarena Maspons*
Hay un hecho que salta a la vista apenas cruzamos la puerta de cualquier consultorio de psicoanálisis o salud mental: hoy estos espacios están habitados, en su gran mayoría, por mujeres. Lo que podría parecer una simple observación de pasillo, sin demasiada relevancia, se vuelve una certeza cuando miramos los números a nivel nacional.
Según informes realizados en el año 2022 por consultoras de salud y datos de la Facultad de Psicología de la UBA, la proporción de pacientes en Argentina se mantiene en un contundente 7 a 3, siete mujeres por cada tres varones que se animan a asistir a terapia.
Un pequeño paréntesis: la estadística recoge datos de varones y mujeres porque así se presentan ante el sistema de salud, pero el psicoanálisis y nuestra posición política tienen en cuenta cómo cada sujeto habita ese rol social que la cultura ha distribuido de manera desigual.
Este dato dispara mil preguntas: ¿a qué se animan las mujeres habitando este espacio? ¿De qué se hacen cargo? ¿De qué no? ¿Qué impacto tiene esto en el lazo social? ¿Por qué los varones llegan en menor proporción? ¿Qué del espacio psicoanalítico no los convoca? ¿Habrá alguna resistencia?
Este fenómeno no es nuevo; nos remonta a los inicios mismos de la práctica. De hecho, podríamos leer en el nacimiento del psicoanálisis un auténtico acto de rebelión femenina. A finales del siglo XIX, las pacientes de Freud usaban sus propios cuerpos como el único escenario posible para denunciar aquello que la cultura de su época les prohibía decir. Al escucharlas, Freud no solo validó ese malestar, sino que configuró un espacio inédito para la palabra: un lugar de emancipación frente a las asfixiantes expectativas de lo que el otro social esperaba de cada una de ellas.
Es cierto que, lamentablemente, el acceso a espacios terapéuticos sostenidos resulta cada vez más restringido y reservado solo a quienes pueden costearlo individualmente. Sin embargo, consideramos la terapia como desobediente a la lógica salvaje capitalista, que pretende en cinco minutos y con una pastilla mágica liberarse del malestar. Por el contrario, el tiempo de análisis habilita otra lógica de encuentro con el discurso propio.
Al respecto, Piglia dice sobre el psicoanálisis: “No me parece que uno vaya al analista para aprender algo, quizás ustedes me pueden desmentir, sino que uno va a ver si puede cambiar una experiencia, o si puede entenderla, en el sentido de convertirla en otra cosa”. Los efectos del espacio psicoanalítico resultan una experiencia intransferible, indefinible e inexplicable que transcurre en una intimidad inédita y única. Se trata de habilitar un espacio donde el sujeto pueda escucharse más allá de lo que dice o lo que cree decir. Posibilitar que algo (del orden del padecimiento, aunque no excluyentemente) se logre ubicar para uno de otra manera.
La habilitación al espacio de la palabra por parte de las mujeres y los cuerpos femeninos posibilita hacer preguntas respecto a su propio malestar. Respecto a los hombres, la estadística muestra otra cosa. Según el Boletín Epidemiológico Nacional3 (2025/2026) de los suicidios consumados, el 80,8 % de las víctimas son hombres. Pareciera ser que, ante la falta de un espacio para la palabra, el malestar se inclina hacia el pasaje al acto.
Pero intentemos pensar otro panorama posible, ¿afectará algo en el lazo social si más varones ocupan el espacio analítico? Culturalmente, la posición masculina ha sido empujada a la ilusión de totalidad en donde se tiene que poder y saber. El análisis, al proponer la falta y la pregunta, ofrece la construcción de una salida a esa presión insoportable.
La lógica del trabajo analítico permite limpiar el espejo donde me veo y veo al otro, para tolerar mejor la idea de que la otredad deje de ser un enemigo potencial y pase a ser simplemente un semejante. En estos tiempos de redes sociales y odio generalizado, el análisis funciona como lubricante para el lazo social, porque propone introducir la pregunta antes de la reacción.
Finalmente, el análisis le ofrece al sujeto actual algo que la cultura le niega: la posibilidad de no tener la razón. Un sujeto analizado es alguien con mayor capacidad de escucha y asombro ante su propio deseo, lo cual baja los niveles de reactividad y violencia.
Analizarse no es curarse para ser feliz y productivo. Es, quizás, aprender a convivir con el malestar propio sin la urgencia de expulsarlo hacia afuera. Si el espacio analítico hoy está habitado mayoritariamente por mujeres, es porque ellas - por historia y por lucha - han tenido que aprender a lidiar con el vacío y la falta de garantías. Que el varón empiece a habitar ese lugar no es una invitación a la mansedumbre, sino a una ética de la responsabilidad: hacerse cargo de su propio ruido interno para que el mundo deje de ser su campo de batalla.
En el marco del Día de la Mujer Trabajadora, reivindicamos el espacio del análisis porque a un mundo que nos prefiere productivos, silenciosos y apolíticos se le resiste con una clínica que promueva la escucha, la pregunta y la responsabilidad por una sociedad más justa y menos violenta.
*Lic. en Psicología. Integrante de Metáfora - Psicoanálisis y Salud Mental









