Hasta que se demuestre lo contrario

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Las ciencias sociales y el trabajo de campo. Foto: Emilia Schmuck.

Bajo sospecha desde 2023, los trabajadores de la ciencia argentina no solo sostienen sus investigaciones con recursos mínimos: también deben salir a demostrar que sirven para algo. En el Día de la y el Investigador Científico, una investigadora del Conicet propone parar, nombrarse y hacerse las preguntas que el momento exige.

Por Emilia Schmuck

Contesto, tarde, un correo que se había traspapelado entre los cientos de intercambios cotidianos. “No te preocupes, yo también vengo atrasada con todo”, responde al rato una colega, “estamos laburando a destajo… como si tuviéramos plata para investigar”.

Cuando en agosto de 2023 Milei, antes de ser presidente, amenazó con cerrar el Conicet, pasamos a estar bajo sospecha y tuvimos que intervenir en la arena pública para defender lo que somos y hacemos con la tuya. Desde entonces, el desfinanciamiento del sistema nacional de ciencia y técnica no paró hasta llegar al mínimo histórico de inversión desde que existen registros. A la par, quienes todavía quedamos adentro, no dejamos de trabajar y además salimos a demostrar que servimos para algo.

Hablaré fundamentalmente de las ciencias sociales porque es el área que me toca de cerca. Creo que en los últimos años –no olvidemos, por favor, la gran pretemporada que significó el macrismo- fuimos entrenando nuestras habilidades para mostrar los hilos conductores entre los problemas con relevancia social y nuestros objetos de estudio. Pero si acaso las ciencias sociales y las humanidades pueden y de hecho sirven para muchas cosas, permítanme decir que su gracia pasa precisamente porque no sirven para nada; o bien: es muchas veces porque no sirven para nada que construyen grandes preguntas y verdades para comprender el mundo social. No sé si son tiempos para enredarse con juegos de palabras pero creo que no hay que perder de vista que el modo en que se construye la pregunta por la utilidad a veces nos deja desde el inicio en una posición un poco incómoda.

Incluso entre aquellas investigaciones que se proponen hacer diagnósticos precisos, pronosticar y proyectar en torno a determinado asunto que se considera de importancia estratégica, no se trata de una utilidad que pueda medirse con indicadores de rentabilidad de las inversiones públicas ni de forma inmediata. Además, a medida que la cosa se pone más fulera, cada quien va fundamentando que su investigación es importante para este mundo pero siempre alguien queda en peores condiciones para defender lo propio. Ahí, el último orejón del tarro es, por ejemplo, el muchacho que estudia masculinidades en la industria cultural y tuvo la idea de juntar los términos “ano” y “batman” en el título de un trabajo que, por el tipo de producción al que remite, dificulta ver la película completa de la que forma parte.

Si queremos encuadrarnos en un plan de marketing basado en la instrumentalidad, finalmente muy pocos quedaremos fuera del manto de sospecha, incluso en las otras áreas: es también más complicado visibilizar la importancia de la biología molecular que de las ciencias biomédicas que finalmente avanzan en un tratamiento contra el cáncer.

Aunque, digamos todo, siempre es más pintoresco un grupo de personas con guardapolvos en un laboratorio que la postal cotidiana que muchas veces construimos quienes hacemos sociales o humanidades. Somos, muchas veces, un grupo de gente tomando mate.

Quiero volver sobre este último punto para complejizarlo. Si acaso a veces nuestro trabajo intelectual implica que el cuerpo pase horas sentado frente a una computadora, en una charla o discusión grupal, también hacemos muchas otras cosas. Creo, entonces, que además de compartir con esmero los resultados de nuestras investigaciones y su relevancia, tenemos que comenzar a narrar lo que hacemos todos los días. Quitarle un poco el velo a lo que se construye como un asunto sospechoso y contar de qué se trata concretamente nuestro trabajo cotidiano.

¿Qué hacemos cuando investigamos?

La respuesta puede ser muy variable según la disciplina pero aquí retomaré brevemente el caso de quienes actuamos en el mundillo de los estudios antropológicos y la producción de etnografías. La forma en la que construimos nuestras preguntas y su desarrollo se toma muy en serio la experiencia y las perspectivas de las diferentes personas que forman parte del universo que investigamos, lo que estas personas hacen, lo que les pasa y dicen sobre lo que hacen.

Desde el inicio, entonces, necesitamos compartir mucho tiempo y recurrimos a diversas estrategias que se van armando y desarmando, por ejemplo en el propio caso, para comprender las experiencias de vida y las proyecciones sobre el futuro de jóvenes que habitan las zonas rurales en Entre Ríos: organizar un taller en una secundaria del campo, compartir quehaceres diarios junto a les jóvenes y sus familias, organizar actividades conjuntas a partir de necesidades que manifiestan, participar de relevamientos, discusiones y charlas al interior de las organizaciones en las que participan, trabajar con fuentes estadísticas o archivos familiares para entender los cambios productivos y en los desplazamientos espaciales con archivos familiares para entender la relación en zonas rurales.

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Foto: Emilia Schmuck

El proceso de trabajo implica entonces leer textos científicos y sumergirnos en discusiones teóricas pero también amasar esas discusiones conceptuales y producir nuevas a partir de la presencia prolongada en estos mundos, que son y vamos volviendo más o menos cercanos al propio, y que construimos como nuestro objeto de estudio pero también como el material con el que trabajamos.

En el camino, es fundamental el trabajo en equipos y la interlocución con pares de la académica que están trabajando sobre temas similares, por lo que organizamos y participamos de diferentes eventos científicos y, por suerte cada vez más, de encuentros con organizaciones sociales y referentes estatales que desde múltiples implicancias aportan la propia mirada (en nuestro caso, instituciones de educación secundaria rural, organizaciones campesinas, técnicas de agricultura familiar). Por esto mismo, la publicación de los resultados significa invertir mucho tiempo y esfuerzo en escribir textos científicos, aunque también estos resultados puede materializarse en productos artísticos o de comunicación de autoría individual o colectiva, que nos brindan una riqueza de elementos para describir en profundidad y así comprender y compartir con públicos no necesariamente expertos las singularidades de estos universos, así como lo que nos permiten decir sobre cuestiones más generales. ciencia

A la par de los propios proyectos, la evaluación de otras producciones científicas y el acompañamiento y dirección de investigadores en formación es una tarea que nos demanda muchísimas horas y no se reditúa aparte, tanto de tesis como de artículos académicos. Es lo que el sistema científico nos pide pero, además, lo que necesitamos hacer para producir conocimiento riguroso y validarlo colectivamente, para transmitirlo y resignificarlo entre generaciones.

Se trata de un aporte sustantivo a la formación de estudiantes de distintos niveles educativos que no necesariamente se vuelcan a la academia o al sistema público de investigación, al tiempo que aporta al funcionamiento de las universidades estatales, que tampoco están en un gran momento. Y aquí cabe aclarar que la situación de les docentes-investigadores que solo investigan desde la universidad pública es desde siempre más dramática. ciencia

Entre quienes todavía seguimos dentro del sistema, como decía más arriba, aunque el desfinanciamiento es escandaloso, todo este trabajo no mermó. Es por eso que a veces, cuando para continuar vamos sacando conejos de galeras que no sabíamos que existían, imagino a mi vecina diciendo: “¡mirá cómo se las ingenian, al final no hacían falta tantos recursos para investigar!”. Pienso que esta prepotencia de trabajo puede volverse peligrosa: hacer creer a quienes no conocen el sistema científico por dentro que, entonces, se puede investigar sin plata.

Hay quienes dicen que “los de sociales y humanidades” (o la mayoría de ellos) tenemos muchas desventajas pero quizás todavía contemos con mayores posibilidades para estirar el mango y usufructuar recursos propios (una forma simpática de decir: usar hasta romper la propia computadora, autoexplotarse un domingo para resolver cuestiones artesanalmente, arriesgar el propio cuerpo para trasladarse de cualquier manera a hacer trabajo de campo). Podremos seguir trabajando un rato más porque (algunos) no necesitamos gran aparatología, pero ya se van gastando los últimos cartuchos, en sentido metafórico y literal.

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Foto: Emilia Schmuck

En este contexto, aunque pueda sumar agobio, no creo que sea un problema tener que mostrar lo que hacemos, sobre todo porque cada día que pasa me convenzo más de que quienes preguntan no son solo bots, trolls o despiadados y confesos votantes de Milei. A veces es mi tía, tu prima, su cuñado, incluso una amiga orgánica que banca pero no termina de entender lo que hacemos o algún otro conocido que sigue haciendo el chiste sobre de qué corno trabajamos.

Con esto no me refiero a que tenemos que mostrar más nuestro trabajo o sus resultados a la patronal, que ya nos evalúa un montón a la hora de otorgarnos becas y a partir de proyectos e informes anuales o bianuales a quienes formamos parte de la planta estable. Artículos publicados en revistas, libros, partes de libros. Trabajos en eventos científico-tecnológicos, informes técnicos, desarrollos tecnológicos, organizacionales y socio comunitarios. Formación de recursos humanos en ciencia y técnica, participación en proyectos de investigación y desarrollo, participación en proyectos de extensión, vinculación y transferencia, comunicación pública de la ciencia. Evaluación de personal de ciencia y técnica, jurado de tesis y/o premios, evaluación de trabajos en revistas, participación u organización de eventos cientifico-tecnológicos, participación en redes temáticas o institucionales. Si llegaron hasta acá y no se saben de memoria estas categorías es porque tienen la fortuna de desconocer lo que es el SIGEVA: una plataforma que tenemos que llenar cada vez que pestañamos.

Conicet es una institución muy meritocrática que deja afuera a personas desde siempre. En estos últimos años de motosierra los méritos y las credenciales tampoco alcanzan: todes conocemos personas muy formadas gracias a recursos públicos, que han estudiado durante años para desarrollar saberes y una expertise en determinado tema y están a punto o ya se han quedado afuera. ¿Cuál es su destino? El desempleo, manejar hasta romper sus autos con una aplicación de movilidad, engrosar los escalafones de docentes mal pagos a la espera de que alguien se enferme demasiado y deba perder su premio, vender empanadas o buscar un destino afuera. Las historias de trayectorias truncadas son muy duras y con eso tendríamos para rato, pero no perdamos de vista que con ello se está interrumpiendo el rumbo hacia la soberanía nacional.

Eso que llamamos trabajo ciencia

Me cuesta pensar estos años como una oportunidad sin sentir que romantizo este desastre, pero además de valorar la existencia de espacios de trabajo en los que efectivamente la remamos en equipo, celebro que nombremos este día como una jornada de trabajadores de la ciencia. La duplicación de las tareas y presiones sin llegar a fin de mes y sus efectos en el cuerpo y la salud mental nos tocan a todes por igual, por lo que es inevitable pensarnos como trabajadores equiparando la propia lucha con las constantes urgencias del resto. Porque vaya si seremos de este mundo que también nos matan por ser mujeres, como sucedió esta semana con el femicidio de Silvina Drago, investigadora de excelencia, por parte de su marido. Además, singularmente por ser trabajadores del Estado, sufrimos lo que bien saben les docentes y profesionales de la salud, entre tantos otros servidores de lo público (y no solo a nivel nacional): la desacreditación, el desprecio, la sospecha, la amenaza permanente.

Frente a esto, ¿cómo seguimos defendiendo y visibilizando la producción científica de calidad sin borrar las huellas del contexto de producción que es cada vez más asfixiante?, ¿cómo politizamos el malestar, que crece y se traduce en padecimientos que a veces solo leemos a título individual?, ¿cómo zafamos del sálvese quien pueda y además de seguir haciendo mérito individual para no quedar afuera construimos estrategias colectivas, que visualicen la forma en que producimos conocimiento en grupo?

Si hoy y otros días les trabajadores de la ciencia hacemos paro quizás no tenga mayor repercusión inmediata en la vida de las mayorías. Sin embargo, es necesario parar, encontrarse, discutir, construir espacios de interlocución pública para amplificar nuestros reclamos laborales y hacernos estos y otros tantos cuestionamientos. Porque, como dijimos, si para algo sirven las ciencias sociales es para hacer y hacerse buenas preguntas.

*Investigadora del Conicet en el Instituto de Estudios Sociales (INES CONICET- UNER)

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