Edith

A Agus Misiak.
A Matías y Valentina Sánchez.
A Nicolás y Victoria Moretto.

Esta pequeña historia es sobre una niña que, no bien la sentaban en la puerta en el verano, con su pollerín con puntillas y un vestido verde agua de tela ligera, se sentía en armonía con el mundo. Dicen que mientras su hermana correteaba levantando el polvo de la calle, porque esto fue antes del asfalto, ella mantenía su torso erguido y una semisonrisa de Gioconda que la envolvía y quizá hasta la protegía de la mugre de afuera.

Como no quiso seguir estudiando, se fue a aprender costura. Y junto a su afabilidad casi permanente, existía una voluntad de hierro, de modo que fue la mejor. A las más pequeñas nos hacía de vez en cuando alguna ropita. Yo recuerdo un conjunto de piqué blanco, de falda al bies, cortita, y una especie de chaleco con escote en v abotonado con perlitas. Y un saco imitación gamuza, color tabaco, con dos bolsillos y un cuello soñado. Y le hizo el vestido de novia a la Susi. Y se bordó todo el ajuar de novia cuando se casó, porque el punto sombra le salía como debía salir desde sus manos tan blancas y tan delgadas, que revoloteaban sobre las telas, tensando los hilos con delicadeza, “hay que saber usar el dedal” me instruía.

Un tiempo después de casarse, armó con su esposo una empresa de comidas de fiestas y fueron comprando lentamente los platos blancos y los manteles y los hornos y las copas que alquilaban, también, cuando podían. Y fueron armando una familia, con el varón y la nena y el bullicio de los amigos que se hacían en el trabajo y en el barrio. Allí demostró una energía privilegiada porque no tenía problemas en organizar y dirigir donde su marido flaqueaba por tierno.

No importaba cuánta gente llegaba al banquete. La sartén era muy grande y ella iba arrojando bifecitos de lomo que chisporroteaban en el aceite, mientras distribuía pimienta negra con sonrisa y mano firme: están todos invitados.

No solamente disfrutaba de ponerse ropas regias, con brillos y encajes si era necesario, sino que también, como buena turca, adoraba los anillos y las pulseras y los collares, así que, cuando entraba a un lugar, vos volvías a ver que, bien vestida, se encontraba en contundente armonía con el universo.

Era muy dulce y excesiva. Cuando nació mi hija fue la que estuvo al lado en esos primeros días de desconcierto, enseñando los primeros cuidados, la maternidad, planchando los pañales y las diminutas batitas sin perder la paciencia ante mis miedos recién estrenados.

Piloteaba situaciones difíciles con rara serenidad. El casamiento de su sobrino, la enfermedad de los viejos. Tenía una calma profunda y una ironía despiadada. “¿Venís a visitarme y no te traés ni un alfajor?”.

Cuando se enfermó, cayó en una depresión irreversible. Justo cuando se fractura el fémur derecho, muere su marido y ella debía ignorarlo hasta que saliera del sanatorio. De modo que entonces, ya no hubo retorno.

Esta es la pequeña historia de una niña que murió hace unas semanas, a los 74 años.

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