Cuando por fin te animás a probar

Cuando por fin te animás a probar

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¿De a cuántos? ¿Con quiénes? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para qué? Cuatro jóvenes que practican el amor libre ofrecen sus miradas y tratan de desmitificar el relato de la pareja romántica.

Probablemente habrán escuchado hablar del amor libre. Quizás se hayan preguntado qué es, cómo funciona una relación así, qué diferencia tiene con los vínculos “normales”, si se basa en la obligación de tener lazos promiscuos, poliamorosos, si esos encuentros por fuera de la pareja se consensúan o simplemente pasan sin regulación alguna.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor libre?

Empecemos por lo básico. Cuando hablamos de amor libre nos referimos a una diversidad de prácticas y teorizaciones que implican poner en cuestionamiento la normatividad de las relaciones interpersonales. Según Fausto Botta, activista del amor libre en Santa Fe, este tipo de relaciones implica, como base, cuestionar los celos. Botta afirma: “Es fundamental descartar la idea de que los celos son amor, porque en realidad son una forma de control posesivo, de violencia simbólica, que surgen fundamentalmente de la desconfianza en el otro y de la inseguridad en uno mismo. Esto es producto del amor capitalista, que es amar a cambio de algo”.

El amor libre trata de buscar nuevos paradigmas en los vínculos personales, pero para regularlos de formas democráticas, éticas y transparentes. No desregularlos. Hay una idea de que el amor libre es relacionarse sin reglas y sin contratos, pero eso es acorde al amor neoliberal.

Para Botta, en el amor libre, lo más frecuente son las relaciones abiertas consensuadas, donde hay una pareja jerarquizada que se plantea la no exclusividad. Aunque cada relación se constituye de manera diferente, los ejemplos más frecuentes son los siguientes:

• Parejas que tienen un vínculo exclusivo pero se reservan la apertura a casos especiales. Cuando aparece esa persona, se habla y se llega a un acuerdo. Esto puede salvar rupturas por deseos pasajeros, en relaciones mucho más trascendentes que ese deseo.

• Otras parejas se dan un permiso tácito y prefieren no enterarse si la otra persona está con alguien más. Esta forma no trabaja los celos y la inseguridad propia. Pero puede servir como fase gradual hacia algo más abierto.

• Hay casos en que dos personas tienen un vínculo jerarquizado, pero sin restricciones en sus vidas sexuales. Pueden hablar abiertamente sobre otros vínculos, como con cualquier amigo. Incluso, los terceros pueden llegar a conocerse y tenerse afecto.

• En casos más aislados, más de dos personas forman vínculos amorosos entre sí, de forma sostenida y consensuada, incluso conviviendo. Esto se suele llamar relación poliamorosa. Una persona es poliamorosa cuando se considera emocionalmente capaz de tener este tipo de relaciones.

Promiscuidad y estigmas

Muchas personas no eligen su forma de relación porque ni siquiera consideran que hay otras opciones. Esto quiere decir que hay una forma de amar que es hegemónica –el amor romántico– y que está naturalizada en la sociedad como la única y correcta.

Según Botta, existen formas normativas y no normativas, pero ninguna de esas formas son naturales sino que todas están ahí para estudiarlas, verlas y elegirlas. “Cuestionar las formas normativas y naturalizadas es politizar. Y amar de formas no normativas es amar contrahegemonicamente. Justamente por esto es que decimos que todo lo que está normativizado responde a una forma de ejercicio de poder que hoy está obsoleto”, asegura Botta.

En nuestra sociedad, se suele relacionar lo normativo con lo correcto. Y las alternativas a “lo normal” se toman como transgresiones. Para Botta, “la promiscuidad es la forma estigmatizada por excelencia, debido a la moralización normativa que hay sobre los vínculos personales. Una estigmatización que responde a lógicas antiguas. Si uno se quiere poner en ese lugar, sería una sociedad en la que no tenés métodos anticonceptivos, ni productos que te protejan de las enfermedades de transmisión sexual; tampoco tenés forma de saber quién es el padre de un hijo o hija. En un mundo muy materialista, en el que lo importante es la herencia, principalmente en las esferas sociales más poderosas, se entiende que la cultura haya estigmatizado la promiscuidad sexual para proteger esos intereses económicos”.

Cuando se habla de promiscuidad, muchas veces la sociedad estigmatiza mucho más a las mujeres que a los varones. En ese sentido, los hombres tenemos muchos privilegios de los que hay que ser conscientes, para acompañar a luchar contra esa estigmatización absurda, moralista y patriarcal que se tiene sobre las libertades sexuales de las mujeres. “Que un varón hétero le diga a otro varón hétero que su pareja está con otros hombres, implica enfrentar un montón de prejuicios. En el caso de los varones, el machismo te pone en la situación de ‘cómo permitís que tu pareja esté con otros’. En términos vulgares, otro chabón te dice: ‘cómo dejás que te cojan la mina’. Te cojan, como si fuera tu posesión. Si alguien más accede a esa persona, le está quitando valor a algo que vos poseés. En una realidad cultural en la que valemos por lo que poseemos”.

Dos experiencias libres

Luciana tiene 21 años y vive en Paraná. Practica el amor libre y no tiene una pareja estable.

“Lo que me llevó a querer experimentar el amor libre fue el hecho de deconstruir el romanticismo”, cuenta Luciana. “Yo tuve experiencias heterosexuales durante toda mi adolescencia, que se enmarcaron en los cánones de relaciones monogámicas. Terminaron siendo tóxicas debido a la herencia del romanticismo que se alía al patriarcado. Creo que el amor libre fue el lugar en donde descubrí que podía ejercer mi libertad a partir de la deconstrucción. Conocí el amor libre por una pareja: yo empiezo a salir con el pibe y después salgo con los dos y me hago amiga de la chica. Finalmente, dejé de salir con los dos y sigo siendo amiga de ellos. Ahí me di cuenta de lo bien que me sentía, libre y cómoda, y de que me gustaban dos personas que eran distintas y que eran de géneros diferentes. Simplemente, me llevaron a aceptarlo y animarme a probar algo que no había probado, porque sencillamente se reduce a eso. En realidad las pulsiones sexuales no son heterosexuales, fueron moldeadas durante tu vida por los patrones culturales y en el momento en que vos te das cuenta de eso, te dejás de reprimir. Esa es la libertad del amor libre. Es un lugar de mucha sinceridad. Entendí que sí me podía gustar una mujer, pero no todas. Si bien tenemos una tendencia a que nos gusten un tipo de personas, claramente esa inclinación es cultural. Yo creo que a uno le gustan las personas. A vos te gusta alguien porque compartís ciertas cosas y después ves si tenés atracción física. La sexualidad no es una pregunta que necesite hacerme. No creo que me determine en algo. Cuando siento algo por alguien, no puedo explicarlo en términos de binariedad. No se remite a lo biológico”.

Agustín, 21 años, y Dafne, 22 años, viven juntos en Paraná. Son pareja hace dos años y desde entonces practican el amor libre.

—¿Cómo es construir una relación libre? ¿Qué diferencias ven con relaciones anteriores?

—Agustín: He tenido relaciones que no han sido libreamorosas y creo que lo que prima en el amor libre es querer que el otro no se limite con uno, sino que pueda cumplir todas sus fantasías y deseos. En ese sentido, creo que lo que nos pasa constantemente es que nuestros celos y nuestras inseguridades se nos meten en el camino. Muchos piensan que cuando emprendés una relación de amor libre vas a dejar los celos de lado, de un día para el otro. Firmo acá y listo: no siento más celos. Ojalá. Es lo que todos quisiéramos. El amor libre es un camino en el que uno tiene que ir desprendiéndose de ciertas cosas: reconstruyéndose, viendo qué hay detrás de esos sentimientos que terminan siendo insalubres. Uno lo que intenta es encontrar dónde están las causas para poder combatirlas. Pero nosotros, como relación, lo cierto es que no hemos tenido experiencias poliamorosas, aún.

—Dafne: En realidad sí. Porque cuando arrancó la relación, ya estábamos con otras personas y lo último que se nos ocurría era dejar de estar con esas personas. Nos fuimos conociendo, viéndonos cada vez más seguido, pero seguíamos estando con otros. Hasta que llegó un momento en que nos dimos cuenta de que no estábamos más que con nosotros. Si alguno de los dos hubiera dicho que quería seguir teniendo relaciones con otros, hubiera estado todo bien. Pero se dio que estábamos los dos en la misma. Lo que no quiere decir que más adelante volvamos a probar estar con otras personas, mientras seamos compañeros. Nosotros pensamos que si vos necesitás salir, estar con otra persona, tenés que hacerlo. Por ahí volvés renovado o no, pero es algo que necesitabas. Es dar la libertad de probar lo que quieras.

—¿Cuáles son las diferencias con el amor romántico?

—Dafne: Desde que somos chicos te machacan con el amor romántico. Te la pintan que hay una persona que va a aparecer y va a ser perfecto para vos, se van a complementar y va a ser tu media naranja, cuando en realidad somos todos diferentes y nos podemos complementar bien o mal. En el amor romántico pensás a tu pareja como posesión: es quien te va a acompañar a todos lados, la persona con la que vas a tener hijos. Todo lo vas a hacer con esa persona. En el amor romántico se prohíbe el deseo por otros, fuera de la pareja. En cambio, existen otro tipo de relaciones en las que podés tener otros vínculos en el medio, consensuados entre los dos. El amor libre te permite eso: plantear cosas fuera de lo convencional. Pensar en que a la otra persona no le puede parecer dañino, sino que puede tener ganas de experimentar también.

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