Martita

A Nieva lo veo cada muerte de obispo, aunque siempre es fiesta, y estuvimos juntos anoche. Le dije lo que siempre le digo a Juan: cuando veas que lo que escribo se vuelve horrible, me decís. No quiero ser una vieja estúpida que escribe en una revista de jóvenes porque sí, porque ellos me aprecian, tienen cierto cariño hacia mí; años de quererse, bah. Pero estoy en una edad en que me pasa lo que nunca, mirá: hay cosas que me dan miedo. A esta altura mi pensamiento va más lento que de costumbre, que nunca fue, precisamente, un corredor de fondo. Así que, a fuerza de sufrir las cachetadas de realidad que me propinan mis seres queridos más jóvenes, he tenido que aprender cosas básicas como “feminismo”. Y tampoco es que he aprendido, ah, cuántas cosas. Hay misterios de la vida que nunca vamos a entender y, en el devenir de esta última frase se me aparece una que siempre está latiendo aquí adentro: las cosas son como son. Y si algo sé de mí es que cuando no esté alguien va a decir lo justo y lo preciso: era una persona afectuosa. Por lo menos, es lo que me gustaría.

Aunque sé que no soy una buena escritora, y esa certeza no me va a impedir seguir escribiendo por ahora, acepto, entonces, este destino tan pegado a los libros que siempre me deja perpleja, con relativa tranquilidad. Pero hoy esa certidumbre me molesta, porque querría escribir algo como Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejía. Querría escribir una elegía profunda, que pueda transmitir ese total de sentimientos que experimento en el cuerpo pensando en la pérdida de Martita Torti. Me gustaría ser capaz de poner en palabras qué fue para mí su presencia tenue y poderosa en un momento de mi vida en que sólo aspiraba a la libertad y al amor.

Me gusta conversar de lo que sea. Ahí te sentás frente a frente a una amistad, a un amor, a un conocido y fácil me resulta cruzar ideas, pensamientos, tonterías sobre casi cualquier tema que no sea boxeo o espíritu. Juan hace al asado y se acerca Nieva y capaz que cambiamos palabras sobre la fuerza de gravedad y hago un comentario sobre una película sobre Einstein y cómo modifica la concepción de Newton y todos sabemos que no tengo conocimientos sobre este punto pero es mi costumbre hablar de cosas curiosas que me impresionan y todos sabemos que sólo significa estar juntos al lado del fuego y sentir ese calor.

Con Martita –Martincito, le decía a veces y ella a veces me decía Negro– no había grandes charlas. Era esa proximidad de vivir en la misma casa, tener veinte años y cruzarse en la cocina, en el patio, en el baño –nos juntábamos muchas veces en el baño y, mientras una se pintaba los ojos, otra se bañaba y otra se sentaba sobre la tapa del inodoro y pasábamos revista a todas las cosas excitantes, divertidas o pavotas que hacemos las mujeres a esa edad. Era, decía, estar cerca y reconocerse. Yo me levantaba tarde, como siempre, y aparecía en la cocina mientras ella preparaba unos zapallitos antes de salir al trabajo, y nos sonreíamos, y  me decía con esa voz pequeña: ¿Agrego un par de huevos, Mari?, porque a veces no iba al comedor universitario.

Al contrario de Estela –las hermanas siempre nos contrariamos– que era pura pasión, toda oleaje y turbulencia, Martincito era como un lago en calma. Siempre juntas, las hermanas se iluminaban mutuamente en un juego de contrastes coincidentes en la generosidad.

Es que en esa casa todo se compartía. Era una auténtica casa solidaria y comunista; hoy se puede decir que practicábamos una sororidad avant la lettre. Colonia La Franco de un litro para todo el mundo. Ahí salíamos con el mismo aroma, “con notas de azahar, rosas y patchulí” : tanto las chicas (Cheli, Susana, Marta, Estela, Laura, yo) como los chicos (el Turco, Oscar, Carlitos) y un montón de otrxs que no eran parte del elenco pero muy cercanos a algunx. Martita era una de las tres que tenían trabajo estable. Susana y Estela, las otras dos. Y con lo poco que aportábamos las otras tres, íbamos tirando en tiempos en que comprar libros, ir al cine y tomar vino era cosa de todos los días.

Yo usaba fervorosamente su bicicleta. La adoraba. Y cuando entraba a la casa llevándola de los manubrios, a veces me decía: “Mari, me prestarías mi bicicleta?” Y acentuaba la palabra “mi” con suave ironía. Que yo recuerde, jamás hubo ninguna agresión, ninguna amargura, ninguna incomprensión.

Y se murió como ella era, la semana pasada. Con la misma serenidad. En un día, de golpe, sin quejarse, como se cae un árbol gigante en la tormenta.

Todo el amor. Todo el dolor.

 

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