El día en que instalaron un teléfono fijo en mi casa, todos nos quedamos mirándolo como si un ovni hubiera aterrizado en el living. Hubo un momento en que recibir una llamada telefónica era un acontecimiento. En mi barrio, no todos tenían uno, y las familias privilegiadas que podíamos darnos ese gusto se lo prestábamos a las demás. Algunos vecinos entraban a usar el teléfono en casos de emergencia y todos escuchábamos pedazos de sus vidas. Antes de irse, dejaban a veces unas monedas para pagar su llamada. En esa prehistoria, el teléfono era la posibilidad de estar en contacto con el universo.

Con el tiempo el teléfono se volvió un objeto común. Con mis amigas del barrio nos llamábamos de una casa a la otra. Estábamos parados a menos de treinta metros de distancia, pero era más cómodo levantar el tubo. Cuando iba a la primaria, se había popularizado entre los chicos el número de una mujer, la señora Lamagni. Decían que estaba loca. La llamábamos a cualquier hora y cuando nos atendía le decíamos “vieja loca”, entre risas. Ella nos puteaba. Hoy pienso en el martirio de esa pobre mujer, en sus días arruinados por una cadena de chicos idiotas.

Llamar y cortar, ese fue otro uso importante del teléfono. En la época en que me enamoré de J., lo veía salir de la discoteca en su moto. Corría hasta mi casa, calculaba el tiempo que le llevaría a él llegar a la suya y llamaba al fijo a las seis de la mañana. Siempre atendía. Solamente su “hola” me producía una sensación de cercanía tan fuerte que tenía que cortar. Ahora que lo pienso, tal vez ni siquiera era él el que hablaba, tal vez era su padre dormido o su madre afónica. Cuentan que Alejandra Pizarnik llamó una vez a las cuatro de la mañana a la casa de su amigo, el profesor y editor Enrique Pezzoni, y cuando atendió su madre, Pizarnik le dijo: “Su hijo es puto”. Tiempo después, Pizarnik tuvo una relación rara con Silvina Ocampo. Dicen que las dos usaban el teléfono, pero no para hablar: se escuchaban las respiraciones, cada una con el auricular en una mano.

En La rama de Salzburgo, uno de los tomos de su autobiografía, Victoria Ocampo cuenta su historia de amor con Julián Martínez. Se conocen Roma, ella una mujer recién casada y él un galán. Cuando se reencuentran en Buenos Aires, el marido de Victoria recibe un anónimo alertándolo sobre el engaño. Ella se desespera y decide llamar a Julián por teléfono. “Lo llamé desde la florería de Chauvin, entre flores, en la calle Esmeralda”. A partir de ese momento, el teléfono los une. Leían los mismos libros, a la misma hora, y los comentaban después en sus llamadas. “Alguna vez nos dimos cita en una librería, para vernos de lejos. No nos saludábamos. No íbamos más allá de la mirada. Yo le decía a J. (habíamos empezado a tutearnos): ‘Me parece que jamás podré hablarte sino por teléfono. Cuando te veo, estoy delante de un desconocido. Tengo amistad con tu voz solamente”. Tiempo después, los dos se encuentran en un departamento casi vacío, donde no hay ningún teléfono.

 

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