Lo lúdico, lo viejo y lo nuevo conviven en la Casa Cingolani, una edificación de más de cien años.

Abril se abrió paso con un sol cálido en una tarde no tan inquieta en un rincón de barrio Candioti. La fachada del viejo edificio habla de un estilo arquitectónico, del sello de una época y de un patrimonio histórico. Las escaleras conducen al primer piso de la flamante Casa Cingolani Espacio Artístico Cultural, emplazada en Belgrano 3284. En las paredes, se lucen fotografías y pinturas. Clara Portilla será la guía de la recorrida por los distintos espacios que conforman el remozado lugar que, hace algunos años, se hiciera público por un envenenamiento masivo de gatos.

El Art Nouveau es el estilo que ostenta la edificación de 1914, se evidencia en las puertas y ventanales. El 4 de abril, esas características, esos elementos y ese pasado volvieron a tomar sentido. Ese día quedó inaugurado el Centro que, a su vez, es el resultado de una búsqueda. Portilla es profesora de danzas árabes y conducía una escuela en las inmediaciones de Obispo Gelabert y Urquiza. En cierto momento fue urgente “salir a buscar otro lugar”. Y como suele ocurrir con las búsquedas, se abrió una puerta insospechada. “Nuestra idea siempre fue tener un espacio que tenga vivienda y comercio. Y buscando, apareció en una web y decía ‘Casa Cingolani en alquiler’. Pensé ‘Deben pedir fortunas’. Cuando vine me encontré con que esta casa estaba hecha pedazos, en realidad estaba en reconstrucción a cargo de los dueños, un grupo inversor. Era el abandono total, pero cuando entré me brillaron los ojos y dije ‘Este es el lugar’. Con mi marido, que es músico, siempre hablamos de tener un centro cultural”, comentó.

Para esta pareja de creadores, la ciudad necesitaba contar con un ámbito artístico que no fuera “inaccesible” para quienes desean llevar adelante sus actividades. “Para alguien que recién empieza es muy difícil. No se puede alquilar un teatro a 15 mil pesos por la cantidad de alumnos que uno tiene cuando recién empieza”. Así fue cómo surgió la idea montar “una sala teatral que tenga todas las condiciones que un artista se merece, con un escenario, un telón, luces, sonido y que sea un espacio reducido para la cantidad de público que maneja una persona que recién empieza”. De esa forma, el precio a cobrar también puede ser accesible.

La sala de teatro lleva el nombre Marilyn –en honor a la mítica actriz de Hollywood– y dispone de una capacidad para 80 personas. Malaika es el nombre de la sala de danzas, mientras que en una galería que permite ver la silueta de la ciudad se encuentra el “rincón turquesa”, donde “la gente que toma los talleres puede venir antes o después. Tiene un sillón cama, un ámbito lúdico” y es, también, lugar propicio para los juegos y la lectura. “Si bien en Santa Fe hay centros culturales y talleres, no hay un lugar para pasar el día, tanto para los artistas como para el público”, destacó Portilla.

En este contexto, se dictan diversos talleres a bajo costo que cuentan con un voucher de descuento para el consumo en la cafetería. “En el rincón turquesa tenemos el yerbero para que la gente venga y tome mate. La idea es que nadie pierda la posibilidad de tomar talleres por la situación económica que estamos pasando y pueda disfrutar del arte”.

Abierto a quienes deseen exponer sus obras y espectáculos, la Casa Cingolani propone talleres de danza contemporánea, flamenco, danzas árabes (incluido el profesorado, tutelado por la propia Portilla), tap (zapateo americano), bollywood (danza de la India), teatro para todas las edades, títeres, dibujo y pintura. A eso se suma Coparte, una opción para los que simplemente quieran pintar y, de paso, comer y tomar algo. El menú de opciones se completa con comic, cine, fotografía “para cualquier persona que quiera sacar una buena foto con cualquier dispositivo” y Abracaludia, un taller lúdico orientado para chiquitos desde los cuatro años, “donde pueden jugar con luces, pinturas, sombras y espejos”.

Otro de los atractivos es el cine bajo las estrellas que se desarrolla en la terraza, esa suerte de espacio encantador, rejuvenecido y colorido en el que mesitas de madera, sillones diseñados con neumáticos tapizados junto a bonitas plantas conforman el bar Bohemia. “La idea de este lugar es que sea descontracturado, abierto. Lo que se respira es arte, dejando atrás doctrinas. Queremos darle espacio a lo nuevo, a los nuevos artistas, a las nuevas modalidades y al nuevo público también”, insistió Portilla.

Antes y hoy

Cargada de huellas que dejó el paso del tiempo y símbolo de la inmigración, entre su piso de granito veneciano, sus aberturas, puertas, ventanas y vidrios tan rosáceos como lilas, la casona guarda un espíritu de época que se puede redescubrir a cada paso. La construcción estuvo en manos de Bautista Baroni en los primeros años del siglo XX por pedido de Enrico Cingolani, un italiano que, “desde cero”, echó raíces en estas tierras y fue hermano de Giovanni, un pintor que habitó en el primer piso. “Respetamos totalmente la historia de la familia porque nos sentimos identificados con esa historia. Por eso decidimos conservar el nombre y porque todo el mundo conoce este lugar como Casa Cingolani. Nos pusimos en contacto con la familia y, particularmente, con una biznieta de Enrico. Nos contaron que, en el primer piso, donde decidimos montar el escenario, un antepasado de apellido Abad, aficionado a la cultura árabe, se disfrazaba y bailaba árabe”. Uno de los planes al mediano plazo, justamente, es pintar en los muros del depósito de agua –ubicado en la terraza– un mural de los dos hermanos italianos cuyo apellido hoy habla del pasado y el presente de la ciudad.

Al margen de la academia

“Mi amor por la danza árabe nació en la adolescencia. En su momento residí en Estados Unidos y trabajé para una joyería de árabes libaneses. Venían del Líbano. Era todo, la música, la comida, los olores, la lengua. Ellos me enseñaron los primeros pasos. Cuando volví, descubrí que en este país la danza árabe está muy academizada. Empecé a estudiar en Rosario, en Buenos Aires y Paraná. Y decidí traer a Santa Fe el profesorado que no existía, con título privado. Empecé a dar clases de taller hasta que decidí formar mi escuela. Acá doy clases en los talleres de danzas árabes y el profesorado. Desde los cuatro en adelante se pueden tomar las clases”, relató Clara, quien no soslaya su orgullo por los logros alcanzados.

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