Operativo

Dos tipos aparecen de la nada y le cortan el paso, el sol lo encandila y Carlos Enrique está seguro de que le van a robar. Le piden el documento. Atontado y nervioso, revuelve sus bolsillos llenos de cosas. Uno de los tipos le saca el documento de la mano y se lo guarda. Carlos Enrique, desolado, ve otros dos tipos, que, apoyados en una camioneta, fuman y siguen la escena desde la vereda de enfrente.

Carlos Enrique está en uno de los asientos de atrás, la camioneta no lleva ninguna insignia. A su lado, un vendedor ambulante se lamenta en voz baja y en voz alta, pide por favor y la voz se le quiebra. Hace unos minutos les notificaron la situación, son testigos de un operativo antidrogas.

Hace menos de 6 horas, Carlos Enrique avisó a su trabajo que iba a hacer unos trámites a la mañana y que iba a cubrir el turno de la tarde, después se duchó y durmió un rato. Carlos Enrique es profesional y trabaja en un ministerio. Ahora ve cómo la camioneta lo desvía definitivamente de sus obligaciones y no termina de asumir la escena como real.

Vuelve a escribir a su trabajo comunicando los nuevos sucesos y ve los mensajes que anoche, muy tarde, le mandó a su ex pareja. Entrecierra los ojos y siente un latido pesado, un martillazo constante en la cabeza y una bola de fuego que le sube desde el estómago. Hace señas, se detienen, vomita en la calle. Los gendarmes hacen bromas, pero en tono amistoso. El vendedor ambulante ya está más tranquilo.

Son dos gendarmes de civil, escuchan Bersuit Vergarabat, cuentan que son correntinos, que siempre los trasladan, para mayor seguridad y transparencia. El vendedor ambulante, ya de mucho mejor ánimo, hace preguntas con curiosidad sincera; Carlos Enrique no habla. Los gendarmes cuentan, por ejemplo, que la cocaína de mejor calidad tiene olorcito a caca, porque la trafican en el estómago.

Llegan a una barriada de la costa con calles de tierra, zanjones y yuyales. El plan es vigilar un búnker y filmar hasta que alguien compre algo. Por la radio, una voz agitada avisa que están siguiendo a dos sospechosos en bicicleta, la camioneta dobla y acelera. Son dos chicos de unos doce años, los revisan, uno tiene un cuchillo de cocina, dice que es para defenderse. Se lo sacan y no les encuentran nada más. Hasta que un gendarme sopla por una de las puntas del manubrio de la bici y de la otra cae una bolsita de nylon. Carlos Enrique siente pena por los chicos, pero también alivio: fin del operativo, piensa.

Uno de los dos pibes se hace cargo y al otro lo sueltan. De vuelta, los gendarmes siguen contando detalles de su trabajo; mañana, con una orden, van a allanar. El vendedor ambulante pregunta si los narcos no van a saber que estuvieron ahí y si no van a limpiar todo antes. Hay un silencio breve; uno de los gendarmes responde que sí, que casi siempre pasa eso. El regreso resulta interminable para Carlos Enrique.

En Gendarmería, el chico dice que no recuerda su dirección ni número de documento y que sus padres no tienen teléfono. Abren la bolsita para hacer el análisis, ahora el polvo blanco se va a poner azul, anticipan, no sin cierto entusiasmo. El polvo es más bien amarillento y luego de la mezcla asume un color tenue, forzosamente celeste. Carlos Enrique firma rápido todos los papeles, guarda su documento y siente un leve mareo y flojera en las piernas. Pide para ir al baño, saca del bolsillo un papel satinado que le quedó de anoche, lo desdobla con torpeza y se lo toma de un solo saque. Sale a la calle con paso firme, mira la noche y sus luces, la luna es blanca, el cielo es azul oscuro. Piensa que debería comer algo.

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