Pintura rupestre

Un amigo viajó al norte del país durante sus vacaciones de invierno y visitó las cuevas pintadas de Guachipas. Contrató a un guía con sombrero que viajó con él en su auto y lo llevó después a pie hasta un lugar que parecía intrascendente. Entraron en una cueva y el hombre lo invitó a acostarse en el suelo bocarriba. Entonces, ante los ojos de mi amigo, apareció el universo de un pueblo originario, pintado sobre una formación geológica del periodo cretácico: chamanes, guerreros, cóndores, llamas y jaguares, los vestigios de ese mundo antiguo. Todo eso desapareció, menos los trazos sobre la piedra.

En la casa en la que crecí hay un baño que nunca se terminó. Formaba parte de ese hogar que imaginaron mis padres pero, como suele pasar, las cosas no respetan la imaginación. Al igual que ese baño, la familia quedó inconclusa: perdió algunos de sus integrantes. El cuartito estuvo abandonado durante años, con su ventana de vidrio amarillo, que transformaba la luz del día en un barniz que lustraba todo. La habitación tuvo, sin embargo, otros usos.  Fue la guarida de mi hermano mayor y sus amigos, quienes una vez iniciaron un incendio mientras jugaban con unas velas. Mi mamá apagó el fuego a baldazos y el olor del humo persistió durante días. Años después, el lugar fue el bunker de los hermanos menores. En ese cuartito escribí unos poemas barrocos que terminaron en la basura, y leí con devoción Los alimentos terrestres de André Gide, fascinado con frases como: “Que la importancia esté en tu mirar, no en la cosa mirada”, pero sobre todo una frase que me persiguió durante años y se instaló en mi cabeza como una especie de máxima personal: “Nataniel, no prepares ninguno de tus placeres”.

Finalmente, el baño postergado se hará. La grifería está en su caja y hay un inodoro blanco en el living, como el ready-made de Duchamp. El cuarto está vacío. Esta mañana me desperté, y un poco dormido, entré después de mucho tiempo en ese lugar. Descubrí con sorpresa una pintura sobre la pared. No la recordaba y verla ahí, intacta, fue como recibir un golpe del pasado. Es una pintura extraña, hecha por mi hermana cuando era adolescente. La imagen parece arcaica: un animal salvaje, con dientes y una cola enrollada, crispado sobre el cemento. Nuestra propia pintura rupestre, la que legamos al porvenir. Puedo datarla, como los historiadores, de forma aproximada: 1997 o 1998 D.C. En esa época, en la casa proyectada por los padres, vivía una comunidad sedentaria de hermanos huérfanos. Ese animal fue un talismán: no simbolizaba lo que cazábamos para comer, sino lo que éramos: una bestia a la defensiva, lista para reaccionar a los ataques del exterior. En breve, unos azulejos impecables van a cubrir esa obra prehistórica y los nuevos integrantes de la familia se mirarán las caras en un espejo sin saber que detrás está oculto el testimonio de una tribu que logró sobrevivir en el tiempo.

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