Magnífico Alto Verde

Foto: José Almeida

Por Aymá Ramírez

En la Colonia Psiquiátrica de Oliveros funcionaba un taller literario, y en ese taller dos escritores destacaban. Primero por la calidad inobjetable de su producción, y además por componer un dúo de larga trayectoria en medio de la constelación cambiante de alienados; la que incluye a algunos internos y por supuesto a casi todo el personal de la Colonia. Se llamaban, o se hacían llamar, Monauti y Cajonardi, y andaban invariablemente juntos; en el patio de los limones, en el comedor o en el Centro Cultural, al que ellos llamaban La Capilla. De ese lugar eran los verdaderos parroquianos, puesto que, como ya dije, tanto pacientes como terapeutas y talleristas pasaban por temporadas más bien breves, y más breves en comparación con los decenios de los que ellos podían dar cuenta. Cajonardi y Monauti tenían un registro detallado de esa historia, hecho de fotocopias empaquetadas con cordones y de sus memorias hiperrealistas, lo cual tendía a imponerse como coartada para hacer prevalecer sus razones. Que había que leer a tales autores y no a tales otros, que tal ejercicio era aburrido y tal otro indispensable, y así por horas, demostrando cada vez un acuerdo instantáneo entre ellos y haciendo más intrincado mi trabajo. Algunos de los participantes del taller escribían algo pero no hablaban; otros tenían dificultades para escribir, ya derrumbados por las drogas y el encierro; algunos parecían felices, ocurrentes; y estaban Monauti y Cajonardi.

Un motivo discreto, vinculado sin más a mis dificultades económicas, me había llevado a coordinar ese taller literario, recóndito si los hay, del cual algunos esperaban creo que ingenuamente beneficios terapéuticos, y que era en realidad un delirio potenciado. No es que me faltaran buenas intenciones hacia la locura, que ahora sé que también es mía. Me sobraban buenas intenciones hacia la salud mental, hacia la salud sexual y reproductiva, hacia la salud imaginaria, qué se yo… Me sobraba todo eso. Pero llegué hasta ahí porque lo que me faltaba era guita, billetes periódicos, una cantidad regular que me permitiera seguir costeando los aumentos de alquiler del pasillo alegre en el que sobrevivía, y de lo poco que comía, y de los libros que a veces no podía dejar de comprar. Aún así, como si hubiera un imán, cada una de las veces que viajaba hasta el ruinoso cotolengo, situado en el extra radio de un pueblo del extra radio de Rosario, meditaba nauseosamente la posibilidad de morder banquina más de la cuenta y terminar yendo a vivir con mis alumnos del taller. Mis relaciones laborales, incluyendo la que tenía con el psiquiátrico consistían en contratos breves y precarios. Tenía que soplar la vela del barquito hasta conseguir un cargo, ya que, comparado con mi recaudación como maestro remplazante de Lengua, este trabajo era como el de pescar centollas; viajabas lejos pero así y todo ocupaba menos tiempo de tu vida, era bastante más peligroso, y te pagaban muchísimo mejor.

No podría decir que entablé amistad con Monauti y Cajonardi, porque a ellos parecía alcanzarles con el vínculo que tenían entre sí, mientras que al resto del mundo le dedicaban una desconfianza pura y permanente. Sus gestos menos esmerados lo decían.. “bueno, juguemos a que hay algo real, como que hay una inteligencia capaz de contenernos más allá de nuestro seguro amor, pero todos, todos sabemos que tal cosa no existe”. Creo que esos eran sus pensamientos íntimos, si es que yo logro traducirlos. Sin embargo, esta actitud no implicaba antipatía, y solíamos quedarnos algunas tardes después de hora, charlando y tomando mates cuando el resto del grupo se dispersaba entre los senderos de tierra o amuchaba dentro de los pabellones.

Ambos, pero sobre todo Cajonardi, tomaban mate y fumaban desde la primera a la última respiración del día. A veces preparaban un mate que no era ni caliente ni frío, cebado sin termo, con una botella de plástico común y agua a temperatura natural. En esas vueltas yo declinaba con disimulo y ellos me devolvían una mueca impulsada otra vez por su resorte de infatigable indulgencia, como diciéndome “no importa, juguemos a que estás acá compartiendo este presente con nosotros, eso nos entretiene a todos pero… hasta el más idiota se da cuenta de que esto no es cierto”.

Debo reconocer que pretendí conseguir alguna dosis de admiración o al menos una aprobación no tan condicional por parte de este dúo de escritores, y que pasado un tiempo llegué a intentarlo a través de estrategias totalmente obvias. Y tengo que admitir también que aunque alcancé realmente a obsesionarme y que este se volviera mi único propósito real en el taller, estoy seguro de no haberlo alcanzado. O lo alcancé a tercios y sólo hacia el minuto final de mi trabajo en la Colonia. Final sobre el que contaré enseguida.

Al ninguneo histérico que había sufrido siempre por parte de los artistas y los dueños de medios culturales de mi ciudad ya me había acostumbrado, pero la de Monauti y Cajonardi era una displicencia tan distinta, tan gratuita y llena al mismo tiempo de ecuanimidad, que me hacía sentir el rigor de la insignificancia. Llegué a buscar en ellos algún reflejo de mi existencia, y este se volvió, más que antes, lejano.

Empecé a hablar sobre el tema con una chica que por entonces quería confundir mi corazón y, o, también, empezar a contarme las costillas. Una joven anestesista de sutil belleza y gran confianza en sí misma. Me escuchó en varias noches, por lo demás apasionadas, repetir mi queja, hasta que en una vez se cansó o no sé, y pasó a contestarme con unas deducciones perfectamente obtenidas y completas. Dijo que tal vez, si esos tipos eran tan buenos con la literatura, querían darme a entender que no necesitaban nuevo coordinador para una actividad que ellos podían producir muy bien solos y hasta dirigir para sus compañeros. Después agregó, con mayor hondura, que yo tenía que dejar de canalizar mis inseguridades a través de unos pacientes psiquiátricos que, por lo demás, parecían suficientemente amables; y mucho menos debía intentarlo si eso implicaba desarmar un mecanismo ya cimentado en ellos, que probablemente era la única forma de defenderse que tenían: devolverle indiferencia a una sociedad para la que ellos eran los seres humanos que viven pero no existen o viceversa; que todo eso había que devolverlo de alguna forma, y que ahí estaba yo como representante de la sociedad y la cultura que los tornaba seres invisibles, mandándolos a vivir internados en una Colonia de las afueras de un pueblo fantasmal, a más de una hora de distancia de la ciudad iluminada en la que habían nacido.

Patrañas, pensé. El argumento era bueno, y podía ser muy válido incluso para el resto de los participantes del taller, o para todos los pobladores de la Colonia, o universalmente para todo hombre o mujer manicomializados, y más, pero yo creía estar seguro, al menos hasta entonces, de que esas consideraciones no pasaban ni cerca ni por dentro de Monauti y Cajonardi. Me pareció que esa chica no tenía idea de en qué conversación estábamos parados, o en qué taller literario estaba yo arrastrándome ni con quienes! Después de discutir ese asunto, en un auténtico mutuo acuerdo, decidimos dejar nuestra relación por un tiempo. Yo le parecía pedante y algo corto de inteligencia, y ella me parecía un poco insensible y vacía de intuiciones. Algo en sus argumentos me irritaba. Después de todo, tanto Cajonardi como Monauti hubieran podido expresar lo mismo que ella y todavía con menos disimulo. Eran tipos reticentes pero frontales, y aunque estaban físicamente muy deteriorados, con cierta decrepitud que volvía su edad incalculable, y aunque estaban desde hacía años rodeados de sufrimiento y de maquinarias médico-fascistas, estos hombres estaban lúcidos. Si no fuera por esa desconfianza inconmovible con la que se presentaban ante las personas y las cosas, y si no fuera por la recurrencia algo estrambótica de interpretar casi todo en términos de unas fuerzas, unas fuerzas que postulaban como entidades autónomas implicadas en lo peor y lo mejor de la vida, si no fuera por esas particularidades apenas irracionales, parecían dos tipos simples con una vida bien organizada. Quiero decir que no parecían algo así como enfermos, sino personas intuitivas con trabajos muy pesados, algo así como dos Antonios Porchia (dios me oiga) haciendo girar una palabra después de sus doce horas en el puerto. Su recurrencia sobre el tema de las fuerzas no parecía gratuita en ese sentido, pero trataré de dar una idea de eso más adelante. En definitiva, lo único que a mí me importunaba era que no aceptaran comulgar conmigo.

Una tarde en que me sentía ya demasiado inquieto con este asunto, decidido a entrarle al tema, fui directamente a preguntarles quién y cómo había sido, entre todos los que recordaran, el mejor coordinador de aquel taller literario. El mejor, dijeron, fue Iván, y ningún otro. No recordaba que lo hubieran mencionado antes. Puse cara de que ese nombre no me decía absolutamente nada, que continuaran explicándome.

–Iván Ilich, uno que estuvo poco tiempo, y lo que dejó escrito era tan laico que fue a parar a la basura. Un escritor de pocas palabras. Maravilloso. Como Cajonardi diría yo. En La Capilla no ha entrado mucha gente buena, y este, Iván Ilich, fue el mejor. Y eso que tenía dos cosas fuertísimas en contra; era de Santa Fe capital, y era psicólogo. Se diría que una excepción a ciertas fuerzas esenciales, algo raro.

–Rarísimo –acotó Cajonardi.

–Cierto, rarísimo. Era psicólogo pero era bastante inteligente, y tenía un talento de gran fuerza. No faltaba nunca al taller, y apenas entrar, nada más con bajarse del auto hacía que el mundo del hospital se moviera distinto, hasta las enfermeras malas, al menos por unas horas, se sentían mejores. Nunca volvió a asistir tanta gente a La Capilla como cuando él venía.

–¿Y por qué dejó de venir el tal Iván Ilich? –pregunté, con un asomo precoz de intolerancia. Me arrepentí. Simplemente tendría que haber seguido escuchando, pero me las hedió un poco el personaje; no sólo empezaba encarnando a un príncipe azul de los psiquiátricos, sino que además tenía nombre de austríaco célebre y de ruso imaginario.

–Todos encuentran sus razones para dejar de venir, salvo este. Podríamos contarle la historia, pero, la verdad, no estamos seguros de que pueda entenderla –se miraron levantando las cejas, y una sombra en la mitad de Cajonardi me hizo pensar que se venía un repliegue.

Les prometí que haría un esfuerzo por entender. También les dije que preguntaba por necesidad y no por capricho, que quería dejarles eso en claro, y que no me hicieran caso si les había transmitido otra cosa.

–Está bien. ¿Por dónde empiezo? –preguntó Monauti a Cajonardi.

–Empezá por el tema de los viajes, y el dinero.

–Iván Ilich viajaba permanentemente –empezó a narrar el que parecía más viejo–. Era de Santa Fe capital, como ya dijimos, pero todas las semanas viajaba a Buenos Aires, a veces hacía también algo en Rosario, otras veces tenía que dar una charla o encarar una compra importante en Córdoba o La Plata, o en alguna provincia de más lejos, pero todas las semanas, cuando volvía de Buenos Aires paraba en La Colonia para hacer el taller literario. Iván Ilich viajaba muchísimo pero no sabía lo que era el turismo. Siempre iba conducido por una fuerza como destinal, misteriosa, para la cual la contingencia y la necesidad eran exactamente iguales.

–Una fuerza laboriosa –acotó Cajonardi.

–Sí, una fuerza como de trabajo, pero al mismo tiempo venida de más allá, de algo original. Él estaba en continuo desplazamiento pero esto no parecía afectar su ánimo, bastante parejo para tratarse de un psicólogo, dispuesto a la creatividad, paciente, despreocupado. Eso sí, no cabe en absoluto una duda, no cabe duda alguna, de que era en su barrio de Santa Fe en donde él vivía de verdad, donde estaba en plenitud, mejor que en ninguna otra parte. Pero bueno, una fuerza lo llevaba a andar de aquí para allá buscando lo posible.

–Buscando recaudar dinero –apostilló Cajonardi.

–Es cierto, no hacía prácticamente nada que no le rindiera algún dinero, y al mismo tiempo vivía como un franciscano antes de Cristo, vivía como en la blancura. Nada que ver con usted, o con nosotros. Ivan Ilich ni siquiera fumaba.

–Era un pez dorado –propuso Cajonardi.

–Era en su barrio en donde realmente él vivía, pero no porque hubiera nacido ahí, ni por orgullo ni nada de eso, sino porque había decidido vivir ahí, en el barrio de Alto Verde. Ese barrio, por si usted no lo sabe, ese lugar que lleva un nombre tan sonoro, tan altivo, no es cuartel de la aristocracia sino un arrabal antiguo, que está ubicado, eso sí, en una zona esplendente de la costa, del lado Este, donde el río Paraná entra en la laguna Setúbal, es decir, enfrentado al resto de la ciudad en una especie de península. Iván Ilich había elegido tener su casa ahí exactamente por todo eso, por las personas de Alto Verde y por la ubicación estratégica. Era en ese barrio marginal pero enjoyado por la naturaleza donde él planeaba sublevar la existencia humana.

–Sí señor, y la inhumana.

Dijo Cajonardi, y se levantó bruscamente, como si alguien cercano pero invisible lo hubiera increpado. Dijo que quería ir a buscar agua caliente para el mate, y empezó a caminar por el patio en dirección a la cocina. Mientras lo veíamos alejarse hasta un pasillo entre los pabellones, Monauti fue adoptando una actitud ensimismada, y así como había hablado casi sin parar y sin sacarme los ojos de encima, ahora se había puesto a mirar el horizonte en completo silencio, como si yo también hubiera ido a la cocina.

Empecé a sentir que otra vez me estaban por dejar afuera de la nave, otra vez haciendo dedo en la ruta por la que sólo ellos se iban y venían. Esto me puso otra vez impaciente. Traté de hacer alguna conjetura. Lo primero que se me ocurrió fue que Monauti no agregaba una palabra a lo dicho porque no quería hacerlo sin el compañero, o que incluso era incapaz, con sus palabras garantizadas por el diálogo con aquel ser único al que le concedía existencia irreprochable. Después pensé que Cajonardi se había levantado justamente para interrumpir la situación, porque no se sentía seguro de estar contándome, porque quería desviar las cosas. Pensé que se había alejado para darse tiempo y decidir sobre lo que se estaba precipitando. Cuando esta idea terminó de organizase en mi cabeza se la transmití a Monauti.

–Estaba pensando –dije– por la forma en la que acaba de irse Cajonardi, que tal vez él no quiera contarme ciertos detalles de la historia de Ivan Ilich. En ese caso no habría problema. Quiero que sepan que no me ofendo. O a lo mejor esté cansado, hoy trabajamos tanto en el taller…

–Cajonardi fue a buscar agua y viene –me contestó y volvimos a estar en silencio, pero al rato siguió diciendo- Eso sí, si no vuelve en dos o tres minutos yo también me voy, y olvídese de todo. Si hay algo que detestaríamos es contar dos veces esta historia.

Hice un paneo a nuestro alrededor y vi que la mayoría de los internos ya no estaban en los patios. Desde una ventana en planta alta, la directora del hospital y la profesora del taller de plástica nos estaban observando. Cruzamos miradas y se alejaron del vidrio haciéndose un comentario.

Desde una punta del patio de los limones apareció Cajonardi con su paso asimétrico. El termo cerrado bajo el sobaco y el mate en la mano del mismo brazo; en la otra traía dos gorras de visera. Cuando llegó le extendió una a Monauti, se puso la otra y tomó la palabra.

–¿Hasta acá tiene usted alguna duda?

La pregunta me produjo más escozor que otra cosa. En primer lugar no entendía por qué se ponían esas gorras justamente cuando el sol se estaba yendo y no soplaba el más mínimo viento. Por otra parte, no había entendido casi nada de lo que me estaban contando, pero quería disimularlo, y entonces dije que, aunque había estado yo muy pero muy atento, no me había quedado del todo claro para qué tanto viaje a Buenos Aires y a otras ciudades.

–Ilich era un psicólogo reconocidísimo, siempre le decían que era espectacular. Entonces empezó a trabajar en Buenos Aires para hacerse famoso y atender a personas famosas, del mundo del espectáculo o empresarios importantes, del jet set, con el único objetivo de ganar más dinero. Ahora Monauti se lo explica.

–Nunca mejor que usted –dijo Monauti mirando a su compañero–, pero es lo que me toca. Sí, Iván quería sublevar Alto Verde, y para eso necesitaba dinero. Entonces se convirtió en una especie de gurú para la farándula y la clase empresarial de Buenos Aires, y del país entero quizás. A veces incluso participaba en programas de televisión, porque ese era el mejor modo de aumentar su clientela. Les cobraba sumas indecentes. Pero siempre le agradecían, le decían que él les salvaba la vida y los volvía mejores. En realidad, lo que los ponía eufóricos era la posibilidad de alquilar la presencia de alguien como Iván, que era lo que siempre habían soñado y vuelto a soñar en su delirio capitalista. Esto no le producía contradicciones a Iván, porque para él cualquier persona merecía vivir y no sentirse abrumada, encontrar alivio. Si bien es cierto que con ese dinero a veces compraba armas, esas armas no querían ser disparadas, sino servir para la disuasión, llegado el momento, de aquellos que pretendieran entrar a Alto Verde.

–No sé si estoy entendiendo –dije.

–Se lo explico. La idea era cerrar el paso a la península de Alto Verde, y que la sociedad pequeña se reorganizara desde adentro. La idea, lo que se estaba organizando desde hacía años, era amotinar el barrio. Controlar el terraplén, los caminos de ingreso y una zona amplia de la costa. Para eso había que conseguir armas y también una cantidad enorme de provisiones; alimentos, ropa para los gurices que estaban creciendo y para que las mujeres estén cómodas, que la gente esté linda, había que acumular combustible, pañales, instrumentos musicales, libros, herramientas mecánicas, semillas, botes, y montones de cosas necesarias para resistir al menos un primer tiempo. Las iban juntando en unos galpones y en casas de vecinos. Porque Iván no estaba sólo en el proyecto, que aunque era clandestino involucraba a la mayoría de las personas del barrio, y también a otros compañeros que aportaban billete, sobre todo dos, que eran amigos de Iván desde la escuela, un muchacho y una chica joven. Él era peluquero y ella corredora de granos, ambos, al igual que Iván muy exitosos.

–Terriblemente exitosos, fiesta de oro –acotó Cajonardi, cuyas palabras y cuyos mates empezaban a desprender una intensidad hasta entonces desconocida para mí.

–Me parece raro  –dije– que a pesar de todo esto de la farándula y la fama yo no lo conociera a Ilich, creo que nunca escuché hablar de él.

–Usted debe ser el único –dijo Monauti con tristeza, y Cajonardi soltó una risa corta.

–Y otra cosa que me pregunto –me aventuré a decir en un asomo de fastidio–, es si este hombre, además de ocuparse de todo esto escribía literatura.

–Maravillosamente –sentenció Cajonardi– Iván Ilich era novelista y poeta, no cuentista como usted.

–Bueno –dije–, pensé que ustedes no tenían nada en contra de los cuentos.

–Mire usted, en eso no se equivoca.

–Ellos, Iván y sus amigos –prosiguió Monauti– no eran lo que se dice militantes, porque eso hubiera significado hacer las cosas más abiertas y tratar de ir cambiando la realidad en el día a día. Ellos trabajaban en otros lugares y llevaban las ganancias al barrio pero nadie podía tocarlas hasta que fuera el momento de sublevarlo todo. Simplemente estaban ahí, yendo y viniendo, yendo a comer a la casa de cualquiera, yendo desde hacía años a las fiestas de cumpleaños de toda la gente, de los chicos y las chicas jóvenes, organizando todo a partir de pequeños grupos. A Iván lo conocían todos, hasta los delincuentes y los narcos, que también estaban de algún modo al tanto del proyecto. En un momento los narcos le ofrecieron una alianza para cerrar el territorio. Pero él no aceptó, porque pensaba que ellos debían unirse al proyecto sin pretender ningún trato, cambiar su rumbo, y si no había que sacarlos también del forro del saco, igual que a la policía, para fundar la vida en el barrio de nuevo. Por eso el control de la frontera era tan importante. Hasta ese momento las cosas marchaban bien, no había temores ni parecía haber peligros. Iván y sus amigos caminaban llenos de una fuerza prístina por las calles verdes…

–Sí, las calles verdes y azules –acotó Cajonardi– las caminaban y las soñaban con una fuerza infantil.

–Las calles verdes y azules de Alto Verde –continuó Monauti– Esas calles de tierra y de barro entre las que podían verse gatos y perros y gallinas durante las veinticuatro horas totales, como centinelas. Únicas en el mundo, se diría, esas calles. Pero faltaba poco para que una fuerza oscura, más oscura y peor que la noche en los psiquiátricos, se metiera con el proyecto.

–Sí, cuando faltaba poco para pinchar la piñata –dijo Cajonardi, que otra vez parecía estar nervioso.

–Fue poco antes de que Iván se presentara en uno de los programas de invitados más vistos de toda Argentina, el de la conductora más popular… ahora sí sabrá usted de quién le estoy hablando.

–¿Cuál conductora, la más vieja o la más popular? –pregunté.

–La más bella y más plebeya, gordita –acotó Cajonardi.

-Esa. Para cuando estaban organizando un programa especial en el que Ilich iba a tener una larga entrevista con la diva, ya había muchas miradas y muchas sospechas recayendo sobre él. Los servicios del Estado empezaban a preguntarse qué hacía Iván con el dinero, qué hacía que vivía en un barrio tan humilde, qué hacía que viajaba siempre en ese auto destartalado y de un color celeste tan berreta, qué hacía que nunca tomaba vacaciones ni tenía tarjetas de crédito ni cuentas en los bancos. Entonces el tema de la fama le estaba empezando a jugar en contra. Sin dudas había sido la clave de su empresa y la garantía de su crédito moral, de su simpatía, tan lucrativa. Pero alguien desde la oscuridad empezaba a verlo de otra forma y a sospechar. Alguien envuelto en brumas tenebrosas. En esa época Iván nos contó algo sobre gente rara que aparecía cerca de su casa, autos que lo seguían en Buenos Aires y en Rosario. Y nosotros con Cajonardi temblábamos al escucharlo. Pero nunca hubiéramos imaginado cómo iba a terminar todo.

–¿Y esto cuándo fue?

–En el 2003, el año de la gran inundación.

Desde el oeste brotaba un resplandor naranja sobre el campo de la Colonia. Cajonardi se cruzó de brazos y empezó a temblar como si aquello que contaban estuviera empezando de nuevo.

A esto siguió una explicación cada vez más desordenada e irreproducible durante la cual, por un momento, pareció que Monauti y Cajonardi discutían.

Al principio mi torpe inteligencia creyó descubrir que la historia era toda un delirio, empezando por el final. Me pareció que estos artistas locos planteaban que la gran inundación de Santa Fe había sido provocada para poner fin al levantamiento de Alto Verde. Que había sido decidida por aquel gobernador, el de cabeza de tiburón martillo, al cual por supuesto ellos no habían votado, ya que treinta años antes les había sido quitado ese derecho, dijeron, y cualquier otro. Así y todo hablaron bastante del tiburón martillo y sus intríngulis, al parecer con algún conocimiento de causa. Pero claro, la explicación finalmente era más sutil. Lo que ellos venían a poner frente a mí, era un motivo por el cual los gobiernos de la provincia y la ciudad no habían dado avisos de la tremenda ola de río que se avecinaba, a pesar de haber tenido información detallada mucho tiempo antes de que desbordara sobre aquella ciudad baja.

Volvieron a hablar de Iván Ilich y de cómo nadie lo había visto desde el final de aquel abril hacía ocho años pasado. Que no había figurado en la lista de muertos, de ahogados, sino en la de personas desaparecidas tras la inundación, lo que constituía un eufemismo para nombrar los abusos de poder homicida del ejército en su intervención “rescatista”. Todo el mundo supo y no quiso saber de los subsuelos de hospitales públicos rebalsando de cuerpos, cuerpos liquidados, mucho más allá de la infame lista de 23 decesos declarados.

Según Monauti, esto había ocurrido así por la gobernación del corredor de autos, ese de ojos tan celestes que dejaban ver el vacío, el de la cabeza de tiburón martillo, ese, el que parecía un cocodrilo muerto, aliado de los lomos plateados. Nosotros, desde acá, juntamos los pedacitos de información para saberlo.

Mientras me iban transmitiendo estas explicaciones laberínticas, el cielo iba perdiendo luz y un nubarrón de pájaros pequeños empezó a sobrevolar el patio de la Colonia. El nubarrón fue bajando, inquietante, hasta que los pajaritos oscuros dejaron caer hacia nosotros. Se tiraron como flechas sobre las pocas personas que estábamos afuera. Eran pájaros piojeros, que desde la tarde anterior venían a comer a los patios del psiquiátrico, a comer piojos. También a mí me picotearon la cabeza, como a todos los que teníamos pelo. Monauti y Cajonardi no fueron atacados porque llevaban encasquetadas sus gorras de visera. Después supe que a esos pájaros les dicen piojeros, y que atormentan sobre todo a las personas del psiquiátrico en cierta época del año. Son aves pequeñitas y negras, parecidas a colibríes, muy veloces. Al tratar de espantar uno viene otro, te pica en la nuca, y si sacás el de la nuca alguno te agarra por arriba. Al parecer no hay nada que puede hacerse contra su envestida. Es tan imposible quedarse quieto y dejar que te lastimen, como evitarlo del todo.

Después de algunos minutos de asedio tuve que despedirme. Les dije que volvía a la semana siguiente y podríamos quedarnos otra vez después del taller. Me fui a paso acelerado hacia el portal de entrada de la Colonia. Los miré antes de salir. Ellos se quedaron sentados en los bancos, como si nunca nadie hubiera dicho nada.

Las semanas siguientes no pude dejar de pensar en el encierro, en la atrocidad del acto, en sus espantos iniciales, y en los que vienen después, en la cronicidad sin tiempo.

Hacia el mes de agosto solicitamos a las autoridades del hospital un permiso para salir con Monauti y Cajonardi. Me postulé como acompañante y encargado. La idea era hacer un viaje corto, hasta la ciudad de Entre Ríos a la que se había mudado el amigo peluquero de Iván Ilich. Queríamos conocerlo, que nos contara su versión, que nos hablara sobre la corredora de granos, que tal vez había sido amante de Iván. Pero el permiso sólo fue concedido a Monauti, alegando que Cajonardi estaba en días inestables y tal salida no era algo seguro para él.

Por mi parte gestioné un préstamo: el auto de un vecino del pasillo. Un Peugeot 504 verde Saratoga. Después organizamos la fuga de Cajonardi. Una fuga central, nada rebuscada. Salir corriendo, subirse al coche, cruzar el portón y tomar la ruta. Un enfermero nos persiguió sin ganas en la ambulancia que estaba siempre en la puerta. Lo perdimos entrando a un campo de trigo.

Nos quedamos un buen rato campo adentro. Hablábamos del viaje. En medio de la charla se produjo un desacuerdo entre Cajonardi y Monauti. Como resultado, Monauti se enojó, se enloqueció, y salió corriendo como podía para un lado. Después Cajonardi me miró enojado, y salió corriendo en el sentido inverso. Me quedé ahí quieto, no podía hacer otra cosa que esperar a que vuelvan y fue lo que ocurrió. El conflicto había estallado de pronto, como una burbuja venenosa, y parecía irreconciliable. Fue difícil mediar. Sólo en ese momento llegué a sentirme incluido por ellos. Fuimos tres. Lo que a nadie quedaba del todo claro, era si aquella crisis era algo malo o bueno. Después de todo, hacía como mínimo 30 años que Cajonardi y Monauti no disentían ni se separaban, corriendo en un campo sin vigilancia en sentidos contrarios.

Volvimos al auto y decidimos ir para el lado de Rosario y cruzar por el puente hasta Victoria, para después seguir. Yo conocía algunos hoteles de campo por esa zona, en alguno de los cuáles podríamos escondernos y pasar la noche.

No teníamos mucha plata, pero tampoco íbamos muy lejos, por lo cual elegí uno de los cascos de estancia convertidos en hoteles caros a través de injertos de yacusis en la arquitectura colonial y un poco de mermelada casera.

Al llegar vimos varias camionetas de color rosado estacionadas en el parking. Entramos y nos informaron que el hotel estaba siendo ocupado para un cónclave de vendedoras de cosméticos. Sólo había mujeres de mediana edad, una cantidad importante. A Cajonardi y Monauti la idea les gustó mucho. Quisieron ir rápido a darse un baño y volver al comedor donde la reunión de vendedoras estaba terminando. Sobre un costado del salón había una larga mesa dispuesta para un brindis. Preguntamos si podíamos acercarnos y nos dijeron que no había problemas. Mis acompañantes y yo estábamos bastante bien vestidos a la antigua ese día, y ellos habían traído las viseras, lo que les daba un aspecto confundible con el que suelen llevar los chacareros. Se dispusieron a conversar con las señoras y señoritas. Hasta Cajonardi estaba elocuente, hacía muchas preguntas. Querían averiguar todo lo posible. Se habló sobre distintas prácticas en boga: constelaciones familiares, hata yoga, cross fit, alquiler de vientres. Cajonardi estaba contento, pero Monauti parecía ir entristeciéndose. Más tarde me dijo que tenía miedo de comprobar que ya no había una sociedad, ni fuerzas. Cajonardi dijo que no, que lo que ya no tenía lugar era la diferencia entre la normalidad y la locura. Según le pareció a Monauti, y Cajonardi en eso estuvo de acuerdo, probablemente sólo quedaban las diferencias de clase, y tal vez ni eso, acaso sólo las diferencias de fortuna.

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