Fuga y masacre en Trelew: «Vamos, que nos vamos» (II)

(primera parte, aquí)

A mi querida hermana Graciela

La fuga

La cárcel de Rawson, una de las más seguras del país, emplazada en un lugar muy aislado, se encontraba fuertemente custodiada. La edificación constaba de tres cuerpos rectangulares, paralelos, unidos por un corredor. En cada cuerpo había dos plantas. El edificio estaba rodeado por un muro con puestos de guardia. En el primer cuerpo estaban la sala de armas, las oficinas, la sala de guardia, etc. En los otros dos, los pabellones. Cuatro por cuerpo, dos por planta. Seguros de que el deber de todo preso político es pensar en la fuga, la propuesta la realiza el PRT-ERP a los compañeros de FAR y de Montoneros. Afuera, nadie creía que era un proyecto que se podía lograr, lo que traería graves consecuencias para la fuga, que se piensa en dos etapas: la toma de la prisión y la salida.

Hay que pensar en la solidaridad entre los más de cien hombres y mujeres de las organizaciones político militares que cumplían una cárcel en común. (En realidad, según la entrevista que Paco Urondo realiza a los sobrevivientes, La patria fusilada, la población de presos políticos llegaba a cerca de 250. La fuga se piensa masiva, para un poco más de 100)

Hay que pensar en los mil y un detalles que se deben prever. La preparación: “Desecharon cavar un túnel por la dureza del terreno (aunque en los años 80 la requisa descubrió un principio de excavación disimulada bajo las baldosas de una celda). El plan contempló escapar en camiones hasta el aeropuerto de Trelew, distante unos 20 kilómetros, y de ahí en avión hasta Santiago de Chile.
Facio, un guardiacárcel amigo de Mena, aceptó entrar algunas armas a cambio de dinero. Más tarde la represión lo descubrió y asesinó.
A último momento se invitó a Agustín Tosco, quien declinó por su carácter de dirigente de masas. Pero aclaró que estaba a disposición en todo lo que pudiera colaborar. Y en efecto, ayudó a controlar el penal mientras los guerrilleros intentaban fugar” (Tomado de aquí). Constituyó todo un acuerdo no sólo militar sino político, de unidad coyuntural entre las principales organizaciones guerrilleras.

Es de imaginar los meses y días de trabajo previo. Cuentan en el blog de Gaviotas blindadas que: “Las mujeres enseñaron a las compañeras a arrastrarse por el suelo y a desarmar a la gente practicando con un palo de escoba, tejían boinas para dispersarse entre los cuidadores, comenzaron las guitarreadas para acostumbrar a los guardia cárceles que estaban en las torres de vigilancia a escuchar ruidos, se empezó a formar a los compañeros con menos conocimiento marxista y la enseñanza de lectura a aquellos presos que no sabían hacerlo.

Los compañeros que eran carpinteros hicieron con jabones réplicas idénticas a todo tipo de pistolas para dar la impresión de estar muy armados, cortando los fierros de la cama y sacándole punta durante días enteros hicieron una especie de garrotes, con maderas tallaron réplicas similares a los fusiles automáticos ligeros (FAL), el plan estaba en marcha”.

Y, según Susana Viau: “Fabricaron uniformes, gorras, bordaron las insignias del servicio penitenciario, levantaron planos, acumularon información minuciosa de la rutina de los guardias, estudiaron horarios de aviones, frecuencias de vuelos. Habían logrado ingresar unas pocas armas cortas que servirían para reducir a los primeros efectivos; el resto del armamento lo proveerían los propios carceleros. Los militares iban a sospechar siempre que las pistolas habían sido introducidas en el penal durante las visitas por el abogado radical Mario Abel Amaya. Se tomaron un tiempo, pero no lo olvidaron: Amaya fue detenido y asesinado a golpes en la cárcel cuatro años después, en octubre de 1976. A las 18.30 del 15 de agosto de 1972, con unos minutos de retraso, Santucho se quitó el sweater que llevaba puesto y lo agitó”. Era la señal de comienzo de la operación de fuga.

Se estima que el copamiento no duró más de 10 a 15 minutos. Se redujeron de 50 a 60 personas del servicio penitenciario.

Cuentan, en el libro del Paco, que había un guardia que cuando hacía entrar a las celdas a los presos, decía: Vamos, que nos vamos. Es decir, que se metieran adentro, así él podía irse. “Y nosotros pensábamos que cuando llegara el momento nosotros íbamos a decir: “Vamos, que nos vamos”.” Se hizo famoso: “Vamos, que nos vamos”.

Se lee en Gaviotas blindadas: “El grupo 1 integrado por grandes referentes de las organizaciones era el encargado de llamar al oficial de servicio con un pretexto X y reducirlo.

El plan iba a la perfección: se había rescatado armamento sin disparar un sólo tiro pero al llegar a la garita de entrada las primeras balas debieron salir de sus fusiles.

Una seña mal hecha, un avión que se iba, un Falcon que subió a los grandes referentes como estaba planeado y en vez de ir al aeropuerto fue a buscar a los camiones, compañeros desesperados en la puerta de un penal tomado, la gente de adentro (entiéndase los presos comunes) en silencio sabiendo que se estaba produciendo un hecho histórico sin precedentes estaban utilizando la empatía que le habían enseñado los que se fugaban.

Los despidieron en silencio, algunos con la mano izquierda y el puño cerrado, otros con la V de victoria en sus dedos, pero siempre silenciosos, como si estuvieran en mute para no despertar sospechas.

Un rato largo esperaron los del Falcon a los otros compañeros, mientras Pedro Bonet, Mariano Pujadas y María Antonia Berger llamaban taxis en donde entraron 19 militantes más y se encaminaron para el aeropuerto.

Pronto tres mil hombres encerraron la cárcel, los que querían fugarse entran nuevamente, desde adentro los miran, comprendiendo lo que pasó, siguen en silencio y así permanecerán un buen tiempo.

El avión no puede esperar más y despega mientras los 19 lo ven desde el aeropuerto, también en silencio lamentándose y sabiendo lo que les esperaba, es por eso que deciden tomar el aeropuerto, las negociaciones empiezan, la integridad física por dejar el aeropuerto sin un muerto”

Rumbo a Chile

El primer contingente que sale del penal estaba constituido por: Fernando Vaca Narvaja (de Montoneros), Mario R. Santucho, Enrique Gorriarán, Domingo Mena (del PRT), Marcos Osatinsky y Roberto Quieto (de las FAR). Tiempo después, cuenta Susana Viau, el Gringo Mena le cuenta a Luis Mattini que “él llevaba también un uniforme ‘pero yo parecía un comisario de pueblo. Vaca Narvaja lo llevaba como un oficial’. Vaca Narvaja tenía, sin duda, el physique du rôle y su prestancia ayudó a disuadir al guardia que, extrañado, dudó al verlos llegar. Un rato después, cuando con Santucho corrieron por la pista del aeropuerto para detener el avión que carreteaba, fue la naturalidad con que llevaba el uniforme de mayor del ejército la que terminó de convencer a los pilotos de que debían detener la máquina. El uso del uniforme constituía una afrenta adicional para el honor militar. Al punto de que al arribar a Chile, se le solicitó al jefe montonero que, para desembarcar, se desvistiera”.
En un avión de Austral, los seis dirigentes llegan a Chile. El gobierno militar solicita su extradición bajo los cargos de piratería aérea. El gobierno de Salvador Allende delibera qué hacer hasta que llega la noticia de los fusilados en Trelew. Entonces, se otorga la salida de los fugados a Cuba, donde fueron acogidos por el gobierno de Fidel Castro.

En Chile

Relato de lo que pasó en Chile, elaborado por el Dr. Eduardo Duhalde en 1990: “Estaban en un gran salón del primer piso, con rejas en las ventanas y una larga mesa. Algunos estaban parados. Me acuerdo de que Robi (Santucho) estaba sentado a la cabecera de esa mesa. Yo les digo que había habido una masacre de presos y termino diciendo los nombres de los muertos. Ahí cada uno reaccionó de manera diferente. Los más impulsivos, como Fernández Palmeiro o Gorriarán, gritaban, maldecían. Robi puso sus brazos cruzados sobre la mesa, apoyó la cara y quedó así por más de dos horas. No pronunció una sola palabra. Quedó como petrificado mientras a su alrededor los gritos llenaban el cuarto. Fue una escena desgarradora y aún hoy no sé qué fue más conmovedor: si el llanto y los gritos, o el silencio petrificado de Santucho.
A partir de ese momento iniciamos una delicada gestión en dos direcciones: por un lado los cubanos, y por otro el gobierno de Allende. Luego de dos días, en la mañana del 25 de agosto, la secretaria de Allende nos llamó a Roca y a mí para invitarnos a almorzar. Cuando llegamos a La Moneda nos sorprendimos porque el almuerzo era con todo el gabinete. Era una mesa larga y solemne, como todas en esas ocasiones. Allende presidía la reunión. Nos dice que quiere que asistamos porque cada uno de sus ministros expondrá sobre la tesis de extradición o de encarcelamiento en Chile. La ronda la comenzó Clodomiro Almeyda explicando las dificultades serias que planteaba la situación para las relaciones bilaterales con Argentina, y aun con el resto de los gobiernos vecinos como Bolivia y Brasil. A suposición se sumaron todos los ministros, unos veinte, con una tibia diferenciación de Tomic y una decidida defensa en favor de la libertad de los guerrilleros, la única, del secretario del Tesoro, Antonio Novoa Montreal.

Osatinsky, Santucho y Vaca Narvaja 
Osatinsky, Santucho y Vaca Narvaja

La comida ya había terminado y pensamos que las cartas estaban echadas. Tomó la palabra Allende, y dijo: ‘Chile no es un portaviones para que se lo use como base de operaciones. Chile es un país capitalista con un gobierno socialista y nuestra situación es realmente difícil’. Repitió, haciéndolos propios, todos los argumentos de sus ministros. Nosotros nos hundíamos cada vez más en las sillas. De pronto, Allende dijo: ‘La disyuntiva es entre devolverlos o dejarlos presos…’. Hubo un segundo de silencio que Allende rompió con un puñetazo sobre la mesa: ‘Pero éste es un gobierno socialista, mierda, así que esta noche se van para La Habana’. No podíamos creer lo que escuchábamos; corrimos a realizar las gestiones con Cuba para que volaran esa misma noche.”

Rendición y masacre

Otros 19 presos lograron alcanzar el aeropuerto. Al fracasar el transporte previsto, llaman por teléfono a varios remises y taxis y fue así como se trasladaron. El BAC 111 de Austral ya había partido. Ante esta situación, intentan tomar otro avión que debía aterrizar, pero no tuvieron éxito porque el avión fue alertado desde la base naval Almirante Zar.
Llaman a un juez para que les garantice su integridad física, se llama a un médico para que constate el buen estado de salud de todos, llaman a los periodistas. Mientras tanto, las fuerzas policiales y de la marina los rodean. Hacen una declaración ante la prensa. Los que hablan y realizan las negociaciones son Mariano Pujadas, Pedro Bonet y María Antonia Berger.
Ante la pregunta del Paco Urondo, en La patria fusilada, sobre qué estaba haciendo Alberto Camps, éste contesta: “Yo estaba en la torre de control en ese momento. Después bajé: mientras yo estaba en la torre ya habían sido ocupados todos los puestos, muchos de los compañeros habían almorzado muy livianamente, entonces buscábamos cosas para comer, tropecé con un Perlinger y conseguí rebaja en las compras, porque me habían sorprendido los precios de las cosas. Después ocupé un puesto de guardia: también estaba Perlinger por ahí, buscaba fichar nuestra filiación política, nuestra manera de pensar. Esto también se repetía con los periodistas que circulaban por ahí.”
A las once y cuarto de la noche, el 15 de agosto de 1972, los 19 entregaron las armas (que habían conseguido en el copamiento) en la rotonda del aeropuerto y fueron llevados en ómnibus a la base Almirante Zar. El capitán de corbeta Luis Emilio Sosa, jefe de las tropas de represión, les explicó que la medida era provisional (ellos habían solicitado ser devueltos al penal) y se tomaba porque la zona había sido declarada en estado de emergencia.

A partir de la llegada a la base Almirante Zar (que se encontraba a 6 km. de Trelew, rodeada de un desierto de piedra) fueron rigurosamente incomunicados. Eran sancionados cada vez que se los encontraba hablando, por lo que tenían que mantener diálogos usando el lenguaje de las manos o el sistema morse. Había un soldado armado frente a cada puerta. Al ver que los prisioneros se relacionaban con los guardias, que les daban cigarrillos, al segundo día retiran a todos los soldados del pasillo, al que dejan libre, y pusieron dos o tres armas pesadas en el extremo abierto, donde había un hall. “Además de eso dos fusiles Fap en posición de tiro sobre el pasillo, elevados sobre una mesa. En esas condiciones pasamos todo el resto de la semana. A partir del segundo día se dio de esa forma la situación” se relata en La Patria Fusilada. Fueron interrogados varias veces en esos días, siempre de madrugada.

Imágenes tomadas por la prensa al momento de la rendición de los 19.
Imágenes tomadas por la prensa al momento de la rendición de los 19.

Cuenta Susana Viau: “El 21 de agosto fue un día de reuniones militares en la Casa Rosada. Desde las 11 de la mañana se dio cita ahí la Junta de Comandantes: Lanusse, el brigadier Carlos Alberto Rey y el almirante Guido Natal Coda. El secretario de la junta, brigadier Ezequiel Martínez, el secretario de la presidencia Rafael Panullo y el ministro del Interior, el radical Arturo Mor Roig, iban y venían. Estuvieron hasta altas horas. Se cuenta que un corresponsal de la prensa inglesa comentó a sus colegas de Balcarce 50: ‘Esta noche los matan a todos’. No era una corazonada. Ciertos datos se habían filtrado. La gente común sentía que, con las horas, el ambiente se enrarecía. Algo terrible iba a ocurrir”.
El día 22, a las 3.30, el capitán Sosa, el capitán Herrera y los tenientes Roberto Bravo y Del Real, sacaron a los rehenes de sus celdas y comenzaron a disparar. Los que no murieron inmediatamente, fueron rematados con un tiro de gracia. Los fallecidos fueron:

Alejandro Ulla (PRT-ERP) 27 años
Alfredo Kohon (FAR) 27.
Ana María Villarreal de Santucho (PRT-ERP) 36.
Carlos Alberto del Rey (PRT-ERP) 23.
Carlos Astudillo (FAR) 28.
Clarisa Lea Place (PRT-ERP) 23.
Eduardo Capello (PRT-ERP) 24.
Humberto Suárez (PRT-ERP) 25.
Humberto Toschi (PRT-ERP) 25.
José Ricardo Mena (PRT-ERP) 21.
María Angélica Sabelli (Montoneros) 23.
Mariano Pujadas (Montoneros) 24.
Mario Emilio Delfino (PRT-ERP) 29.
Miguel Ángel Polti (PRT-ERP) 21.
Pedro Bonet (PRT-ERP) 30.
Susana Lesgart (Montoneros) 22.

Los heridos que lograron sobrevivir y gracias a los cuales se conoció que la falsedad de la versión que adjudicaba a los presos un segundo intento de fuga, que habría justificado la matanza fueron:

Alberto Miguel Camps
María Antonia Berger
Ricardo René Haidar

“El capitán Sosa”, sigue Susana Viau, “fue premiado con un curso en los Estados Unidos y, al igual que el teniente Bravo, con un puestito en la embajada argentina en Washington. Se dice que más tarde, Sosa pasó por un país latinoamericano y hay quien creyó verlo por Buenos Aires durante la Guerra del Atlántico Sur. Lo único firme es que Sosa pasó a retiro el 1º de abril de 1981. Dos años antes, el 1º de abril de 1979, lo había hecho el teniente Bravo.”

La comuna de Trelew

Dice Tomás Eloy Martínez en La pasión según Trelew: “Dos hechos mayores sucedieron en Trelew hace treinta y siete años. Uno de ellos se ha desvanecido casi de la historia: el alzamiento de la ciudad entera contra el poder militar y la instauración de una comuna que duró tres días, con su propio sistema de abastecimiento y sus líderes espontáneos. El otro episodio —la matanza de dieciséis guerrilleros en una base naval— ha sido evocado con frecuencia en crónicas y libros. Ambos me cambiaron la vida. (pág. 13).
Al principio, cuando los primeros presos políticos llegan al penal, se van creando amistades “imposibles” entre los habitantes y los familiares que iban llegando de lugares distantes con medicamentos, ropa, etc. Algunos de esos ciudadanos se convierten en apoderados de los presos, participan en una comisión de solidaridad con los presos. Así se establece una relación con los presos, los familiares y los abogados. Nadie cree en el relato de la segunda fuga. Un silencio pesado cae sobre la ciudad. La fuerzas de seguridad empiezan a patrullar las calles, hasta se desata un operativo que describe el diario El Chubut en la edición del 13 de octubre del 72: “Un triste amanecer tuvo la zona el miércoles pasado cuando la población de Trelew, Rawson y Puerto Madryn pudo observar y en muchos casos sufrir en carne propia un operativo ordenado por el Comando del Quinto Cuerpo de Ejército, con sede en Bahía Blanca, que realizó allanamientos, detuvo ciudadanos y ciudadanas de la zona y paralizó prácticamente la actividad de la región, produciendo alarma y temor en el pueblo que no acertaba a explicarse las razones por lo ocurrido”.
Ninguno de los detenidos era digno de sospecha. Se trataba de militantes pacíficos de partidos políticos que actuaban en la democracia, profesores, dirigentes sindicales, etc. Los llevaron con las manos atadas a las espaldas, a un campamento improvisado junto a un avión Hércules C-130. Fueron 16, en una simetría que parece simbólica.
Se suceden allanamientos por todos lados. Por más que dieron vuelta armarios, roperos y bibliotecas en la búsqueda de algún arma no se toparon con nada que oliera a pólvora. Como prueba del “delito”, a Encarnación Díaz, –profesora de literatura y actriz– le confiscaron el libro En la colonia penitenciaria, de Franz Kafka, un “autor oscuro”, según lo calificó el jefe del operativo.
La ciudad responde con una gran indignación. Más de tres mil personas colman durante una semana la sala del teatro Español (que se nombra Casa del Pueblo) desde el amanecer hasta la noche para reclamar la devolución de sus presos. Nadie duerme. La gente come en los asientos de la platea. Se crea un sistema propio de información y abastecimiento. Florecen las asambleas y los discursos. Se cantan poemas compuestos durante la vigilia, se leen mensajes de solidaridad de los pueblos vecinos.
“La paralización y cierre de comercios fue tal que “ni los kioscos vendían cigarrillos” y en una de las principales movilizaciones, desde los barrios altos bajaron a la plaza unas 6.000 personas, casi la cuarta parte de la ciudad, como lo señalara después Elisa Martínez, otra de las apresadas, quien era militante del justicialismo y apoderada del montonero Mariano Pujadas, uno de los fusilados el 22 de agosto. La ciudad hervía, los teléfonos no dejaban de sonar y nadie se quedó en su casa hasta que no retornó el último encarcelado”, cuenta Mariela Mulhall en el periódico Crítica, en agosto de 2008.

La brutalidad, la obscenidad del fusilamiento fue resultado del odio y la venganza, porque los compañeros de Rawson demostraron la importancia de la determinación y la solidaridad contra el cerco represor. El fusilamiento fue la matriz letal que tendió las líneas por las que ya transcurría en el 72 la dictadura del 76. A partir de allí ningún militante que se considerara revolucionario iba a ignorar que en su actividad política se estaba jugando la vida.

2 Comentarios

  1. Mari, no se què decirte, apenas me sale un gracias en mobre de estos, ademàs de otros tantos amigos comunes que ya no estàn. Muy completo tu informe, sobrio y veraz.

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