Los sueños, sueños son…

Una combi llamada Adelita, tres amigos y una travesía que
recorrerá de punta a punta nuestro continente: así comienzan las nuevas
crónicas de un viaje a lo profundo del deseo.
Por Pato Che
…pero aquí “casi” se hacen realidad. En realidad, así
debería completarse la frase que hizo famoso a Berugo Carámbula y su programa
Atrévase a soñar, ya que para la mayoría de la gente los sueños se quedan ahí,
a un milímetro de cumplirse.
Y es que casi siempre aparece una razón (excusa) para
postergarlos. Si no es el dinero, es el trabajo. Si no es el miedo a lo
desconocido, es el apego a la rutina. Si no es el “ya habrá tiempo”, es que ya
es muy tarde.
En mi caso, la razón fue de otra índole: después de seis
años de planear una travesía en cuatro ruedas por las venas abiertas del
continente, el sueño casi se va por el retrete del amor. Quién lo hubiera
imaginado: “un vago de mil caravanas, a punto de quedar a pie…” (y por un
amor que da descargas).
Todo porque desde el otro lado del océano la musa cambió de
opinión y dijo que no podría esperar. Entonces, las excusas comenzaron a
aflorar. Hubo muchos argumentos, pero el más convincente quizás fue: “si no
puedo renunciar a un sueño por otro igual de importante, entonces el primero
nunca valió ni dos centavos”.
Carcomida el alma, estuve dispuesto a traicionar no solo mi
más grande anhelo, sino el de mis más fieles compañeros. Dispuesto a dejar
todo, con tal de no sentir ese mismo vacío desquiciante que me secuestró por
casi un año, cuando otro de mis grandes amores se quedó varado en el culo del
mundo.
El precipicio
De nuevo al frente del abismo, me inventé la necesidad de
estar en “equilibrio” para poder arrancar. Del otro lado del tubo, mi amiga
Emma vio nuestro castillo derrumbarse, pero a pesar del temor, mantuvo la
calma: “haz lo que tengas que hacer”, dijo con su dulce acento mexicano.
De repente, las piezas empezaron a acomodarse y me sentí
capaz de tener todo: mi sueño, el amor de mi vida y el futuro sedentario que
siempre imaginé al final del camino. Así que negocié tiempos y prometí repartir
cuerpo y alma en ambos lados del gran charco.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que las señales
comenzaran a inclinar la balanza hacia la ruta.
La primera de ellas fueron las sabias palabras de la vieja,
quien me advirtió sobre la incompatibilidad de mi naturaleza viajera con la de
una vida en pareja.
La segunda, un libro que debería ser obligatorio en todas
las escuelas del planeta: Atrapa tu sueño.
Reconozco que tuve prejuicios, o quizás miedo, de leerlo.
Pensé que la experiencia de esta loca pareja de argentinos que se largó a las
rutas del continente en un Graham-Paige de 1928, poco tenía que ver con un
proyecto social como el nuestro.
Nunca me equivoqué tanto. Las humildes y honestas palabras
de Candelaria y Herman Zapp fueron reconstruyendo las células deterioradas por
el cáncer de la incertidumbre y poco a poco empecé ver más allá de la niebla.
Página tras página, la historia de los Zapp fueron confirmando
ideas, mientras el avión me acercaba hacia el punto de partida.
El primer paso
Después de una breve parada en el norte de México (para
arreglar papeles migratorios y no ser un mojado en el país de los mojados),
encaré hacia Chiapas para el reencuentro con Emma, Robert y Chai, el equipo que
hoy camina rumbo a Alaska, y de ahí a Argentina, en una combi Volkswagen modelo
1977.
Después de un mes de eternas despedidas y lágrimas en San
Cristóbal de las Casas, el team ya andaba inquieto por dar el primer paso, pero
el cuerpo cansado de “Adelita”, la combi, requería paciencia.
Cómo olvidar aquella noche en que fui a buscarla a la casa
del herrero que le construyó un portaequipaje para el techo. “¿Vos me vas a
llevar hasta Alaska?”, le pregunté en voz baja, antes de explotar en carcajadas
por semejante locura.
Adelita no contestó (como si pudiera hacerlo), pero algo
resonó en mi alma, algo que hizo eco desde el Polo Norte hasta los cristalinos
lagos de la Patagonia.
Dos días después, el viento nos puso rumbo a la Aldea Infantil SOS
de Comitán, la primera parada del proyecto.
Brisa en la cara
La sensación de ver nacer un sueño debería inscribirse en el
libro de los sentimientos más placenteros de la vida. Tal como pasa en el
nacimiento de un hijo, las presiones, las dudas y los temores se van borrando,
a medida que uno se da cuenta de que está haciendo lo que tenía que hacer.
Porque, dicen los que saben, no hay mejor apuesta en la vida
que invertir en la vida misma. Todo lo demás está de más.
Así pasa cuando se arrancan grandes proyectos (al menos para
uno), porque sin saber exactamente cómo será el siguiente paso, ni cómo se
afrentarán los retos que uno mismo se carga al hombro, el solo hecho de
arrancar va generando la confianza necesaria para seguir adelante.
Difícil de explicar, porque, como dice Chizzo (parodiando a
Blaise Pascal), el corazón tiene razones que la propia razón nunca entenderá.
Razones que se hacen fuertes en la tormenta y se refrescan en la sonrisa de
tanta gente que se contagia de las ganas de hacer realidad un sueño.
Ya en la carretera, pude confirmar que, además del
convencimiento personal, no hay mejor combustible para andar haciendo camino
que el ánimo que nos dan aquellos que nos hacen sentir que también estamos
cumpliendo sus sueños.
A ellos y a todos los que apoyan este viaje de vida, nuestro
más profundo agradecimiento.
Este sueño, apenas comienza…
Publicada en Pausa #120, miércoles 28 de agosto de 2013

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