A dos aguas: Sarro

Por Fernando Callero


[Capítulo anterior: Verde flúo]

Finales de 1993. Vivíamos en la planta baja de una casona frente a la Legislatura. Tenía 21 años y pronto iba a ser papá. Cursaba el segundo año de Letras, cuando todavía estaba en calle 9 de julio.
Un sábado cerca del mediodía, mientras esperaba la L amarilla para ir a visitar a mi padre en su nuevo refugio de hombre solo, me compré un Quijote tapa dura, en dos tomos, en un kiosco de revistas. No sé por qué tendría tanta plata como para comprarme un libro nuevo, aunque haya sido una edición de kiosco. Me acuerdo del olor que me envolvió cuando le saqué el forro de film y ventilé esos tocos de papel ahuesado enfrente de mi nariz.
No había teléfonos celulares, ni mails. El tiempo y el espacio eran más panchos y uno mismo existía de otra forma. Esperar y leer iban en yunta. Yo esperaba mucho.
Entrando al puente me concentré para ver las islas: el rancho de la entrada, con sus chanchitas de la publicidad de los fiambres Recreo empotradas como adorno, me pareció un delirio, lo mismo el ganado encerrado en un corral casi del mismo tamaño que el albardón que lo sostenía, una plataforma flotante.
Era mi segunda visita a Santoto, y yendo entre las barandas panzonas del puente, con la vista perdida en los reflejos, me acordé del vaso de agua que me había dado Martín aquella siesta. Pensé en cómo se llevaría mi viejo con el tema, sobre todo con el mate.
Bajé en Avenida Luján y Gaboto, y llegué a la dirección que me había apuntado mi viejo. Al fondo de la cochera de una casa con jardín estaban unos deptos truchos, mi viejo alquilaba el de la derecha. No estaba. Me quedé leyendo en la escalera: las dedicatorias falsas, todo el rollo de los cartapacios firmados por Cide Hamete Benengeli. Me costaba entrar en ese barroco. Pero el humor se aprende.
Después llegó mi viejo. Comimos milas a la Essen con puré de papas, achicoria y pan. Todo regado con una Naranpol muy rara. Claro, pensé, los hielos. Mi viejo sacó el tema. Dijo: esta agua me da arcadas. Él tomaba Toro tinto con soda y yo por marcarle la contra chupaba los hielos salados.
Miramos el noticiero hablando poco. Se fue a dormir la siesta y yo me quedé lavando los platos. Cuando lo escuché roncar apagué la tele. Salí a un patio chiquito, colgué la rejilla al sol y me quedé en cuclillas, en un ángulo de sombra, mirando los techos y las copas que asomaban de los fondos. Mamones, citrus, tomate dulce, frutales de otra época. Muy parecido a Concordia. Me quedé oliendo esa baranda dulce un rato largo, sin leer, hasta que mi viejo empezó a resoplar y a escupir sus gallos a lo macho libre y entré a poner el agua para el mate.

Publicada en Pausa #123, miércoles 9 de octubre de 2013

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