Reutemann es mi abuelo de Aguiar

Cuatro puntos para entender al Lole y una postdata.

Por Juan Pascual

Un temblor recorrió la estructura profunda del PJ santafesino hace más de un mes. Carlos Reutemann cumplió con estruendo el viejo ritual fotográfico que cada figura política de relevancia tiene que atender en las proximidades de las elecciones. Junto a él, Sergio Massa y la Mesa de Enlace a pleno. Y un monono tractorcito verde, en el fondo.
Ante la foto y las declaraciones posteriores del tanque suizo-alemán, que no reseñaremos por obvias, el candidato Jorge Obeid ni siquiera intentó demasiado algún malabar retórico convincente. Mientras tanto, en los pasillos de Legislatura (es decir: a través de los celulares, durante la campaña) los senadores –verdaderos Landlords departamentales, poder continuo de la provincia– rumiaban sobre los efectos de la imagen, que también impactaba en los bunkers del oficialismo. “Reutemann todavía tiene una altísima imagen positiva entre los santafesinos”, dicen los radicales y socialistas según su propia encuestología, y otean a un 2015 que todavía no los espera con un candidato definido: la reelección es imposible para Bonfatti y el otro muchacho de ojos claros y gran masa de votos, el hoy imbatible Binner, es ficha para las presidenciales. Aunque también es posible, para algunos, un enroque.
Pasó la contienda de octubre y Reutemann no se quedó en las gateras. Enseguida, a fines de noviembre, habló a través de otra imagen: esta vez se rodeó de cinco Landlords del PJ –un sexto explicó su ausencia por estar de viaje–, un número menor pero significativo simbólicamente para los sectores a los que apuntan, el peronismo integrado al PRO y el rancio conservadurismo radical no frentista rosarino de Jorge Boasso, para empezar.

Como una boya berreta, Reutemann se hunde y salta sobre la línea de flotación de la marea partidaria, a lo largo de los años. Desgraciadamente, a veces los razonamientos sobre este tipo de fenómenos resuelven doblegarse al antiquísimo concepto de carisma, una noción teologal de Max Weber mal empleada en la expresión de tautológicos poderes explicativos.
El problema es: ¿Por qué a Reutemann no le entran las balas? ¿Cómo sostiene su porte de doncella impoluta? Esbozaremos un ensayo compuesto por cuatro elementos claves de su coraza. Lo cual no quiere decir que sean los puntos débiles para coserlo a flechazos.

El cuentito
Reutemann no protagoniza prácticamente nada. Él está presente en los hechos –podemos verlo con un piloto en las inundaciones, en una motito dando vueltas por el terraplén en 1992 o en un balcón junto a Carlos Menem–, pero nunca los protagoniza. Es más: apenas los observa.
El enunciado paradigmático es: “Ví algo que no me gustó”. Más o menos es lo que dijo en 2002 cuando rechazó el ofrecimiento de Duhalde, quien lo pensó como primera opción de candidatura y continuidad para las presidenciales de las que emergiera Néstor Kichner. Esto es: participo de algo que no me gusta porque lo veo pero, sin embargo, no soy parte de ello. No soy parte de lo que veo. Luego, puedo hacer un cuentito de todo lo que me rodea, de aquello de lo que participo. Técnicamente, soy apenas un narrador.
Quienes gusten de las emociones intensas, pueden buscar por Internet los videos donde hace declaraciones durante la inundación del Salado, especialmente cuando desembarca en el Hospital de Niños, o cuando da la conferencia de prensa del 3 de mayo. El gobernador describe casi al detalle el paso del río y su avance por la provincia como si él fuese un periodista. Lo mismo corre para la acción asesina de la Policía en diciembre de 2001 o la privatización del Banco Provincia: Reutemann nos cuenta los que otros hacen.

El entorno
Así es como llegamos al segundo elemento: los sujetos que rodean a Reutemann, que son los verdaderos responsables de lo que sucede (según la posición que construye el senador nacional para sí). “A los ingenieros los mandé a poner piedras”, bravuconeó a repetición cuando le preguntaban por los técnicos que, supuestamente, no le habían avisado de la creciente del Salado (si bien en sede judicial ya está completamente probado que sí habían dado correspondiente notificación).
Reutemann no toma decisiones ni está calificado para tomarlas, de acuerdo a lo que el mismo Reutemann dice de sí mismo. Alrededor de él se encuentra una plétora de entendidos, que sí son los que actúan; por ende, son los responsables de lo que sucede. Si el resultado de sus acciones es eficaz, el logro es del conductor. Si el caso es contrario, la culpa es de ellos. Esto vale también para derrotas electorales e, incluso, para el PJ provincial entero: el Lole se desligó completamente –antes, durante y después– de las malas performances de su partido a partir de 2005, como si su retirada al ostracismo hubiese significado nada en las sucesivas derrotas de su partido. Es más: se dio el gusto de hacer uso del partido y triunfar en 2009 para, luego, volver a desentenderse del asunto. Y cerrar la boca largo, largo tiempo.

El silencio
Quizá el elemento más difícil de analizar sea el silencio de Reutemann, porque no todos los silencios son iguales. Una cosa es no dar una respuesta, otra cosa es simplemente no hacer afirmaciones sobre algún asunto. De las figuras políticas se espera todo lo contrario al silencio. La intervención en el espacio público, la palabra sobre los asuntos del común, es una clave central del gobierno democrático en los tiempos de la política mediada por las pantallas de la TV y la PC.
Pero Reutemann no habla. No dice casi nada. Es uno de los legisladores que, históricamente, menos uso de la voz ha hecho en el recinto. Bueno, también es uno de los que menos ha asistido o presentado proyectos. Uno de los pocos momentos en que hizo uso de su banca –televisación mediante, además–  fue cuando tartamudeó la lectura un discurso de carilla y media en el cual expresaba su oposición a la retenciones móviles, en la tristemente histórica sesión del voto “no positivo”.
En esa escena está, tal vez, la explicación sus silencios. Reutemann se presenta como un anacronismo viviente, como un hombre público anterior a la radiofonía. Tal como lo hacían los antiguos líderes conservadores, él no habla al público porque su autoridad no es digna de ser puesta en juego ante la opinión general, porque justamente no emana de allí, sino del exterior de ese espacio. Su autoridad es externa a la política.
Nacido de las entrañas del mundo del espectáculo –su único capital fue integrar el circo internacional de la Fórmula 1–, Reutemann desplaza su posición de político democrático hacia la de hombre distinguido y notorio, que es muy diferente. El silencio es para quien se muestra fuera de la discusión, porque está por encima de ella. Lo que corresponde, directamente, al último elemento.
 
Afuera, el origen
Llambí Campbell. Mide menos de diez manzanas por diez manzanas, la plaza está en el exacto centro. Se llama así porque alguna tuvo un dueño: Paulino Llambí Campbell. Ahí nació el Lole. Y esa es la única posición donde se afirma a sí mismo. No es un deportista, no es un galán –ambas cosas fueron su signo antes de la gobernación–, es un distinguido hombre de campo, según la nominación mítica de circulación corriente, con el deliberado y vacío enigma de los silencios de un hombre campo, con el estilo de conducción de un propietario de tierra sin confines: la responsabilidad siempre es del capataz, del arriero, del fumigador o del otro estanciero; el dueño está más allá del menester menor, está siempre ocupado en otra cosa, superior, desconocida, indómita. El dueño mira y evalúa. El dueño siempre es honesto y bueno.
Volvemos a la foto del comienzo, con el tractorcito. A la obscena, mil veces reiterada enumeración de las pérdidas de los productores rurales cuando en la ciudad se contaban los cadáveres de la tragedia de abril de 2003. A la campera de cuero marrón, bien gaucheta. A la historia de nuestras ciudades de provincia, donde no vive nadie que no tenga un antepasado –sea peón, capataz o, justamente, dueño– anclado en el idílico pasado rural.
Como mi abuelo, en foto blanco negro, que con sus intachables valores y su tenacidad parca y austera se vino desde Arroyo Aguiar a la ciudad. No importa que no haya sido dueño. Tampoco cómo era Lupotti con él –el apellido se musitaba con veneración en la mesa–, el mismo que en aquel tiempo tenía un molino en bulevar. El venía del campo, esfuerzolandia, el afuera inmaculado.
Está cerca tuyo, ¿cuál es el Reutemann de tu familia?

Postdata
Más rápido que en 2009, el kirchnerismo leyó los resultados de octubre y apuntó al centro de la diana. El antiguo relato caducó: su mentor, el saliente Jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, es el único funcionario que todavía no tiene destino claro. Reposo mediante, cesó la fulminación de la imagen pública de la presidenta por el desgaste inherente propio de dar discursos todos los días, el “Hola Cristina”. El estilo kirchnerista groupie devino, ahora, en la gestión del nuevo Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, quien hace recordar al Carlos Corach de los 90. Hasta amenaza con el fin de los relatores militantes. Quien quiera unir la designación del gobernador de Chaco –cruzado antiabortista de video para Internet rodeado de imágenes católicas– con la del sacerdote Juan Carlos Molina en el Sedronar, en función de un gesto dirigido a la militancia católica, comete un exceso. Pero tampoco yerra tanto.
Sobre el marxismo de Axel Kicillof y el pago a Repsol: hágase uso de Internet. Jamás el actual ministro de Economía dijo que no había que indemnizar por la expropiación de YPF, sino que afirmó que no se pagaría la cifra que pedía la empresa española. De hecho la agencia de noticias Bloomberg sentenció que “obligar a Repsol a aceptar menos de la mitad de lo que pedía y, según trascendió, pagar en bonos a diez años, hace quedar a la Presidenta como una negociadora fuerte” y ubicó a Repsol como la gran perdedora del asunto. Finalmente: Kicillof fue formado por Pablo Levín, el más agudo lector de El Capital con vida, asesor de empresas recuperadas y creador del concepto de capital tecnológico. Es de esperarse una mayor injerencia del Estado sobre el mercado, con herramientas más sofisticadas que en las anteriores gestiones, y la normalización del Indec. Dos años de tecnocracia keynesiana.

Publicada en Pausa #127, miércoles 4 de diciembre de 2013

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