Túmin: una moneda alternativa

DE POLO A POLO
En cuatro años, los habitantes de Espinal, una comunidad de
raíz totonaca, lograron desarrollar su estancada economía en base a emitir y
sostener su propio circulante.
Por Pato Che
En Espinal, confirmamos que las advertencias de “peligro”
que nos hacen sobre algunos de los destinos que elegimos, no siempre tienen
fundamento. Al contrario, en este poblado enclavado al pie de la sierra que une
los estados mexicanos de Veracruz y Puebla, encontramos un proyecto de economía
alternativa que encarna la esencia misma de Polo a Polo.
Llegamos a esta comunidad de raíces totonacas gracias al
doctor Nacho y su esposa Conchi, quienes nos hablaron de una comunidad indígena
que tuvo el valor de crear una moneda paralela a la oficial, la cual activó la
alarma del Banco de México.
Al principio eran ochenta, con 500 túmins cada uno, que obtuvieron a cambio de sus mercancías. Al poco tiempo, reactivaron la economía local y hoy el Túmin ya cuenta con 200 adherentes.
Nuestros anfitriones no supieron decirnos mucho más, pero
bastaron un par de clicks para dar con un término que desde 2010 se ha
convertido en el símbolo de Espinal: el Túmin (“dinero”, en totonaca).
A la entrada del pueblo, nos recibe un cartel oxidado que
señala: “Espinal, la cuna del Túmin. Aprende a hablar totonaco como nuestros
abuelos”. Emma se baja a preguntar dónde podemos obtener información sobre la
misteriosa divisa y la respuesta siempre es la misma, “allá, a dos cuadras, en
el ciber de doña Irene”.
Aún no lo sabemos, pero esta mujer de paso parsimonioso y
voz de manantial se convertirá en nuestra madre postiza por unos cuantos días.
A contramano
Al llegar al humilde local, un letrero da la bienvenida en
totonaca: “Tlanchitanita nak chiki” (“Bienvenidos a la casa”). Y seguido, la
frase que más orgullo provoca por estos pagos: “Aceptamos Túmin”. El chico que
limpia el piso nos pregunta si queremos una computadora, pero esta vez los
clientes buscan algo más que eso. “Ah, sí, mi abuela los va a atender”, dice.
En la espera, nuestros ojos se quedan pegados sobre unos
papeles que desafían la lógica capitalista: son cuatro billetes de túmin,
exhibidos en un portarretratos curvado.
El de “1 Túmin” tiene la cara de Emiliano Zapata, el resto
muestra óleos de pintores mexicanos. A un lado, la segunda emisión: el de 1,
con una escultura totonaca; el de 5, con los voladores de Papantla; el de 10,
con las ruinas del Tajín; y el de 20, con la planta de vainilla, el cultivo más
valioso de la región en tiempos prehispánicos.
Irene habla con naturalidad. Como tesorera del túmin, ya
está acostumbrada a las cámaras, pero desconfía de los periodistas, ya que la
mayoría no publica más que unas líneas o distorsionan la historia, como lo han
hecho las principales televisoras del país.
Nos cuenta que hace unos cuatro años, un grupo de profesores
y alumnos de la
Universidad Veracruzana Intercultural decidieron poner en
marcha un proyecto piloto para activar la estancada economía del pueblo.
El problema era la falta de circulante. Había productores,
productos, oficios, tiendas, pero no había dinero para la adquisición. La
opción más viable era la cooperativa, pero eso no resolvía el escaso flujo de
efectivo. El trueque sonaba como la opción más prometedora, pero ¿cómo
regularlo?
Al final, el camino más lógico fue el que ha seguido la
economía a lo largo de la historia: crear una moneda, pero sin los vicios del
sistema dominante.
Los guardianes
El tema de la equivalencia se resolvió de manera simple: un
túmin = un peso. Pero aun había mucho por discutir: cuánto circulante emitir,
cómo combinarlo con la moneda oficial en los precios y, sobre todo, cómo
convencer a la gente de usarlo.
La campaña educativa fue clave. Después de varias reuniones,
los “socios” iniciales saltaron a un nuevo sistema monetario sin saber los
demonios que despertarían.
Ochenta participantes fueron provistos de 500 túmins cada
uno. A cambio, dejaron mercancías por el equivalente en dinero… y más.
La bola de nieve se había echado a rodar. Al principio,
halló un terreno semiplano, que requirió de más esfuerzo educativo, pero serían
los propios guardianes del capitalismo los que le darían el empujón final.
Cuando la noticia se filtró a la prensa nacional, los
grandes poderes lanzaron una cruzada para acabar con semejante atrevimiento.
Espinal dejó de ser un pueblo apacible, para estar bajo el
constante acecho de peritos, antropólogos y cuanto “especialista” encontraba el
Banco de México para dejar bien en claro que el Estado detenta el monopolio de
la emisión monetaria.
El aguante
La presión oficial surtió efecto y la universidad se
deslindó del proyecto. Pero no fue más que una victoria pírrica, ya que los
intentos de desprestigiar las raíces indígenas del proyecto elevaron el
espíritu de pertenencia.
Ahí estaba la clave. La Constitución mexicana
reconoce el derecho de los pueblos y comunidades indígenas a la libre
determinación “y, en consecuencia, a la autonomía para: I) decidir sus formas
internas de convivencia y organización social, económica, política y cultural”.
Por eso, los peritos antropólogos intentaron desacreditar
las raíces de los socios. Sin embargo, la Procuraduría General
de la República
(PGR) entendió que en lugar de lastimar al túmin, lo estaba publicitando.
Goliat se estaba dando hondazos en la cabeza.
De la noche a la mañana, los buitres bancarios emprendieron
vuelo para nunca más volver. Y aunque mantienen el caso abierto, la bola de
nieve terminó por aplastarlos.
A base de sudor y lágrimas, el túmin se ha convertido en una
realidad que ha dado la vuelta al mundo. Hoy cuenta con más de doscientos
socios y sus organizadores asesoran a movimientos que quieren iniciar
experiencias similares en otras partes del mundo.
La tentación de expandir el sistema siendo tema de debate.
Muchos socios opinan que es momento de proyectarlo, pero se impone la idea de
que es mejor consolidarlo.
Y así sucede en las calles de Espinal. Ahora, casi todos los
negocios, desde la verdulería, la zapatería o la pastelería, hasta el Ciber
Castel, no solo aceptan túmin como parte de pago, sino que al pagar con esta
moneda alternativa, el precio puede bajar hasta en un cuarenta por ciento.
Héroes anónimos
En la Casa
del Túmin se pueden adquirir productos comestibles y de belleza orgánicos, así
como artesanías y hasta tecnología, pagando completamente en túmin y a un
precio mucho más bajo que el del mercado formal. Incluso hay material
audiovisual gratuito. Lo importante sigue siendo educar, crear conciencia.
Otra ventaja del proyecto ha sido estrechar los lazos
sociales entre los “tumistas”. Todo, gracias al apoyo de gente que cree en que otro
mundo es posible. De ellos hemos aprendido el valor de la perseverancia y de la
férrea defensa de los ideales.
También del sudor. Para poder hablar con estos héroes
anónimos, tuvimos que atravesar caminos casi intransitables, pues la cita con
Graciela García, Juan Castro, Óscar Espino y Javier Islas se llevó a cabo en el
olvidado pueblo de Jopala, donde indígenas y activistas unieron fuerzas para
detener un proyecto hidráulico que amenaza a miles de familias.
Por eso, Polo a Polo se hizo socio del túmin, pues como
señala otro cartelito en la casa de Irene: “El túmin no se vende, ni se
regala”. Ahora, en las famélicas billeteras del equipo, viaja, orgullosa, una
moneda que nos confirma que hemos elegido el camino correcto.
Pero nos fuimos de Espinal con mucho más que un billete: con
la convicción de que para construir un mundo mejor solo hace falta dar el
primer paso… y resistir.
Para conocer más sobre Polo a Polo: www.poloapolo.net
Publicada en Pausa #127, miércoles 4 de diciembre de 2013

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