A quien se le ocurra escribir una novela

Mil mates, por Fernando Callero

Si fuera Salinger o Paul Auster empezaría un libro así: Amigo, por más desesperado, solo y aburrido que estés, y te parezca que hay todo un mundo en tu mente servido en una forma esperando a que le des el ok, no se te ocurra empezar a escribir una novela. No tiene sentido ni valor para nadie, menos para vos. En serio. Pensá si acaso el mundo, con vos incluido, no necesita otra cosa.

Una vez le regalé una novela mía, por ese tiempo inédita, a Spinetta: sí, el gran “Flaco”, como él odiaba que le dijeran. Yo estaba advertido por su novia de que en esos días el pope iba a llegar al barrio en su Toyota gris. La edité lo mejor que pude en Word y la cargué en un disquete que puse dentro de un sobre. Una tarde, volviendo de nadar en Unión, vi el Toyota estacionado por Belgrano. Lo busqué a Simón y fuimos.

Luis pisaba milanesas en la mesada mientras esperaba a que Poly volviera de la escuela. Le pregunté por David, no le dio gracia. Le pregunté por Edelmiro, Pomo, etcétera; me contestó que estarían en una granja para alcohólicos. Le confesé que estaba preocupado por mi fama como escritor y que para terminar y producir mi libro había tomado mucha pala. Me dijo:

—Es así, hoy me la paso peleando, volviéndome loco, pagando deudas, fumo todo el día. Tomé 10 años a full. Con el hermano de Mollo picábamos pastillas, pero eso ya fue. Quiero dejar de fumar puchos. Porros, imposible. Curate con porro, pero enfermate también, si creés en lo que hacés. Si no, vas a terminar como...

Entonces le regalé la novela. Me dijo:

—Yo no leo novelas.

Ah.

—Una vez leí Guerra y Paz, sí, Tolstoi, es muy bueno... —y siguió pisando milanesas.

Pero más allá de la anécdota y la arrogancia del falso comienzo de libro que puse en cursiva, creo sí que el mundo de la novela es muy distinto al que vivo. No quiero decir con ello que la novela alguna vez se haya parecido al mundo, pero sí que en su momento consiguió aplicar muy bien para cubrir un deseo fuerte de una época y una clase: la de verse representada en sus vicios y la nostalgia de las virtudes que la propulsaron.

La novela como epígono de la comedia. Cosa que ahora no veo que funcione. Y no se trata de una desilusión, más bien de un entusiasmo. Las fábulas alcanzaron su apogeo y se vinieron abajo, como toda forma confiable. No obstante la poesía, como la panadería de The onion memory, de Craig Rayne, sigue expidiendo bebés “desde la leche fermentada al cadáver crujiente”.

Publicada en Pausa #134, miércoles 28 de mayo de 2014.

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