El santuario

Muchos viajeros se proponen llegar al Magic Bus; sólo unos pocos lo hacen.
Obviamente, el equipo de Polo a Polo lo logró.
Acá estamos. El agotamiento ya no existe. Ha sido suplantado
por una mezcla de satisfacción y melancolía. Por fin, la realidad supera a
Hollywood. Tendidos sobre la cama en la que murió Chris McCandless (1968-1992), los
pensamientos se arremolinan sin dejar espacio a las palabras. No dan ganas de
moverse, pero se viene la noche y hay que buscar leña.
Un laguito cercano invita a dar un chapuzón helado y el río
cuesta abajo provee abundante agua potable. Los troncos acumulados en la cuenca
seca comienzan su fatal procesión hacia el fuego. Al encender la estufa pienso
en “Alex Supertramp” y su raquítica bolsa de arroz. Nosotros estamos a punto de
saborear una deliciosa comida seca y el Magic Bus hace honor a su nombre:
sobran bolsas de dormir, abrigos y demás elementos de supervivencia, herencia
de los viajeros que han tenido la fortuna de llegar hasta acá.
Gracias a esos fieles, el santuario ha sobrevivido a la
profanación. Dos proyectiles sin detonar unidos con cinta metálica y la
palabra “Idiot” atestiguan la guerra entre dos visiones del mundo: la de los
idiotas soñadores que arriesgan su vida por una película y la de los idiotas
cazadores que descargan su frustración fálica a balazos.
Pese a ambas especies, que amenazan su existencia, el bus ha
perdurado más de sesenta años y esta noche es nuestro refugio.
Noche de alquimia
Todo está fríamente calculado. Toldos de carpas y pedazos de
lonas estratégicamente ubicados para sellar las ventanas. Cuerdas
cuidadosamente extendidas sobre la chimenea para secar la ropa. Hasta cubiertos
y velas para una noche de gala.
Emma sigue preocupada por una probable visita de osos, pero
le muestro que el mecanismo de doble hoja de las puertas del colectivo sigue
funcionando y es poco probable que un cuadrúpedo logre accionarlo.
Una tenue luz devela los mensajes escarbados en el hollín de
las paredes. Frases que sacuden el alma. Testimonios. Agradecimientos. Voces
que reviven a un caminante ejemplar.
La noche alaskeña nos regatea la aurora boreal, pero nos
regala una llovizna tranquila que tararea las canciones de Eddie Vedder sobre
el techo. Nuestro techo. Los ojos cansados leen con avidez las historias de
aquellos que nos precedieron. Exploradores infatigables. Oficinistas rebeldes.
Simples mortales. Todos unidos por una misma sensación: la vida, después de
hoy, ya no será la misma.

Última parada
El sol de la mañana se cuela por los incontables orificios y
nos acaricia las mejillas. Se acerca la hora de la partida y los sentimientos
buscan cauce en un torrente de tinta y lágrimas. Es nuestro turno de dejar una
marca, de corresponder. Los nombres de familiares, amigos y amores desfilan en
los muros, en las páginas de un diario y ante una cámara temblorosa.
El ruido de un motor rompe el encanto. Son los cazadores que
ayer nos ayudaron a cruzar el Teklanika. Un viejo canoso, con una sutil
parálisis facial, lidera las tres generaciones que conforman la caravana de
cuatrimotos. Hijos, nueras y nietos en uniformes de camuflaje y con pistola al
pecho. “Hace cuarenta años vine a Alaska y nunca me fui”. Miro alrededor. Lo
entiendo.
El encuentro entre las dos estirpes es cordial. Ellos se
admiran de nuestro espíritu viajero. Nosotros, de su amor incondicional a este
paraíso natural. Finalizado el intercambio cultural, cada uno sigue su camino.
Ellos para atrapar su presa; nosotros, nuestro sueño.
En la última subida al bus, me desprendo un collar que
custodia un mensaje desteñido. Lo dejo como despedida a un amor que no aguantó
la travesía. Levanto con esfuerzo la mochila y camino. Una vez más.
Tras unos kilómetros de radiante soledad, nos encontramos
con dos parejas de caminantes. “¿El bus?”, preguntan. “¿El río?”, replicamos. A
ellos los espera la gloria; a nosotros, el peligro. Cada uno continúa hacia su
propia porción de destino.
Las ilusiones se desvanecen al llegar al Teklanika. El nivel
no ha bajado. Es necesario improvisar una carpa y esperar. Por suerte, Robert
está del otro lado. La frustración por su tobillo torcido se convierte en
nuestra última esperanza. La mañana siguiente, hacemos el intento, pero el
último de tres brazos no nos deja. No queda otra que usar el bote inflable.
Tras varios lanzamientos, el extremo de la cuerda cruza el río y nos da el
punto de apoyo necesario. Probamos con una mochila; la embarcación atraviesa
estable.
Es hora de Emma. Le digo que solo es una prueba, pero cuando
se da cuenta ya está a merced de la furiosa corriente. El barquito amenaza con
darse vuelta, pero el instinto la hace recostarse y logra balancearlo.
Es mi turno. Solo un punto de apoyo. Mucho peso. A mitad de
río, sucede lo inevitable. El bote se voltea y me sumerge bajo su peso. Intento
respirar, pero trago agua. Elevo más la cabeza y esta vez un poco de oxígeno
llega al cerebro con un mensaje crucial: “No sueltes tu única línea de vida”.
Allí, en esos interminables segundos bajo las aguas glaciares
del Denali, vi pasar mi vida y me sentí listo para dejarla ir. Pero no era mi
turno. La misma corriente que hace unos días me había negado el paso en sentido
contrario, esta vez me deposita en la costa correcta. Cuando por fin puede
poner mis pies sobre tierra firme, lo único que el frío me dejó balbucear fue
“ropa seca”. Las lamidas de Chai nunca se sintieron tan cálidas.
Todo queda
El regreso fue un doloroso paseo en el parque. El bote lo
dejamos junto al monolito de Claire Ackermann, la sueca que en 2010 no corrió
con la misma suerte que nosotros.
La última parte del Stampede Trial nos dio tiempo de
reflexionar, de sopesar, de prometer. Incluso la posibilidad de volver en
camionetas 4×4, que solo Robert y Chai aceptaron.
Con Emma decidimos disfrutar el padecimiento de cada músculo
hasta el final. Luego de sesenta kilómetros into the wild, el motor de
Adelita sonó como un arpa y nos puso, por fin, hacia un nuevo rumbo: el sur.
Publicada en Pausa #145. Pedí tu ejemplar en estos kioscos
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Más info: Polo a Polo

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