Ave César

Anuncian una conferencia en un lugar tipo bolsa de comercio. Los presocráticos. No hay quién me banque la hija, así que la llevo. La he llevado a ver una película de terror, cuando bebé, y le he tapado los oídos para que  no escuchara los gritos feos; la he llevado a bares y he dejado que se durmiera sobre una silla con su cabecita sobre mis piernas. Ha ido conmigo a reuniones políticas y a dar clases. Así que, con sus cinco o seis años, cómo no va a poder ir a una charla sobre filosofía.

No sólo está todo Santa Fe sino que, además, mi propio analista, a quien tengo que saludar con una expresión vos no sabés nada de mí. Me incomoda un poco. Me incomoda otro poco la cantidad de gente.

El conferencista ha regresado de su estadía en España dos días atrás y empieza su exposición diciendo: “Los presocráticos son los filósofos anteriores a Sócrates. Yo les voy a explicar especialmente quiénes fueron Parménides y Heráclito”. A pesar de apreciar profundamente la deferencia de quienes han importado recientemente de Europa las ideas más importantes de la filosofía, con el loable objetivo de desasnarnos a los santafesinos, algo me asfixia y busco por dónde huir sin irme del todo. Ahí al lado encuentro un saloncito. Tomo a mi niña de la mano y vamos a sentarnos en un sofá junto a una chimenea apagada. Está algo fresco y, mientras jugamos a nada con la nena, escucho la voz remota del psicólogo y el silencio de respeto del público, repaso mental pero en forma ligera el río que cambia y el bañista que también cambia, y se abre la puerta.

Entra alguien y, al vernos, sonríe. No lo conozco y ya sabemos los dos que tenemos algo en común. Algo fuerte, algo secreto e íntimo: un importante fastidio. Nos haremos amigos. Saldremos de allí riéndonos de las mismas cosas, él llevando a mi hija montada en sus hombros. No tendremos mucho en común: es mucho más joven, es de clase social más alta que la  mía, no tiene trabajo, es psicoanalista. Pero viste cuando vos decís: no soporto las novelas de Beckett y el otro dice yo tampoco. O nunca he podido leer Céline y el otro dice: es como un martilleo constante e ininterrumpido sobre la cabeza, claro. Aunque él se divierta con Gombrowicz y yo no y así.

Por años conversamos de una manera rara: yo no entendía ni la mitad de las cosas que él decía. Él era joven y cultivaba una cerrada jerga extimidad, objetpetit a, economía libidinal. Yo preguntaba, y, sin entender, entendía. El afecto es como un neutrino: en primer lugar, su fuente es el sol; segundo, es la más enigmática de las partículas; tercero, atraviesa todas las materias, inclusive las más obstinadas, sin casi sufrir perturbación alguna.

Él tiene la virtud de, al  mismo tiempo, percibir la ligereza de las cosas y, sin embargo, no volverlas triviales. Ni finge profundidad para evitar la intemperie.

Un día lo llamo y le digo que me duele mucho la garganta y él me sale con que te enojaste con alguien y yo me río de felicidad, porque sí, porque estaba muy enojada y no lo había sabido por mí misma.

Una vez viajamos juntos a las Canarias. Teníamos ganas de viajar pero, sobre todo, teníamos ganas de cantar.

Otra vez, con otros amigos, coordinamos una charla con Aldo Oliva en la Alianza Francesa y por poco el maestro, que no dejó de retarnos por problemas de organización, casi nos avergûenza para siempre.

Una vez se fue a vivir a otra tierra y, aunque lo veo poco, lo veo siempre.

 

P.D.: Ave es una palabra del latín, usada por los romanos como salutación. Es la conjugación singular de la forma imperativa de avère, que significa “estar bien”; de forma que podría traducirse literalmente como “que estés bien”. (Fuente: Wikipedia).

 

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