Una vez, mirando con un amigo una tarjeta postal que reproducía El jardín de las delicias, de El Bosco, que sostenía con dos dedos de su mano derecha, mi amigo agitó la tarjeta y me preguntó, perplejo: “¿Cuántas cosas quiere decir éste?” Ahí yo pensé: mirá cómo incide sobre este tipo esta imagen. Le causa curiosidad y admiración; curiosidad porque hay algo que está velado a su comprensión; admiración porque intuye que, sea lo que sea, es abundante y excesivo.

Del mismo modo, frente a una imagen o una música, algo reacciona en uno que tiene poco que ver con la conciencia; que tiene que ver más con el cuerpo que con el espíritu –aunque esta discriminación sea grosera, porque quizá el cuerpo es también espíritu instruido; es decir, trabajado por las lecturas, las visiones y las escuchas que lo han ido transformando a través del tiempo.

Y es seguro que nada te previene de lo que salta de una obra de arte hacia tu propio ser. Creerías que, en el museo D’Orsay, vas a desmayarte ante una obra de Van Gogh, y resulta que lo que te deja paralizada es un cuadro de naranjas de Cézanne. Inesperadamente, también, te saltan las lágrimas frente a un cuadro de Botticelli –y eso que La primavera estaba en restauración, que si no.

En el cine, es fácil para mí percibir cómo me afecta la obra –el afecto o la afección no son por ahora conceptos deleuzeanos– pues al sentir incomodidad o ganas de fumar, implica certeramente que la película me está sacando de ella, me empuja hacia mí; este estado me provoca una especie de furia, pienso, qué mal, pero qué mal. Y si, segundos después vuelvo a ser capturada por el movimiento de las imágenes, paso a olvidar mi propio ser y sigo mirando.

En El silencio la incomodidad tuvo su momento. Y es cuando los jóvenes acuden a una casa para programar un aborto. Quizá por las resonancias del reciente 8M o no sé qué, la casa nada reluciente adonde acuden ya me molestó. Pero toda la molestia se apelotonó cuando el supuesto médico –tenía una bata blanca– le hace una ecografía a la piba. Y la cámara se fija en los ojos de su pareja que dejan ver un sobresalto, una emoción frente al sonido de los latidos del corazón que atruena la estancia. Dos cosas: ¿por qué un médico haría una ecografía en esa situación? Segundo, ¿hace falta que un ser en gestación te golpee los oídos para que vos puedas entender de qué se trata lo que se trata? Podría decirse que el realizador necesita que una intención de aborto esté rodeada de este modo con el propósito de contribuir al desarrollo subsiguiente de la trama que convino con anterioridad. Pero, en lo que a mí respecta, y teniendo a la vista el concepto de inconsciente político que subyace a toda obra de arte, de Jameson, esa secuencia es casi infame por su insensibilidad y, en el mejor de los casos, su irresponsabilidad.

La cuestión de la legalización del aborto es un tema político urgente, que lleva muchos años de trabajo como para que un artista actual no se detenga para analizar con rigor social qué está diciendo con esas imágenes. No hace falta que yo diga aquí las razones por las cuales las mujeres necesitamos la protección de la ley ante el desamparo que rodea a esta práctica, porque son de casi todos conocidas. Ni hace falta agregar sordidez donde siempre hay conflicto.

Dejar respuesta

Por favor, ¡ingresa tu comentario!
Por favor, ingresa tu nombre aquí