Souvenirs

La otra noche me paré en la vidriera de una tienda de souvenirs. Cisnes de plástico con plumas turquesas, angelitos, dulces niñas con la cara apoyada sobre las manos, bebés sonrientes y petrificados por la magia de la cerámica o la porcelana fría. Alineados por modelo en unas vitrinas de vidrio, daban una imagen del infinito.

Cada souvenir fue inventado para celebrar un acontecimiento, a través de una imagen de asociación instantánea: desde la cigüeña que anuncia el nacimiento, pasando por la vela blanca y pura de las comuniones, hasta esas rígidas parejas de novios, que seguramente van a durar más tiempo que las parejas reales que los eligen. El festejo es la ocasión perfecta para el souvenir. Casamientos, bautismos, comuniones, y una de las fiestas más recordadas: los cumpleaños de quince. Todavía veo a las quinceañeras de mi época, transpiradas dentro de sus vestidos que eran como camisas de fuerza con brillos, dándoles un souvenir a cada invitado, como si les entregaran una parte de sus vidas. Y veo a madres apasionadas, que hacen souvenirs cada vez más atípicos: desde la clásica foto de su hijo, con un imán para pegarla en la heladera, hasta frascos con el nombre escrito, o almohadones con la cara del pobre chico. ¿Dónde terminarán los souvenirs? En la basura de los invitados, porque si uno guardara todas las chucherías que recibió en las fiestas, podría abrir el museo más perturbador del mundo.

Debe haber una huella antropológica ancestral en la necesidad de fabricar objetos que recuerden algún hecho o suceso. Las personas necesitan fabricar o guardar sus souvenirs, transferirle a un objeto el poder de la rememoración. ¿Por qué traer recuerdos de los lugares que uno visitó? ¿Será para decir “yo estuve en La Falda, y en Florianópolis, y en París”? No sé, pero creo que el souvenir es una especie de talismán que satisface el impulso humano de conservar un resto de experiencia, aunque sea en un platito de cerámica.

La cabeza es una máquina de fabricar souvenirs mentales. Son más auténticos, porque son involuntarios: mucho tiempo después, un perfume nos lleva a una cara que ya no vemos; o una canción queda asociada a un año determinado. Pero algunas veces, hay cosas que se transforman en souvenirs de algo que no se quiere recordar. En El imitador de voces, Thomas Bernhard habla sobre un empresario de Turín que hizo construir para su hijo de veintidós años un hotel enorme, en medio de un hermoso paisaje italiano. Un día antes de la inauguración el hijo del empresario murió en un accidente y el padre decidió no pisar nunca más el lugar. Pero la mole siguió ahí, como un souvenir monstruoso: “En una excursión al macizo del Ortler, desde Gomagoi, nos tropezamos de pronto con ese hotel que, en ese tiempo, tres años después de su terminación, daba una impresión espantosa. La intemperie de años había destrozado las ventanas, arrancando grandes partes del tejado, y en la cocina, todavía totalmente equipada, crecían ya grandes árboles, probablemente pinos”.

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