Serafín

Tuve un rapto de misticismo ecológico y abracé un árbol. Fue mi momento natural de la semana. Lo rodeé con los brazos y apoyé la cara contra la corteza. Creo que sentí algo vivo. Los árboles tienen una forma extraterrestre, pero como todo lo que toca la costumbre, esa forma nos parece tan común. Pero ahí están, creciendo con esa proliferación maniática de ramitas, ramas y hojas que nunca dejan de oscilar. Es cierto que algunos se imponen más que otros. Enfrente de mi casa hay un soberbio Chivato, lejos de su Madagascar
originario, que compite con los plátanos enormes de la cuadra.

Me crié entre árboles. Árboles de monte y otros de la civilización, plantados por la municipalidad en las veredas de mi barrio. Eran, y siguen siendo, fresnos. En su diario, Ennio Flaiano anota: “La sabiduría de algunos árboles viejos me colma de veneración. Cada cual, creo, se vincula con los árboles de su tierra,
tal como cada hombre se da cuenta, un buen día, de ser su padre y su abuelo y de que esa es la única inmortalidad posible”. Cuando éramos chicos, vivíamos trepados a un fresno, donde comíamos, charlábamos y nos sentábamos solo para experimentar la altura. Ese árbol tenía una rama baja que usábamos como trampolín, contra las advertencias de mi papá, que un día se hartó, apareció con un serrucho y la cortó pese a nuestro llanto. No sé si lo hizo para enseñarnos a cuidar la naturaleza o para dejarnos en claro que no se puede ser demasiado feliz. Hoy veo el muñón en el tronco al que no me trepo desde hace veinticinco años.

En la vereda de mi escuela primaria hay un pequeño monumento donde un bombero petrificado mira el horizonte con su caso y una manguera en la mano. Un poco más allá se levanta un pino deslucido al que nadie mira. Es el arbolito Serafín. Lo plantamos con los compañeros de mi grado. Salimos una mañana con las maestras y el portero de la escuela, y cada uno de nosotros tiró un poco de tierra. Pasaron los años y el árbol creció como nosotros: deforme. El arbolito Serafín era nuestro libro lectura. En la tapa había un arbolito violinista y andrógino: “Yo soy/ el arbolito/ Serafín./ Un arbolito/ alegre/ y vagabundo,/que anda/ por el bosque/ y por el mundo/ tocando/ su violín”. Leíamos esos poemas y creíamos que los árboles podían hablar y caminar. El serafín real nos enseñó que no solo no pueden moverse sino que pueden ser intrascendentes. El libro había sido escrito por María Hortensia Lacau, o más exactamente: María Hortensia Delia Palisa Mujica de Lacau, una célebre maestra normal y profesora. La veo en una foto: está parada en un comedor de los ochenta o noventa, con un vestido verde, en una mesa redonda con un arreglo floral en el centro y tazas de té listas para recibir a un ejército de señoras. Tiene el mismo peinado que el arbolito Serafín. El año en que María Hortensia murió yo me transformé en un flamante profesor. Una vez dijo: «Si viviera otra vez, hay tres cosas que volvería a hacer: casarme con mi marido, ser profesora y escribir».

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