Vivía sola en una casa grande que quedaba lejos de todo. Hacía poco me había separado de la  mujer con la que vivía en esa casa que ya era grande para las dos. Las cosas que me habían  quedado ocupaban la mitad del espacio ocupado antes y la casa parecía más grande todavía.

Una noche, cuando terminaba de comer, escuché un rasguido, nítido, en la guitarra, un acorde, no sé cuál. La guitarra estaba, como casi siempre, desnuda, apoyada en una esquina, al costado del hogar. La única gata que vivía adentro, dormía sobre mi falda. Entonces me reí sola, me pareció una buena broma y nada más que eso, agarré la guitarra, toqué un poco y pasó.

La casa grande estaba en un terreno grande, donde vivían dos perras grandes, dos perros chicos y tres gatas más. La fauna, como les decíamos, me quedó toda a mí. Dormían en las galerías. Las perras y los perros en una cucha de madera que les hicimos juntas. Las gatas, en unas cajas cartón con retazos de mantas y pulóveres, arriba de la casilla del gas.

Después de que quedé sola, me robaron varias veces la bomba de agua, entre otras cosas de menor importancia, pensé que estos robos eran comunes en esta zona, especialmente en casas sin nadie. A veces llegaba tarde, de noche, y al día siguiente notaba que las cosas en el patio estaban todas cambiadas de lugar, entonces pensaba que los chicos de la casa de al lado se cruzarían a jugar cuando yo no estaba. Lo cierto es que en algún momento empecé a sentir que me vigilaban, constantemente, desde distintos lugares que nunca podía descubrir.

Hasta que una tarde, vi, desde la cocina, a la rubia, una de las gatas de afuera, tirada, muerta, en el medio del patio. Quedaba la última luz gris y mortecina de invierno, la gata estaba dura, con las patas estiradas, a un costado de la panza tenía un agujero, un tiro, seguramente. La enterré ahí mismo donde la encontré, terminé transpirada y llorisqueando, ya era una noche fría como ella sola.

Una o dos semanas después, no me acuerdo si a la mañana o a la siesta, la vi otra vez. La rubia estaba en la misma posición que la había encontrado, con el mismo agujero, pero al lado de la galería, como a veinte metros de donde la había enterrado. Primero pensé que habían sido los perros o las perras, pero la tierra donde enterré a la rubia la primera vez estaba intacta. Nunca me animé a cavar. La volví a enterrar ahí, donde la encontré muerta por segunda vez.

 

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