Acá no se llora a los traidores.

Las generaciones apiladas y aplastadas en las villas, a falopa, tiros y gobernabilidad de plan social, la amargura monotributista y el empleo con derechos plenos para menos del 30% de los trabajadores, la impotencia como destino insuperable del Estado, y la sospecha, la imborrable sospecha sobre la acción política son el principal legado del hombre que gobernó el país en los 90.

A finales del siglo pasado y principios de XXI, negaban su peronismo muchísimos de los que, luego, hasta se volverían encumbrados teóricos del kirchnerismo o vulgares patrulleros de la doctrina. Carlos Saúl Menem expresó como nadie la continuidad del poder peronista posterior a Perón. Menem es la continuidad de Isabel después de la purga (y gracias a ella). Pocas cosas más obtusas que mirar hacia esa década con los lentes de la experiencia kirchnerista. Mucha maleza histórica impide recuperar lo que el menemismo fue, ponderar cómo la dictadura más que soplar en la nuca estaba ahí vivita en el indulto como broche final de la obediencia debida y el punto final, en Bunge y Born y en Cavallo y, por qué no, en nuestro Juanchi Mercier ministro eterno y Víctor Brusa juez federal.

Al costado, Eduardo Angeloz, con su lápiz rojo ajustador y, allá lejos y en los ecos de la derrota de la lucha armada, el derrumbe del poder soviético y la victoria total de Estados Unidos estallando en todo el planeta: ¿pudo haber sido distinta una de las décadas más dolorosas de nuestra historia? ¿Podía Argentina transitar de otro modo su paso forzado de sostener un intento industrial de gobierno de su propia economía a ser apenas un par de cifras marginales en el tablero digital de la timba financiera mundial? Qué se yo y quién puede mentir que sabe eso. A 30 años de los primeros pasos de esa década, la tarea que vale es, quizá, la misma que vale siempre: reconocer cuáles son las ruinas que la historia nos ha dejado en el alma.

Un idiota ciego

Esos que gritan contra el comunismo, piden represión y aborto clandestino mientras ondean banderas, en ellos vive Menem. Un hilo une las privatizaciones con el rechazo a la expropiación de Vicentín –Repsol YPF, Iberia Aerolíneas, AFJP– y la extrañeza con la que se recibe la mera posibilidad de que el Estado tenga una empresa testigo en un mercado que incide en todo el rango que va desde el valor del dólar hasta el costo del asado en la mesa.

Las empresas del Estado no son una intromisión autoritaria de la política en la libertad de mercado. Las empresas del Estado son (eran) el momento en el que la política decide que un área de la vida sustraída a la comunidad alcanza el rango del derecho y supera su forma de mercancía (aunque nunca la pierda). En la mayor parte del mundo curarse y aprender son servicios que, sobre todo, presta el mercado, acá forman parte de los derechos. Por qué será.

Ni Pinochet, padre mundial del neoliberalismo, se atrevió a tanto. Sobre una de sus principales riquezas, el cobre, los chilenos preservaron al menos una parte de la propiedad. Ni Videla, de puro milico nomás, le permitió tanto a Martínez de Hoz. Menem lo hizo, la enumeración abruma: el petróleo, el gas, el carbón, la electricidad, las rutas, la hidrovía, los correos, los aeropuertos, los ferrocarriles, la telefonía, el espacio radioeléctrico, canales nacionales de TV abierta, los puertos, el agua potable y las cloacas, las siderúrgicas y las petroquímicas, varios bancos provinciales y municipales, la seguridad social misma.

Pocas de esas empresas se recuperaron, la mayoría no, enajenadas –incluso en empresas estatales, pero de otros países– cuando no fueron desguazadas de forma irreversible. Ya valdría dejar de esperar por la vuelta del tren que fue, ocupar toda esa tierra urbana en otros necesarios usos de una buena vez y directamente imaginar qué otra cosa puede venir.

Inevitablemente monopólicas en su mayoría, esas empresas componen porciones decisivas de todos los precios. Menem exilió al Estado de esas decisiones y la democracia perdió poder sobre cuánto vale tu tiempo, es decir, tu vida. En ese exilio se perdieron burocracias, dirigencias, funcionariado, carreras, personas que dedicaron su vida a un Estado que también era un proyecto. Así toda la política perdió capacidad y conocimiento sobre cómo funcionan los mercados de los bienes fundamentales en la determinación de los precios de todas las cosas. Cómo funciona el poder, eso quiere decir. El Estado empezó a mirar desde afuera cómo pasan las cosas. Como un fantasma. Por eso a los organismos de control se los llamó entes.

Y lo califican de modernizador… Menem creó un Estado estructuralmente estúpido, confinado a mirar atrás de una ventana. Que el valor de los alimentos no sea un problema público sino del mercado y que siquiera amenazar con discutir eso sea cosa de comunistas: ahí Menem vive.

El lodo

Para siempre jamás, Menem vive en cada defensor de la antipolítica: él la parió con la más gigantesca de las traiciones electorales, él la fomentó a puro papel picado y carnaval carioca, él la realizó de la mano de la unción de la celebridad como númen de la representación política popular, con Palito y Lole gobernadores. El pueblo es lo que está en la tele.

Porque Macri habrá mentido en el 2015 –para quien se haya dejado mentir o para la mayoría que gozó en su cinismo–, pero nunca nadie pudo equiparar el tamaño del bolazo del salariazo y la revolución productiva, los lemas de 1989. Con Menem la democracia reciente rompe a la palabra política como contrato, de forma irrevocable. Y sobre esa ruptura sobrepone el hilo interminable de enjuagues y componendas, resultantes de su franeleo continuo con el capital. Ahí se paran Luis Majul y sus Los Dueños de la Argentina, Horacio Verbitsky y su Robo para la Corona, el Página/12 de Jorge Lanata, y todo el estilo periodístico que creció a la sombra de la “mayoría automática” de la Corte de Julio Nazareno.

Menem refregaba la opacidad de sus manejos, exaltaba banalidades y ofrecía, con su otra mano, candidatos que en sí mismos vaciaban a la política de su contenido. Menem funda una sospecha indestructible sobre la política y, en su tiempo, sobre esa sospecha montó la jarana más insidiosa, la misma que después se hizo con globos amarillos (ambos tienen su foto con los Rolling Stones). Vedettes, quilombo, partiditos con los amigotes, Ferrari y Yuyito, empresas quebrando por todas partes y tilinguería las 24 horas. Lodo sobre la sangre de Río Tercero.

En la calle

Es un error caracterizar al menemismo como el momento fundacional de un supuesto sujeto consumista posmoderno. A través de esa crítica o ponderación, sirve para ambas perspectivas, están hablando por sí mismas las palabras nacidas en el propio menemismo durante el período conocido como "la estabilidad", el corazón mismo del modelo. Pero por el lado popular, ese sujeto consumista existe en los electrodomésticos de Perón primero y en los aires acondicionados de Néstor, después. Los 15 en Disney no son más que un avatar durante la Convertibilidad del Déme dos de la dictadura. Y por el lado de las elites, el menemismo fue un capítulo más, el primero en democracia, del modelo de endeudamiento externo, fuga de capitales y extranjerización económica, sostenido en el 1 a 1 como entelequia de masas y fundamento del vaciamiento. Esas elites glorificadas se consumieron al país hasta extenuarlo.

Sólo en las pantallas menemistas de Tinelli, en revista Gente y sus veranos de niñas anoréxicas violadas en Punta de Gente Divina y en las escuálidas etnografías porteñas de Beatriz Sarlo el menemismo fue esa fiesta de pizza con champagne. Con el menemismo perdimos masivamente el trabajo por primera vez mientras nos cagaban a palos abundante en las plazas. El menemismo estrenó la represión democrática como delirante regularidad, con oficiales pisoteando con sus motos a los jubilados, y consolidó la desocupación de dos dígitos.

Porque si hay un sujeto al que Menem le dio vida, ese es el desocupado con empleo. Menem disolvió al trabajador como sujeto de la historia argentina y, en su lugar, todos nos convertimos sustancialmente en desocupados, algunos con empleo, otros no.

En todo delivery de Glovo con una cuenta libertaria en Twitter vive Menem. Hizo que un precarizado se crea un emprendedor, con su facturero y su kiosquito o su remís, zafando unos añitos después de la pateadura, para llegar a finales de siglo en la malaria total. Postuló que la salida al ajuste era el mayor ajuste, que la salida al desempleo era la flexibilización infinita. Menem nos hizo culpables de perder el trabajo. Menem pulverizó a los trabajadores en decenas de capas y capas y capas más de jerarquías que se miran con recelo, desde un aceitero con paritarias siempre por arriba de la inflación hasta lo que hoy se llama trabajador de la economía popular. De ese salto atrás infinito, un salto que nos tiró mucho más atrás del 45, todavía no hemos podido salir. Y esa transformación la hizo de la mano de la que no fue la última gran traición de la burocracia sindical peronista, que nunca pretendió organizar políticamente –mucho menos intentar una representación– a quienes perdieron el trabajo.

“Bienvenida clase media” rezaba el graffiti en los muros de las avenidas de comienzo de las villas, que explotaron como nunca: en cantidad, en densidad, en profundidad de la miseria, en perduración de la vida en la miseria. Menem inauguró toda una política de la gobernabilidad contenedora, del sostener con alambre, de la pobreza perpetuada en generaciones superpuestas en el mismo ambiente, y así la villa se desarrolló hasta responder en grito de autonomía cultural, como nunca antes, y hundirse bajo el peso de ser más que la clase peligrosa, la clase amenazante para la misma base del orden social, para los que están ahí nomás, del otro lado de la vía o la avenida. Porque también esos fueron los años donde aparecieron los bunkers y los dealers y donde la patota policial encontró un nuevo aliado y enemigo.

Menem no se murió

El hombre público que todavía no se murió lejos está de haber creado una Argentina del consumo, de instituciones fortalecidas y modernas, salvadas por siempre jamás de caer ante una sublevación armada.

Recién el año pasado los porteños percibieron azorados una puntita de la fragilidad de nuestra democracia latinoamericana post dictatorial cuando fue rodeada la Quinta de Olivos un día por una fracción bonaerense. En las dependencias del país, desde el paro policial de 2013, que duró semanas, sabemos cuál es la potencia política de la policía y qué impacto tiene en la vida pasarse unas semanitas de lobos.

Esa fantasía sobre la presidencia de Carlos Menem, su rescate como epítome de una época, que hoy tanto circula, se dice a sí misma con las mismas palabras de esa época, esa fantasía es menemista en sí, es la misma fantasía que hizo que, por única vez en su historia, los porteños hicieran triunfar a un tape negro peronista como diputado nacional. Homenajean y ponen en el monumento hoy a Carlos Saúl Menem del mismo modo que votaron a Erman González en 1993 los que deslumbraron a sus hijos de tanto atragantarlos con Big Mac en el Shopping Alto Palermo.

Para todos los demás, el recuerdo de Menem será para siempre el del presidente que juró sanar las ilusiones quebradas de una joven democracia y las pulverizó, dejando un legado de impotencia, fragmentación y desengaño.

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